Smartphone

Javier García / Corresponsal/

Con el pasar de los años la tecnología se ha vuelto de uso diario y necesaria para todas las personas. Los niños de ahora desde pequeños usan la computadora, piden un celular, llevan videojuegos portátiles para los viajes, y asesoran a los adultos de qué es necesario en su móvil para solucionar cada una de las tareas que antes era impensable solucionar por medio de una aplicación.

Esta semana tuve una experiencia que me abrió los ojos sobre lo dependiente que soy de la tecnología.

Domingo por la noche. En la casa de mi abuelo descubro los discos de vinil de mi papá, encontrando a los míticos Bee Gees o a Santana. Muero de la risa al ver que existía un lado A y un B en estos discos y tenía que ajustarse el tocadisco a velocidades de 33 o 45 RPM, sabiendo que uno podía disfrutar unas 20 canciones, máximo.

Me sorprendo al reconocer que ahora vivo en un mundo totalmente nuevo y diferente.

Días después de la visita a la casa del abuelo, empiezo mi camino hacia las vacaciones. En mi celular llevo más de 150 canciones, las cuales puedo conectar al carro para que se reproduzcan lineal o aleatoriamente.

Durante el trayecto recibo una llamada. A través de un simple botón, cual auto fantástico, escuchaba la voz de mi amigo hablar a través de la bocina del carro. ¿Cómo es eso posible? Fácil, la herramienta de bluetooth. Aunque ahora nos parezca normal, díganme si no es genial estar manejando mientras ves tu camino sin la necesidad de tener el celular en la mano y haciendo que corran peligro los demás conductores, por medio del carro donde se escucha lo que te dicen fuerte y claro.

Después de unos buenos kilómeteros, pienso: Es hora de llenar el tanque de gasolina.  Con el simple hecho de mencionarlo, en 3, 2, 1… el celular ya me tenía la ubicación de más de 5 gasolineras que estaban en el camino, con un contador de cuántos kilómetros faltaban para llegar hasta ellas.

Para no dar una vuelta de más y confirmar mi destino, le solicité a mi fiel vigía Google móvil el mapa a mi destino, y obtuve sin ninguna dificultad mi ubicación y mi destino, más una serie de rutas alternas, además de poder seleccionar la opción si deseaba llegar en vehículo, transporte público o a pie.

Esto me confirma el porqué las empresas de publicidad ya no deciden invertir en mapas promocionales para los viajes de Semana Mayor.

Viendo los paisajes maravillosos de mi Guatemala, le digo a mi hermano “Tómale una foto”.  Y caigo en cuenta que ahora ya no es necesario meter el rollo, enfocar y centrar, apachar el botoncito y esperar el regreso para mandar a revelar. Instantáneamente tomamos más de cinco fotos con una resolución magnífica, por si alguna no salía bien. Por supuesto que luego estarán en mis redes sociales para subir las fotos y que estas sean comentadas por mis amigos, y ellos también disfruten de lo que yo veo. Adiós a los álbumes de fotos que guardaban tantas fotos familiares.

El tiempo avanzó, y de repente en la radio comenzó a sonar una nueva canción de mi Dj Favorito, y ¡Shazam!, el celular me decía cuál era el nombre de la canción, el artista, álbum, la letra y hasta si deseaba comprar la descarga.

El celular sonaba constantemente por las notificaciones de mis amigos preguntando “Por donde venís”, “El sol está de maravilla”, “¿Ya está lleno el concierto?”, “Hay traés hielo”. Y por dentro mi mente decía, bendito celular; si no fuera por este, no molestarían a cada rato.

Haciendo un recuento del viaje y todo lo que logré hacer a través de mi celular,  pensé que el viaje no hubiera sido el mismo sin la música en el carro, sin las llamadas de los amigos, perdiéndome las mejores fotos de mi viaje sin poder compartirlas en la red y sin recibir los mensajes molestos de mis amigos (Bueno, sin eso último creo que sí).

Es por eso que ahora pienso que estas facilidades tecnológicas tan a la mano se han vuelto casi una necesidad.

Sé que no es nada malo que sea “tecnodependiente”, pero me pregunto: ¿Me estoy consumiendo a las tecnologías o las tecnologías me han consumido a mí?

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