Hace unas semanas tuve la oportunidad de participar en un encuentro/diálogo  en la Universidad Rafael Landívar, en torno a la participación de las juventudes y su rol en un Estado democrático. En aquella actividad, fueron muchos los aspectos que me llamaron la atención. Por ello, es que lo tomaré como punto de partida para el siguiente texto.

En primer lugar, el conferencista principal, quien también era joven, mencionó algo en particular durante su discurso. Internaré parafrasearlo acá: “no podemos esperar que los jóvenes nos escuchen y actúen como queremos, si antes no los escuchamos  y atendemos sus opiniones.”

Muchas veces, en las discusiones de carácter político o social, estamos tan convencidos de nuestros puntos de vista y opiniones, a un nivel casi  dogmático, que dejamos a un lado la otra cara de la moneda, es decir, a los que no están escuchando. ¿Alguna vez nos hemos preguntado si las personas a nuestro alrededor piensan igual a nosotros y, si no es así, hemos intentado escucharlas?

En este orden de ideas, vale la pena profundizar en el significado del verbo escuchar. Según la Real Academia Española, escuchar es el acto de prestar atención a lo que se oye. Aunado a ello, en su segunda definición contempla que escuchar es atender a un aviso,  consejos o sugerencias.

Regularmente, cuando se trata de temas serios, incluyendo el tema político, se tiene el estigma de que los jóvenes no deberían opinar tanto, o que su opinión no debe ser tomada en cuenta dado que no poseen la experiencia necesaria. Esto genera, tal como también lo mencionó el conferencista al que hice mención, una marginación hacia la juventud. Lamentablemente, los efectos de este tipo de conductas son paradójicos, ya que dan como resultado que las nuevas generaciones sean apáticas e indiferentes, causando a largo plazo que ellas mismas tampoco deseen escuchar opiniones de los demás.

En Guatemala aproximadamente el 30% de la población  son jóvenes. Esto debiese ser razón suficiente para construir los lazos  necesarios afín de que tanto adolescentes como jóvenes mayores puedan construir argumentos, expresar sus preocupaciones y generar propuestas. Y ojo, con esto no quiero decir que la opinión de ellos es más importante, o que indirectamente estoy proponiendo que se segmente o divida la población en colectivos. En lo que quiero enfatizar es que a día de hoy no existen los mecanismos adecuados para que la voz de las juventudes haga eco en la opinión pública, con lo cual se imposibilita el ejercicio de una ciudadanía activa, consciente y responsable.

Y aquí quiero hacer énfasis en otro aspecto que me llamó la atención del dialogo: habían estudiantes universitarios de una diversidad de carreras. En la mesa en que me tocó participar había estudiantes de ingeniería, arquitectura, arte, política y derecho. De esa experiencia llegué a la conclusión que, no importa la profesión, el color de piel o la identidad ¡debemos escuchar a los demás! Y más aún cuando se trata de otros jóvenes que, al igual que yo, están preocupados por el país y quieren hacer algo para cambiarlo.

De ese intercambio de ideas y perspectivas es que se pueden generar las sinergias adecuadas para llegar a consensos y promover cambios en la sociedad. Recordemos siempre que ese ideal de país que anhelamos, con mayor libertad, más oportunidades y menos pobreza, tiene su origen en la capacidad que tengamos para ponernos de acuerdo y, ante todo, en lo flexibles que seamos para escuchar. Comencemos por allí y, principalmente, aumentémosle el volumen al micrófono de la juventud.

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