By Rincón Literario
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Francisco Juárez / Colaborador /

La mano del ángel apuntaba al cielo. Su figura resaltaba sobre la oscuridad de aquella noche. Su mirada inclinada, su mano derecha señalando algún punto del firmamento y su mano izquierda abierta hacia la tierra. Su rostro sobrecogido era perturbador. Una sombra densa lo colmaba. Apenas sentí como mis ojos fueron adormeciéndose.

Al despertar no sabía en dónde me encontraba. Sin embargo la silueta de aquel ángel perturbaba mis sentidos.

Caminé hacia la diecinueve calle, mis pasos resonaban fuertemente entre aquellas calles solitarias. Tuve miedo, en mi mente la turbia imagen del rostro del ángel me impacientaba.

En alguna esquina hombres y mujeres se reunían entre periódicos y cartones, intoxicados por el pegamento se adormecían y escondían del frio. Sus desechos inundaban la calle con un hedor insoportable. Caminé hasta la sexta avenida donde un grupo de metaleros se reunía en una esquina y unos cuantos adolescentes entraban en la discoteca de moda. Intenté entrar  pero por mi apariencia no me lo permitieron. En aquella mirada de rechazo del portero intuí el rostro del ángel. Decidí continuar caminando mientras el silencio de las calles abarcaba todos mis sentidos. Encontré un lugar donde esperar que aquel sopor amainara. La imagen del ángel rondaba entre aquellas calles y avenidas.

II

Suspiré al salir de la oficina, aquel aire sabía a libertad, que sufrimiento aquel, qué tortura. Siempre soñé con ser pintor, sin embargo trabajaba como oficinista cerca de la plaza Barrios. Aquel viento que daba contra mi rostro me hacía sentir vivo, el cabello cediendo y los ojos entrecerrándose, no importaba.

La tarde anterior, mientras iba en el bus público, pasamos al lado de la escena de un crimen. Un conductor había sido asesinado. En ese momento un hombre subió al bus y cantó alabanzas cristianas mientras pedía limosna, -una limosna para este angelito- decía. Junto a él se subió  un borracho que se sentó frente a mí, su rostro estaba marcado por lodo y basura, en su camisa llevaba un gusano que no se movía. Todo aquello sucedió al mismo tiempo mientras viajaba por la avenida La Castellana. Dirigí mi rostro hacia la ventana y sonreí de estupor pensando que el mundo era una farsa, un total absurdo, una irrealidad.

Me parecía imposible que cosas así sucedieran, sentía como si hubiese ingresado en el caos absoluto y en la desesperación. Al bajar del bus corrí hacia mi casa temiendo de todo aquel que se atravesaba en mi camino. Una gran nausea me inundaba. Al entrar en mi habitación exhalé. Aquellos nervios que hacían temblar mis manos me hicieron nuevamente sonreír.

III

Ella trabajaba como mesera en un restaurante de comida china en el centro histórico. Muchas veces la encontré en mis visitas de fines de semana. Una pequeña placa roja que pretendía ser una identificación reflejaba –Ana María C.-. Su cuerpo, apenas entre quince y veinte años, se perdía en su mirada cansada y distraída y la hacía parecer una mujer mayor. Comprendí que aquellos ojos acostumbraban llorar. Acaso algún día vi su pómulo izquierdo hinchado, no lo sé.

En alguna ocasión caminamos juntos hacia el parque Colón. Parecía que mientras más se alejaba del restaurante su rostro se desfiguraba progresivamente, sus labios se apretaban, su mirada pasaba del horizonte al pavimento, sus mejillas se entumecían y tres arrugas se extendían por su frente. -¿Qué dolor padecía? –me pregunté.

Algunas semanas después, volví al restaurante y no la encontré. Sin embargo no surgió en mi mente duda alguna. Confirmé, por su ausencia, ese premeditado destino que le aguardaba desde el inicio. No hubo necesidad de preguntar por ella. Apenas tuve tiempo de recordar aquella placa roja sobre su pecho, con su nombre grabado, cuando una mesera de cabello corto, un tanto desaliñado, extendió el menú sobre la mesa.

IV

Aquí, encerrado en mi habitación, trato de recordar la forma exacta del ángel de mármol. Poco a poco voy perdiendo los detalles, aquellos restantes se encuentran corrompidos por el tiempo.

