By Fatima Rodriguez
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Los aires de Latinoamérica han sido invadidos por el gas pimienta y represión, en los cielos se escuchan las detonaciones de las balas de goma y los gritos de un pueblo sufrido pero, también se escuchan los cánticos de unión, de lucha y libertad. Latinoamérica está despertando de un país a la vez y las luchas sociales han acaparado los titulares de los noticieros del mundo entero. En los últimos días podemos contabilizar un gran número de luchas sociales, en las calles de Bolivia, por ejemplo, las movilizaciones surgieron por las acusaciones de fraude electoral, cometido por el ahora ex presidente Evo Morales, en Chile la lucha es por la desigualdad social, en Ecuador por la eliminación de los subsidios a los combustibles y en Haití por la escasez de gasolina y alimentos. En palabras más breves, el denominador común es la justicia social, es cese de la desigualdad y la corrupción.

 

Como dijo alguna vez Eduardo Galeano: “Ni siquiera el progreso resulta progresista, porque hasta el progreso está en manos de pocos propietarios. El alimento de las minorías se convierte en el hambre de las mayorías.”

 

Durante muchísimos años,    en Latinoamérica la premisa ha sido simple, o tienes dinero o no, así de simple, así de sencillo. Sin tener un punto intermedio entre la pobreza y la riqueza, porque créeme, si tienes más de un dólar al día para poder comer, eres de los afortunados. Ya que, según algunos estudios publicados, alrededor de 1.100 millones de personas, porcentaje que representa casi un quinto de la población mundial, vive con menos de un dólar al día. Y no solo eso, aparte de tener que vivir con menos de $30 dólares al mes, son personas que en muchas ocasiones no tienen acceso a la educación, servicios de salud de calidad, etc.

La desigualdad económica y social es una realidad y un problema grave en América Latina, que la clase privilegiada y el poder político se niegue a verlo y reconocerlo, eso es otra cosa.

Según un informe publicado en el 2016 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la región latinoamericana, sigue siendo la más desigual de todo el mundo, es la región en donde la brecha entre las minorías adineradas y las mayorías pobres, es la más grande y extrema, pero también es la más difícil de corregir. Y a pesar de todo eta gran brecha de desigualdad, pocos o ninguno son los esfuerzos que la gente en el poder hacer para reducir estas cifras, porque como diría Panteón Rococó, en este mundo globalizado, la gente pobre no tiene lugar.

La gente está cansada, la gente esta harta de tanto atropello, de tanta desigualdad, de tanto atropello, de tanta corrupción, de las leyes que benefician a los ricos y mortifican más a los pobres, la gente está cansada y está empezando a hacerse escuchar. Y como bien lo dijo el grupo argentino Bersuit. Se viene el estallido, el estallido de un pueblo pidiendo libertad, justicia e igualdad. Y estos movimientos nos son nada nuevos en la historia de América Latina; es necesario recordar que, desde la primera década del siglo XXI, la historia latinoamericana, ha estado marcada por grandes movilizaciones sociales protagonizadas por movimientos de indígenas y campesinos, por movimientos de trabajadores, sindicatos transportistas, amas de casa y estudiantes universitarios.

América Latina, históricamente ha sido un pueblo en donde la lucha se respira a diario motivada por el amor hacia nuestros pueblos, hacia nuestras tierras, motivada por las ganas de tener un mundo mejor, un mundo más justo y más humano. En donde los bienes económicos sean repartidos justamente entre todos.

Y como ya bien lo dijo el Che Guevara, “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”. Porque estas luchas van más allá de una ideológica, van más allá de un color político, estas luchas son una revolución de amor motivadas por un clamor de justicia social.

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