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María Fernanda Sandoval/ Opinión/

Una, como atracción o práctica sexual, afectiva o amorosa de una persona hacia otra de su mismo sexo, y la otra como condición de miedo o falta de valor ante situaciones difíciles o riesgosas; estas dos palabras y sus significados solo encuentran un punto de conexión en Guatemala, donde las agrupamos en un coloquialismo necio.

“Hueco” es una expresión que en sentidos notoriamente contrarios, se utiliza cotidianamente en nuestro país para referir a un hombre homosexual y además se usa como sinónimo de cobarde.

Posiblemente, la connotación de hueco como referente a un hombre gay; deriva de la burla y falta de conocimiento de la práctica sexual. Ya que, partiendo del patriarcado y el falocentrismo, alude al hombre pasivo,  aquél que es penetrado y por lo tanto “está vacío”. La misma explicación que se le da a “cantimplora”, otra forma despectiva de referirse a los hombres gays en Latinoamérica.

El problema en utilizar este coloquialismo y no términos correctos, es que a través de cinco letras que pueden llegar a parecer no nocivas, se menosprecia y ridiculiza sexualmente a un grupo de personas; y así mismo, se invisibiliza y omite a otras,  dejando de lado a pertenecientes del mundo queer; como lesbianas, transexuales, travestis, etc. Todos aquellos diferentes al “hombre que ama a otro hombre” reales, existentes y en igual condición de vulnerabilidad.

Hueco, como cobarde; refiere a aquellos que dejan de hacer algo. Un “pusilánime, sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas” según el Diccionario de la Real Academia Española.  Acá, también nombramos “huecos” o en femenino (porque de esta sí se admiten femeninos) “huecas” a las mujeres y hombres, que independientemente de su sexualidad, no “se la juegan”, ante los temerosos que andan con “pocos huevos” ante la vida.

Gran choque y contradicción en un país nefastamente conservador, machista y sexista ¿cómo encuadra inclinarse amorosamente ante personas del mismo sexo a la definición de cobarde?

Los homosexuales en general, por su propia afirmación de individuos diferentes a la mayoría que rige el mundo, son todo lo contrario a personas cobardes. Así como fue valiente reivindicar la igualdad de mujeres y afroamericanos, así como es heroico reclamar la no vulneración de derechos humanos; por qué no también  aplaudir a homosexuales, que osados se atreven a demandar el derecho de su esencia personal.

¿Cómo puede nombrarse cobarde a alguien que camina en contra de lo que la sociedad impone? Estructuras desalmadas y excluyentes que asignan estándares de sexo y género ¿No es valiente apostar por lo propio, aunque se sepa las consecuencias que en sociedad traerá? En un país conservador como el nuestro, en donde atreverse a ser diferente genere chismes, calumnias, golpes, miradas y palabras ofensivas. O en un lugar en cualquier parte del mundo, donde en la segunda década del siglo veintiuno aún existan personas que no se alarmen ante la matanza de cincuenta seres humanos en un bar gay.

Así, aunque faltan años para que llegue el momento en que “los homosexuales” no sean más un grupo que pueda excluirse, apartarse y sobre el cual “se crea” se tiene el derecho a juzgar. Aunque aún falten algunos retrógradas y altaneros que simulen darle explicación científica, psicológica o hasta metafísica a la gays, lesbianas, transexuales, travestis o transexuales. Una pequeña muestra de hermandad y fraternidad, un pie de partida para aquellos que valoran a las personas más allá de etiquetas, puede ser por ahora; destruir los prejuicios propagados a través del lenguaje. No utilizar palabras que parezcan inofensivas, pero lleven consigno desprecio.

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