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Juan Pablo Romero/ Opinión/

El hecho educativo es posible porque los seres humanos tenemos una doble capacidad que nos lo permite: La Educabilidad,  o sea la capacidad de recibir influencias educativas y La Educatividad, o sea la capacidad de ejercer dichas influencias. La primera hace posible el acto de aprender y la segunda posibilita el acto de enseñar (concepto ontológico de la educación).

Claro que sí existe y por supuesto que funciona, pero ¿para quién, cómo y para qué? La educación generalmente es concebida para instruir desde las necesidades económicas de un país, específicamente basada en la palabra y voz de los grupos más ricos y poderosos de una sociedad. La educación en un país como el nuestro no ha tenido demasiada importancia, ni mucho menos los recursos necesarios a pesar de los miles de maestros y los millones de guatemaltecos que hemos sido parte además de resultado de los procesos de enseñanza-aprendizaje en las aulas de escuelas, colegios, institutos y universidades, durante muchos años.

No creo que se haya instruido o generado el sistema educativo en relación a las capacidades humanas básicas, como los sentimientos, los valores y contextos socioculturales; sino más bien en la creación de métodos de aprender, evaluar y competir, para que luego de terminada la etapa educativa el “estudiante” esté listo para trabajar; sin embargo, no significa que esté listo para vivir.

En mi opinión, a este sistema educativo le ha hecho falta la capacidad de influir amorosa y políticamente en los procesos educativos. Freire, sostenía la doble capacidad de aprender y enseñar, con nuestros ritmos y con nuestras formas; destacaba también la importancia de conocer, respetar y adecuar la enseñanza a las personas según sus condiciones de vida para que la educación sea entonces un proceso humano primeramente y luego, técnico. Quiero decir que los guatemaltecos y guatemaltecas aprendemos historia, geografía, literatura, matemática e incluso arte para poder trabajar, para poder consumir, comprar y producir, pero no para vivir. No para ser libres, sino para hacer correctamente lo que el sistema nos demanda ¿será que nosotros también podemos exigir algo al sistema en el que vivimos?

¿Qué estamos aprendiendo?

¿Qué estamos enseñando?

¿Para qué nos sirve?

Son las tres preguntas que esencialmente he tomado como puntos de partida y de investigación para contribuir al sistema educativo actual, para que en lugar de buscar las respuestas correctas, nos involucremos más en la búsqueda constante de la pregunta y la palabra común y sencilla, de las maneras de sentir y expresar lo que la persona siente, piensa y hace al mismo tiempo.

El sistema educativo guatemalteco reduce al niño-niña, joven y estudiante universitario a un punto y lo incluye a una estadística ¿por qué?  Por ejemplo: Justo prepara unos huevos revueltos para su examen final de cocina, sin embargo, a “Justo no se la da la cocina como se le dan los números”; en fin, Justo ha seguido las instrucciones para cocinar los huevos pero al final se le quemaron, por lo tanto Justo ha reprobado la clase de cocina. Ahora bien, el maestro o la maestra, ¿a quién califican en realidad? ¿a Justo como persona o al huevo como resultado? ¿Cómo lo califican? ¿A quién deben responder los maestros? ¿Al sistema educativo, a la sociedad, a los padres de Justo o a Justo?

No podemos seguir con un sistema que nos marque la vida, nos defina por números y descripciones técnicas, cuando lo que el mundo, la vida y este país necesitan son ciudadanos formados y llenos de amor, esperanza y motivación. Los huevos quemados a lo mejor no se los comerá el ciudadano que paga o tiene otros para comer, pero siempre habrá alguien en alguna parte que no tiene comida y que seguramente esos huevos quemados pueden ser los mejores huevos que haya comido en mucho tiempo.

La educación debe ser un proceso de amor, de liberación y de apoyo mutuo.

Es decir, que debe ser considerada como un acto estrictamente pedagógico, pero dirigida a la acción política. Porque todo es político y sin un sistema educativo más humano, entonces jamás tendremos un mejor sistema de vida global.

La educación antes de ser una cantidad de temas y de evaluaciones, es un conjunto de infinitas formas de pensar y de hacer, de enseñar y de aprender, de no decir y de comunicar, un intercambio de saberes y poderes. Es entonces una oportunidad para todo ser humano de conocer el mundo, la vida y sus manifestaciones en general. Una forma humana y técnica, pero más humana, para mejorar la calidad de vida de una persona, de una familia, de una comunidad, de un país, de un continente, ¡del mundo!

Cuando los pueblos reconocen lo que saben y lo que no saben y se dedican a crear plataformas de convivencia social en lugar de “promociones humanas de producción y consumo”, entonces, se liberan y crecen, se hacen fuertes y más nobles. Inyectar valores humanos y sociales a los sistemas actuales de números, estadísticas y competencias es urgente y obligatorio.

Un sistema educativo basado únicamente en instrucciones técnicas y académicas, no es tan eficiente como uno combinado primordialmente con amor, respeto y creatividad. Y no pretendo decir que uno es mejor que el otro, solamente que uno es menos efectivo humanamente que el otro, pero debe ser el amor la esencia de cualquier manifestación humana para que la paz y la justicia existan.

En fin, comparto mi estilo de entender el mundo y la palabra educación con las palabras de Freire: “El estudio no se mide por el número de páginas leídas en una noche, ni por la cantidad de libros leídos en un semestre. Estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas”.

Eduquemos con amor para ser libres.

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