By Brújula
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Ana Raquel Aquino/ Opinión/

Complicamos todo. El ser humano es tan complejo como sus pensamientos mismos, como la masa que los produce y las conexiones eléctricas dentro de ella. Trabajamos muchas veces para complicar situaciones, explicaciones, procesos, ideas y hasta nuestras mentiras. Abandonamos el ser, canjeamos nuestra individualidad para unificarnos y así moldearnos a lo que la sociedad aprueba; nos entregamos para la domesticación de nuestra sustancia. El problema es que detrás de la publicidad no hay sino vacío; el marketing no tiene esencia, solo juega con ella.

Hace un par de semanas fue el Viernes Negro o Black Friday, el día del año en el que las ofertas se hacen imperantes tras semanas de publicidad, bajan los precios hasta en un 70% (dicen ellos) si no es que más y lo que resta -lo más fácil- es esperar el día anunciado para salir a comprar desenfrenadamente, topando las tarjetas de crédito para adquirir ropa, tecnología o electrodomésticos con el dinero que seguramente no se tiene ni se tendrá.

El Black Friday es una fiesta al consumismo, una ovación al sistema capitalista.

El día para desfalcar ahorros tiene historia, una muy reciente de hecho. El Viernes Negro como término para referirse al viernes después del Día de Acción de Gracias estadounidense no se utilizó sino hasta 1998. El Black Friday hasta ese año era un concepto para referirse a la crisis financiera de 1869[1]. Fue hasta el año 1960 que la policía de Filadelfia utilizó la etiqueta para nombrar al conglomerado de consumidores que producían tránsito en la ciudad justo el día después de haber cocinado el pavo y, tiempo más tarde, sería el nombre del día en el cual los vendedores y sus números rojos -pérdida- pasarían a negros -ganancia-.

No es secreto para nadie, la política gira a favor del sistema económico. En 1939, el Presidente Franklin Roosevelt decidió trasladar el Día de Acción de Gracias una semana antes. La excusa fue que ese año, el mes de noviembre tendría 5 jueves, en vez de 4. Así, las compras por las festividades empezarían antes y esto provocaría un aumento en las ventas. A los gringos no les cayó en gracia y, como no es raro, no lograron acordar entre los distintos estados la decisión. Ese año, 22 estados adoptaron el cambio del día de Thanksgiving una semana antes de lo usual, 23 estados se quedaron con la tradición el último jueves del mes, dos estados celebraron ambas y  Mississippi no se decidió. Este cambio de fecha siguió hasta 1941 y ese año el Presidente Roosevelt decidió “rectificar su error” con un memorándum. La historia sigue como la conocemos, el Día de Acción de Gracias se celebra, desde entonces hasta ahora, el último jueves del mes de noviembre.

El Viernes Negro toma entonces protagonismo después de que comemos el pavo o el tamal como sucede en Guatemala, ¿acaso importa? Pareciera ser que a falta de identidad, les copiamos a los gringos y cada vez más en América Latina se nos pega el síndrome del comprador compulsivo. Ahora no basta cenar para navidad alrededor del árbol lleno de regalos, también cenamos el último jueves de noviembre, damos gracias a quien sea que cada quien agradece y pasamos a la tía más querida el riquísimo gravy de arándanos de la abuela.

No está mal celebrar y compartir, no me tache de Grinch o radical. La cuestión es lo que se transmite y enseña, la trascendencia hasta de las acciones más simples. Lo que nuestro dinero incentiva y glorifica es lo que mantiene al sistema funcionando. El dinero, para estos efectos, es sinónimo de: esfuerzo de trabajo. Como tal no se debe menospreciar. Se traduce en horas de nuestro tiempo, aquél que juega al azar, ese que no regresa ni lo hará nunca por su misma condición: efímera, egoísta, indiferente, reacia a nuestros intereses. ¿Cuál es su justificación para malgastarlo?

De acuerdo a esta página, la cual lleva un recuento del número de muertes durante el Black Friday, el número de víctimas del 2014 descendió a 5 heridos. Es un avance, si analizamos que son heridos por competir con carretas llenas con tal de llevarse el suéter de la portada de Vogue de la temporada otoño-invierno o pequeños altercados en parqueos de supermercados.

Parece ser que el Viernes Negro y todo el Black Weekend[2] subsiguiente, es una adulación a la cosificación. Es ensalzar el consumismo, los bienes materiales, el añorado carpe diem, al YOLO[3] . Es beneficiar a las pocas empresas que nos tienen de rodillas, calmados por los incentivos, cupones y ofertas que ellos “generosamente” dan.

“Solamente el individuo que no se encuentra atrapado en la sociedad

puede influir en ella de manera fundamental.” – J. Krishnamurti

La riqueza según Marx se presenta como una inmensa acumulación de comodidades. Estas se crean conforme el capitalismo potencializa la producción y genera “nuevas” necesidades las cuales no sabíamos que teníamos en primer lugar.

Fue Adam Smith en La riqueza de las Naciones, casi un siglo antes que Marx, quien aclaró el panorama e hizo alusión a la pregunta ¿para qué producir? Dijo que no era precisamente por benevolencia y caridad de los propietarios de los medios de producción por lo cual nosotros los consumidores obtendríamos sus productos, sino por el beneficio que ellos alcanzarían de su propio interés.

La riqueza en el mundo no empezó a comprarse con oro o plata, mucho menos con dinero.

Fue con la fuerza de trabajo. Se nos ha olvidado, más a las nuevas generaciones, de dónde proviene ese trabajo: ¿Quién mató al pavo que nos comimos en Thanksgiving? ¿De dónde sale cada cucharita de azúcar que echamos al café? ¿Cada iPad o Galaxy S5? ¿Quiénes cosieron los suéteres de Forever21 o las diminutas prendas de Victoria’s Secret? No se trata de negar al sistema, solo de saber que estamos sumergidos en él. Somos parte, por lo que nuestros hábitos y acciones lo definen y más importante aún, lo fortalecen.

Creo en vivir una vida más simple, mas no simplista; en adquirir para aportar. Así en vez de comprar pertenencias con base en necesidades creadas, se puede comprar en función a momentos o recuerdos. Cuando el momento se va, lo que queda es el sentimiento que provoca el recuerdo de ese momento. No hay nada más hermoso. Fue Da Vinci quien dijo que la última forma de sofisticación era la simplicidad. El tener más solo hará que quiera más de lo que no significa nada. El tener menos lo hará apreciar más lo que verdaderamente importa. Es como funciona la vida, llena de ironías.

Ahora que el Black Friday, el Cyber Monday y el Congreso nos dejaron quebrados hasta Christmas o quién sabe cuándo, no me queda más que desearle unas “re-bonitas”:  ¡Japi Jolideis!


[1] Black Friday (1869): http://en.wikipedia.org/wiki/Black_Friday_%281869%29.

[2] Black Weekend en Guatemala: http://america-retail.com/industria-y-mercado/guatemala-walmart-celebrara-el-black-weekend-de-ofertas-del-27-al-30-de-noviembre y http://www.prensalibre.com/economia/guatemala-black-friday-comercio-la-curacao-walmart-distelsa-cemaco_0_1256874526.html.

[3] YOLO: acrónimo para “you only live once” o “solo se vive una vez”.

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One Comment
 
  1. Avatar
    ruben / 25/06/2018 at 07:47 /Responder

    y pensar que existen lugares donde esas cosas ya son incomprables .

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