By Claudia Aj Hernández
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Parecía que se me estaba haciendo costumbre. Una vez más estuve deambulando en el mismo lugar al que quisiera no regresar, al que no regresaría si dependiera de mí, pero lo hice. Las reglas seguían siendo las mismas, “no se permiten familiares en la emergencia”, yo también seguía siendo la misma, y aunque el intercambio de palabras poco amables con el policía de garita no me fue de mucha ayuda, al menos había hecho el intento.

De cualquier manera, las entradas de la emergencia de los hospitales públicos del país siempre están llenas, sin importar día, hora o festividad, por lo que compañía era lo que menos me hacía falta. Desde niñas accidentadas hasta trabajadores de funerarias vendiendo servicios de “última hora”, gente que iba y venía, unos fortalecidos en fe, otros llenos de angustia y desesperación, escuché mil historias, unas me las contaban a mí, otras las decían a la nada, por la pura necesidad de desahogo, supongo.

A las 08:00 p.m. comenzaron a cerrar los negocios del frente, el turno de los vendedores ambulantes también estaba a punto de terminar y la multitud no parecía disminuir. 30 minutos después, me comencé a preocupar, tenía 15% de carga en el celular y no más de Q4.00 en la billetera. Lo único que quedaba era un Foodtruck de hamburguesas, que a pesar de la comida, parecía ganarse a la gente con el estreno de las películas de Marvel, distrayendo a quienes aún les esperaba una larga jornada. Pregunté si podía cargar mi teléfono a cambio de dinero, esperando que no me cobraran nada, o al menos no más de lo que tenía, y así fue. Regresé a mi banqueta y continué leyendo mi libro, entre sueño y hambre, lo único que nos mantenía despiertos era el frío.

En tres turnos distintos, desde las 09:00 p.m. hasta las 02:00 a.m. varios grupos de personas diferentes se acercaron a cada uno de nosotros y nos regalaron un vaso de chocolate, un pan con frijol y un panito dulce. Mi gratitud con ellos es grande, pero mi admiración aún más, por sacrificar su tiempo desinteresadamente y tener la bondad de compartir con aquellos que están enfrentando situaciones difíciles, y en ese instante, mientras estábamos todos acuachados en la banqueta, dándonos calorcito y tomando chocolate caliente, nos sentimos dichosos de que aún exista la bondad, y es que todos teníamos algo en común, estábamos pasando un mal rato y de cierto modo, no nos sentíamos solos.

Ver el dolor de otras personas de frente, lejos de ser una experiencia negativa me ha llevado más a apreciar y valorar cada instante, bueno o malo, cada persona que me rodea y afrontar cada circunstancia, positiva o negativa.

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Me gusta escribir líneas de experiencias propias y ajenas, de historias vividas y soñadas, transmitir sentimientos y dejar el alma al descubierto.

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