Por Luis Pedro Mejía Suchite, estudiante de último año de Ciencia Política

Corrupción. Vayamos directo al grano: el término es el pan nuestro de cada día en Guatemala, casi tanto como las tortillas o el chirmol. Convierte cualquier charla de café en un debate nacionalista y alimenta la programación de los medios de comunicación hasta reventar. Es el boleto de oro para cualquier político en campaña, la llave maestra que abre las puertas de los corazones crédulos y, aparentemente, con amnesia colectiva.
Un nuevo candidato irrumpe en la escena pública blandiendo su espada moral contra la corrupción. ¿El nuevo mesías? Tal vez. ¿El próximo villano de una telenovela política que ya tiene demasiadas temporadas? Más probable. Es irónico cómo cada político se presenta como la cura del mismo veneno que, eventualmente, lo consume. “Ni corrupto, ni ladrón,” proclaman con un tono mesiánico, y la masa votante, hambrienta de esperanza, se traga el anzuelo, la carnada y la caña de pescar.
Cada elección es como una montaña rusa emocional. Primero, la euforia, porque, ¡ah!, este candidato sí que va a cambiar las cosas. Y luego, el inevitable desplome: las promesas se esfuman como el vapor sobre un atol de elote caliente. El ciclo se repite ad nauseam, y lo más desalentador es que, tras cada vuelta, la corrupción parece enquistarse aún más en el sistema.
Porque en el reino de Guatemala, la corrupción es parte integral de la cultura, como el Kak’ik o el tamalito de chipilín. Se transmite de generación en generación como conocimiento ancestral. Aquí, el soborno no es un delito, es la propina que garantiza la supervivencia. La ley se interpreta creativamente como recomendación opcional. Y robar al Estado es un deporte nacional, que se juega en todas las ligas desde los políticos hasta el ciudadano raso.
Los guatemaltecos somos unos grandes detectives aficionados de la corrupción, al menos en redes sociales. Ahí nos encanta desenmascarar sin piedad la podredumbre del gobierno y la clase política. Hacemos hilos larguísimos exponiendo cómo roban y desvían fondos públicos.

Pero basta asomarnos a nuestra vida cotidiana para darnos cuenta de que en realidad somos miopes. No vemos la corrupción justo frente a nosotros. Desde el amigo que incurre en deudas en la tienda local sin intención de pagar, hasta el padre que ‘facilita’ la obtención de una licencia de conducir para su hija mediante un soborno, o aquellos que agilizan trámites burocráticos a través de “mordidas” y favores.
Denunciamos con vehemencia la paja en el ojo ajeno, pero pasamos por alto la viga en nuestro propio ojo. Se diría que el chapín promedio padece de una dualidad alarmante: se erige como un intransigente fiscal anticorrupción en el ámbito digital, mientras que en el mundo tangible se convierte en un ciudadano maleable, complaciente y susceptible a practicar o tolerar la corrupción.
Si Guatemala quiere liberarse de la corrupción, necesita más que una nueva cara en la silla presidencial. Necesita una cirugía profunda en su cultura, un cambio de paradigma que parta desde la base. De lo contrario, seguiremos condenados a vivir en este bucle de esperanzas fallidas y desencantos crónicos.
Así que la próxima vez que escuches el término “corrupción,” piensa en algo más que un simple eslogan político. Piensa en la complejidad del problema y en la responsabilidad que todos compartimos en su perpetuación. Porque si la corrupción es el enemigo público número uno, entonces tal vez, solo tal vez, todos somos cómplices en este delito.

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