Mayari Mazariegos
Corresponsal Brújula

Esteban estaba nervioso. No era la primera vez que se encontraba sentado en ese cómodo sillón café reclinable. No era tampoco la primera vez que discutía con su terapista, la amable doctora Yong, como le decía, ya que no le gustaba referirse a ella como “psicóloga”, porque lo hacía sentir incómodo y loco. No era un día especial ni acontecía nada inusual; sencillamente era la primera vez que Esteban estaba decidido a contarle lo que no le había mencionado ni a su almohada. Miraba ansiosamente el reloj. Aún faltaban unos 45 minutos para que finalizara su costosa consulta de dos horas y media. Él podría recostarse en el sillón, pero prefería estar en una posición levemente inestable para mostrar un tinte de ansiedad.

Los padres de Esteban recuerdan que en algún momento de su infancia repentinamente comenzó a padecer de pesadillas constantes y problemas del sueño: a veces dormía mucho y otras dormía muy poco. Sin embargo, pensaron que la causa era que estrenaba una nueva habitación, en un nuevo nivel de la casa. Esta misma dualidad la mantenía con la comida y con su estado de ánimo: a veces comía mucho y otras poco, a veces se encontraba muy feliz y de la nada “hacía horribles berrinches”. Precisamente sus recurrentes berrinches lo hicieron convertirse en el nieto menos favorito de su abuela Lupita.

Durante su adolescencia fue un joven relativamente tranquilo e introvertido, pero a los 17 años consumió su primer cigarro de marihuana y antes de cumplir los 18 ya inhalaba cocaína. Su problema con las drogas y alcohol se agudizó entre los 19 y 20 años. En ocasiones, Esteban también mantenía un comportamiento hiperactivo y su desempeño académico era mediocre. Lo fue desde que empezó con las pesadillas.

Esteban no era lo que sus padres esperaron de él, era un joven problemático y agresivo, en ocasiones muy introvertido y depresivo. No obstante, fue la gran gama de material pornográfico (la cual descubrió su madre) lo que ocasionó que sus padres lo enviaran por primera vez con un psicólogo. Este era un sujeto gordo, serio y con cara grasosa. A Esteban no le agradaba para nada, lo ponía nervioso y le traía malos recuerdos. Fue por esto que acudió al consultorio de la doctora Yong, su actual psicóloga.

Esteban detestaba tener que pasar tiempo en la clínica del gordo doctor, de apariencia sudorosa y sucia. Le recordaba muchísimo a un suceso ocurrido durante su infancia, cuando sus padres decidieron ampliar la casa y construir un segundo nivel.

Para evitar que se enfermara a causa del polvo, cuando él tenía 5 años, lo enviaron por un tiempo donde su tía Patricia y su tío Tono, quien era dueño de varios buses de trasporte público y poseía un taller. Aunque ganaba buen dinero, solía mantenerse muy sucio.

Recuerdo muy bien una tarde en la que mi tía se encontraba fuera de casa y mi tío me invitó a conocer el taller. Me pidió que me sentara unos momentos en sus piernas, luego me pidió que me bajara el pantalón…

A Esteban se le corta la voz al recordarlo, no pudo ir más allá, es lo único que se ha atrevido a contarle a alguien. Al menos hoy no pudo terminar su relato, lo necesita… necesita hablar, pero hoy no pudo hacerlo.

Esteban calló por más de 20 años, primero por miedo y porque no comprendía exactamente lo que había sucedido, pero también por vergüenza y culpa.

El abuso infantil es un problema que ha existido en nuestro país y el resto del mundo. Pese a que actualmente los niños cuentan con estructuras políticas que buscan su protección, todavía es usual el abuso y maltrato. Son casi seis millones de menores que sufren agresiones en América Latina.

Un niño abusado sexualmente suele presentar múltiples consecuencias, tanto inmediatas como a largo plazo; pero algo es seguro: es difícil recuperarse por completo de este tipo de abusos, tan solo se aprende tener una mejor vida emocional.

El tío de Esteban falleció cinco años después de lo sucedido, le dispararon porque no pagó las extorsiones a los buses de su propiedad.

Me ofreció un dulce a cambio, y me dijo que no les comentara nada a mis padres, porque no iban a creerme e iban a dejar de quererme.

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