Dije que me iba, y así fue, pero estas realidades que me he topado de frente me hacen volver a retomar este espacio, a pedirlo prestado para expresar el descontento y hacer visible una situación, que si bien para muchos de nosotros era probable, habíamos escogido no tomar en cuenta y pensar de forma optimista que todo saldría bien, de acuerdo al plan y a las buenas intenciones que se percibían desde las autoridades de salud y universitarias.

Pero jugar al idealista tiene un costo y el optimismo a veces puede darte desagradables sorpresas, sobre todo en un paraíso tan desigual como en el que vivimos; donde hay prioridades bien estúpidas como “armar, equipar y modernizar” un aparato de violencia estatal como lo es el ejército, donde pareciera que cada decisión trascendental que se ha de tomar, debe pasar por las manos del gremio más oscuro y desprestigiado del país (los abogados), donde las malas noticias nos inundan una tras otra, tras otra, tras otra… aquí, donde resistirse a ser parte del absurdo juego de corrupción es estar en riesgo de perder la cordura, o peor aún, perder toda esperanza.

En medio de todo eso, regresamos con todas las precauciones del caso, con algo de pena, con mucho miedo y con todos los gastos pagados por nosotros mismos, nuestros papás, tíos, hermanos, hermanas o quien sea que nos financia esta carrera; el Estado y las universidades se descargaron de toda responsabilidad civil o penal en torno a los riesgos que estábamos asumiendo para volver a la práctica hospitalaria.

Cualquier cosa que sucediera, era enteramente responsabilidad nuestra y cualquier cosa que necesitáramos, corría enteramente por nuestra cuenta.

No, tampoco vengo a curtirnos en el papel de mártires, sé perfectamente que muchos de mis compañeros son unos irresponsables, incapaces de guardar cuarentena, no exponerse o exponer a los suyos; entre nosotros están los ridículos que también creen que esta pandemia es un mecanismo de control, parte de una agenda globalista, algo así como una conspiración para tenernos a todos encerrados y debilitar las economías mundiales. Así como lo lee, aunque usted no lo crea, el pendejismo no discrimina estrato social, formación académica o ubicación geográfica; extiende sus tentáculos hasta donde llega el sol, lastimosamente.

Pero eso no quita que ya estamos de regreso, que ese montón de muchachos y muchachas vestidos de blanco, verde, celeste y azul han vuelto a poner pie en el sistema de salud nacional, apoyando en servicios de cirugía, ginecología, medicina interna, pediatría y puestos de salud, para paliar la carencia de manos capacitadas, para retrasar otro poco el inminente colapso de un sistema de salud disfuncional, desabastecido, racista, discriminador, machista; un sistema de salud que debería ser repensado en formas y fondo, deconstruido en valores éticos y morales, reestructurado en sus niveles de atención y depurado de tanta gente que ha hecho de este lo que es hoy. No entiendo por qué somos tan tontos, por qué a muchos de nosotros nos gusta jugar al idealista y creer que la salud es un derecho innegable, que los servicios de salud pueden y deben estar al servicio de quien los necesita, que nuestro trabajo (seamos estudiantes, enfermeros, especialistas, residentes o personas de mantenimiento) es valorado porque todos cumplimos una parte fundamental en el proceso de salud-enfermedad de las personas.

Vamos y nos exponemos, con el afán de aprender, de descubrir, de formarnos, de hacernos profesionales útiles, pero siempre se nos da la espalda y se nos deja a nuestra suerte.

Cualquiera pensaría que los vejámenes y penas que uno pasa cuando es estudiante de pregrado, se acaban cuando te dan el cartón o logras ganar la oposición para una residencia, nada más alejado de la realidad, todo sigue, todo continúa mal y descompuesto; es un ciclo de violencia estructural que pareciera nunca tener fin, que absorbe a las buenas personas, que desecha al que piensa distinto, que premia al injusto, infiel y mentiroso.

Dijeron que la vacuna también era para nosotros, que estábamos contemplados en la Fase 1C del plan de vacunación; pero solo hemos escuchado excusas, justificaciones burdas y palabras vacías de las autoridades de salud, de nuestras facultades y de cuanta persona debería tener una respuesta. Ayer avanzaron a la Fase 1D y ninguno de nosotros fue vacunado, ninguno de nosotros recibió un mensaje con fecha, hora y lugar para recibir la primera dosis, ni uno solo, pero sí puedes ver fotografías de abogados, políticos, administradores y demás recibiendo una vacuna, aunque no la necesiten, aunque su profesión no los ponga en riesgo. Lo peor es que mientras escribo esto, nosotros seguimos presentándonos a los servicios, seguimos atendiendo pacientes, seguimos exponiéndonos, seguimos gastando nuestros recursos para tener el EPP mínimo y decente; mientras los leones damos nuestra vida en la red de salud nacional, los corderos cobardes cooptan cortes, se reparten las dosis de vacuna que eran para nosotros, llenan sus caletas, recitan discursos vacíos e invocan a su dios (sí, con minúscula) para que les bendiga en su próxima jugarreta.

Siempre he creído que la esperanza es lo que nos debe mover para cambiar este chiquero, pero a la par de esta, habrá de ir la rabia y la indignación por todo lo que estos pseudo gobernantes han hecho en tiempos de crisis, hambre, miedo y necesidad.

Y no, no me voy a sentar a esperar a que la iniciativa privada traiga las vacunas y las ofrezca a precios estúpidamente altos, la salud es un derecho de todos, no un privilegio ni negocio de avaros.

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