adios

Nery Martínez/Opinión/

Los seres humanos afirmanos que nos manejamos por los valores morales, aunque eso no siempre es así. Son los intereses de cada persona lo que les impulsan para actuar en su vida para satisfacer sus necesidades. Siendo los valores morales un respaldo o una justificación a dichos intereses, indistintamente si estos se califican como “buenos” o “malos” dentro de un conjunto de normas sociales.

Todos somos interesados, porque todos tenemos intereses. Sin embargo, la mayoría de nosotros lo asociamos como algo negativo, probablemente porque solo hablamos de los intereses ajenos y no de los propios, o pasamos más tiempo tratando de convencer a las personas de las cosas que creemos que de lo que queremos, es decir, ocultamos nuestros intereses (consciente o inconscientemente) cuando buscamos consenso. De esa forma es poco posible que converjamos hacia los mismos fines.

Aunque no lo parezca, hablar de nuestros intereses nos obliga moralmente a pedir las cosas a cambio de algo. Cuando imponemos una ideología pedimos sin consultar ni dar nada.

Estas son unas de las reflexiones a las que llego después de algún tiempo desde que me encuentro en la Universidad de San Carlos de Guatemala, estudiando economía. Un lugar que por muchos años se ha caracterizado por ser escenario de momentos históricos y otros que no han sido tan decorosos. Luego de pasar algunos años cuestionando la religión que ya no practico y otras normas sociales de mi entorno, entro a la “U”, dispuesto y abierto a escuchar nuevas opiniones, deseando tener un encuentro cercano con el pensamiento crítico y el conocimiento. Y por qué no, también con la rebeldía, las fiestas y muchas experiencias con una libertad que nunca antes había conocido.

Dentro de ese contexto, me intrigaba y me siguen intrigando muchos temas como la desigualdad social, el racismo, el individualismo, el liberalismo, el marxismo y cualquier otro “-ismo”. Aunque últimamente he considerado que muchas de las confrontaciones de ideas han sido productivas, en un inicio eran más un dolor de cabeza. En muchos diálogos internos me preguntaba: si la economía es una ciencia, ¿por qué es enseñada a través de doctrinas? ¿por qué un pensamiento económico al ser aplicado a la realidad puede ser tan beneficioso o tan maligno en diferentes lugares al mismo tiempo? ¿por qué hay pobres y  ricos? ¿Por qué unos países dirigen y otros solo obedecen? ¿Por qué el estado de bienestar se encuentra en varios de los países más competitivos del mundo? Ante todas mis interrogantes, Sócrates hubiera dicho “solo sé que no sé nada”; y Ayn Rand “… murmuran, evadiendo el hecho de que están alegando conocimiento.”

El tiempo tenía que pasar para entender que muchas de esas inconsistencias solo lo eran en apariencia. Detrás de todos esos supuestos, hay intereses de por medio: de quienes sugirieron la idea, de los que la interpretan, de los que la aplican y aquellos que las usan para manipular a los demás. Entonces los intereses son expresados de forma obvia u otras veces son ocultados deliberadamente en el espectro ideológico. Es un juego de palabras donde es conveniente identificar quien habla en nombre propio o por alguien más.

En pocas palabras esas ideas, valores y supuestos, respaldan moralmente a los intereses dirigidos a satisfacer ciertas necesidades.

Así que los humanos tenemos una gran capacidad de alcanzar lo que queremos, usando una ideología para apaciguar cualquier intención contraria o ganarnos la empatía al respecto de un mismo asunto. Sin embargo, esa extraordinaria cualidad social nos pone como presa fácil de cualquier postura fundamentalista, sobre todo si no tenemos claro es qué es lo que queremos y necesitamos, o desconocemos eso mismo de los demás. ¿Cómo podremos negociar entonces?

Es un error común apelar a la conciencia política de las personas por 2 razones: porque eso no expresa necesariamente sus verdaderos intereses y porque nadie está obligado a seguir una ideología. Lo correcto es apelar a los intereses, para luego decidir si es está de acuerdo o no.

Esto es visible en el diálogo estéril entre derecha e izquierda en países en desarrollo como Guatemala, donde las asimetrías son más profundas que las de nuestros pares más desarrollados; dando lugar a elegantes teorías que tratan explicar nuestra desafortunada realidad con poco éxito, sin tocar la precedencia histórica causante de nuestros actuales problemas. En nuestro caso, hemos sido un país mercantilista donde las grandes empresas están protegidas y favorecidas por el Estado guatemalteco, ahorcando a cualquier otra empresa o sector en crecimiento que este fuera de su círculo en conjunto con la burocracia. El surgimiento de emprendedores y nuevos gremios empresariales capaces de negociar entre sí, darían lugar a una sociedad multipolar con una descentralización de la riqueza y el poder. En esta posible solución, hablo de intereses y necesidades, y ese es el punto que deseo resaltar.

Los intereses de una sociedad no pueden ser totalmente armónicos ni totalmente antagónicos, así que imponer cualquier verdad escrita de a puño, resulta lo menos útil para apelar “a la paz y el bien común de todos los guatemaltecos”. Hablar de nuestros propios intereses no es algo negativo, al contrario la gente sabrá quiénes somos y nos valorarán por eso, porque conocerán en qué cosas podrán contar con su persona. Esas cosas no son nada más que los fines en común que compartimos.

Imagen

Compartir