Desde el techo de mi casa puedo ver, a mi izquierda, el oscuro cementerio llamado la Verbena, en el que miles de hombres y mujeres no identificados han ido a parar. A mi derecha, los altos mausoleos del cementerio General se yerguen frente al tiempo y el vacío. A mi espalda se extiende el basurero municipal, donde hombres y mujeres luchan por no parar en alguno de los lugares a mi derecha o mi izquierda y en el que, sarcásticamente, apresuran su llegada. No quiero subir a ver ese espectáculo, prefiero permanecer en mi habitación. Aquí el viento sopla mas fuerte por la noche y la cortina de mi ventana se estremece a su compás.

En ocasiones siento que no tengo nada que ver con este mundo, -¿qué puedo hacer aquí?-. Por la ventana entra el leve murmullo de aquellos que pasan por el callejón mal iluminado, estrecho.

Un hombre que reparte periódicos sale de su casa en motocicleta a la una de la madrugada. Todo se enmudece después de su paso.

La luz tenue del alambrado público gravita en aquel callejón, tristemente, sin que nadie la note, modesta, se cuela en mi habitación. Este insomnio me irrita. Pienso en aquella mujer del restaurante, pienso que puede estar tan cerca, allá a mi izquierda o a mi derecha, no, probablemente a mis espaldas.

De alguna forma me llegó aquel pensamiento y sentí el terrible deseo de buscarla. Aquél deseo me golpeó de forma portentosa. -¿Dónde buscarla?- nunca hable con ella de forma profunda, intercambiamos un par de palabras la única ocasión que caminamos juntos.

Quise llorar por ella pero las lágrimas no afloraron. Solo un nudo en mi garganta y la profunda desesperación por saber de ella.

A estas horas de la madrugada no logro comprender por qué aquella ausencia me hace sentir la más profunda desesperación.

 V

Claro, sabía que la había perdido, mas bien, que nunca tendría la oportunidad de conocerla. Salió a caminar en una de las tantas madrugadas de su tormento, buscando algo que ni siquiera alcanzaba a divisar.

Los gases del basurero inundaban el ambiente y unos cuantos pobres diablos se encontraban tirados junto a la eterna cantina que ha marcado la vida de muchos más. Mientras caminaba por aquellas calles aún oscuras, cubiertas por la tenue luz de aquellos infinitos focos, pensaba en la mesera. Escuchaba el sonido de la suela de sus zapatos sobre el asfalto machacando pequeñas piedras dispersas en el camino.

El vapor que producen los gases del basurero hacía que respirar fuera un proceso penoso.

Alcanzó la entrada del cementerio, sin embargo al encontrarse parado frente a sus grandes puertas sintió como la derrota que había estado dilatando se cernía sobre él. Como un golpe fulminante recordó al ángel de mármol. Recordó aquella noche en la que había dormido en la banca de aquel parque y maldijo con sus manos empuñadas el momento en el que se había inyectado aquella droga.

A su mente vino la imagen de los hombres sucios tirados en la acera bajo aquel manto de gases tóxicos, los tristes envases de alcohol medicinal rodando calle abajo.

Aquel hombre se desplomó en la entrada de tierra.

El repartidor pasaba rumbo a su ruta, inconsciente de que un hombre lloraba sus más intimas confidencias a unos cuantos metros. Ese tipo de ceguera es lo común de estos tiempos, en realidad siempre ha existido pero parece que ahora es crónica.

Mientras aquel hombre lloraba amargamente, sentado en la tierra, el ángel de mármol continuaba señalando el cielo con su mano derecha y extendiendo su mano izquierda hacia la tierra.

-¿Cuántos hombres que ahora, a sus espaldas, se iban desintegrando con el paso del tiempo y el olvido no lloraron amargamente por alguna razón? todos, completamente- se dijo. Todos guardando la esperanza de algo mejor, de una vida mejor, esperando un cambio que nunca ocurrió, esperando algo que nunca llegó.

Aquel hombre, a pesar de todo, sentado frente a las puertas del cementerio, guardaba una esperanza, por eso lloraba amargamente pues el cinismo de la resignación aún no había descendido sobre sus hombros.

Deseaba que algún día cualquier otro hombre reconociera su llanto entre la multitud. Esto no lo pensaba claramente pero su corazón lo sentía, aferrándose a aquella placa roja, diminuta e insignificante que definía a un ser humano y era su única esperanza. 

VI

En aquel noviembre se publicó en una escueta columna del vespertino  el hallazgo de los cuerpos de un grupo de mujeres en un baldío del interior del país. El repartidor cerró el ejemplar mientras acompañaba con su vaga presencia el velorio, junto a escasas personas, de un vecino que habría muerto de sobredosis.

–Tal vez diciembre sea mejor- pensó.

 

Fotografía: http://formybeautifullove.blogspot.com

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