Reflejo

Ana Raquel Aquino/

Era una noche fría de aquellas en donde moverse significa sentir el crujido de los propios huesos. Tuvo que regresar. Era tarde. Y el edificio parecía una catedral. El eco con cada paso. Las luces que se encendían con el movimiento.

Manuel había olvidado las copias para la reunión importante de mañana. Debía regresar a la oficina. Se buscó las llaves dentro de las bolsas del pantalón. Las encontró y con ellas una envoltura del chicle con sabor a hierbabuena que masticaba hasta rechinar los dientes. Seguro era por los nervios. Mañana sería un gran día para su futuro. Quitó el seguro de la puerta. La deslizó y un agudo chillido anunció su llegada. El guardia levantó la cabeza. Se saludaron de lejos.

Estaba cansado pero debía imprimir el reporte de daños. La reunión no se podía aplazar y tenía la voz de su jefe pegada como jingle navideño. Desde hace dos días le había pedido a Manuel que imprimiera el reporte con copia para entregar a los inversionistas. Ante el descuido no le quedó más que regresar a la oficina, aunque estaba lejos y había viajado todo el día. Tenía los párpados hinchados y las manos llenas de tierra.

Arregló todo en la computadora para salir lo antes posible de allí. Quería ir a su casa. Tenía hambre. Se acordó que no había fruta para el día siguiente. Se lamentó por un segundo de su divorcio. Amelia es amante de los mercados. Detestaba ir a la oficina a estas horas, le recordaba por qué la había perdido. Así que tras la revisión final, presionó enter asegurando que el documento saldría en la bandeja de la impresora. Después solo quedaría sacar una copia y listo. Podría ir a descansar.

Caminó hacia mí para recoger su trabajo. Visualizó mi luz intermitente. Algo sucedía. Se había acabado el tóner amarillo. Buscó en una de las gavetas cercanas. Encontró uno nuevo así que lo cambió rápidamente. Pensó en esas vacaciones en donde todo salió mal, se fue la electricidad hasta en el hotel. Fue un verano del ’95. Volvió a la computadora. Presionó enter. Se miraba preciosa en ese bikini rojo, sonrió. Regresó y empezaron a salir las hojas. Estaba orgulloso del reporte que había realizado. Era el trabajo de un año completo. Había dedicado hasta sus vacaciones. Sí, también esas vacaciones. Era el motivo por el cual no regresaron a Cuba.

Detuve la impresión. Se habían terminado las hojas tamaño oficio. Entre desesperación y ansiedad inició la búsqueda por más hojas. Abrió cuanta gaveta y closet existe dentro de la oficina. Sin éxito y frustrado decidió cambiar el formato del reporte a hojas tamaño carta. Esperando que a su jefe y a los inversionistas extranjeros no les importara la pequeña modificación. Manuel había conspirado en su propia contra. Yo no ayudaba, ni su jefe, ni la hora, ni el cansancio, ni su ex.

Cuando presionó enter por tercera vez supe que perdería la cordura. Había colocado mal las hojas, las había puesto en la bandeja equivocada. Le dio cólera no haberle regalado girasoles cuando todavía vivían juntos. En la primera cita le había dicho que eran sus flores favoritas. “Los hombres no ponen atención en los detalles” decía Amelia, apretó los labios decepcionado. No había nada que pudiera hacer. Así que detuve la impresión. Saqué en blanco la primera hoja.

Manuel gritó ante la frustración. Regresó al closet y agarró más hojas. Las colocó. Reinicié el sistema. Intenté imprimir pero sentí algo oxidado. Se leía: Error. Impresora offline. Llamar a técnico profesional. La pieza central estaba muy vieja. Procuré imprimir, en parte por lástima. Fue imposible. Él no pudo obtener el reporte esa noche. Me alegra no haberlo impreso, de todas formas las gráficas estaban mal y las ganancias a las que se refería no existían. El reporte subrayaría a los inversionistas sus pérdidas contables. No le darían el ascenso. De hecho, todo lo contrario. Y aunque sé que no sería por mi culpa, Manuel se suicidaría.

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