Delia Sofia Godínez Sales
Jacobo Árbenz Vilanova era tan solo un niño de 7 años cuando, escondido bajo su cama, escuchaba el bombardeo sobre la Ciudad de Guatemala a finales de junio de 1954. El ataque, perpetrado por Estados Unidos, tenía la finalidad de derrocar a su padre, el presidente Jacobo Árbenz Guzmán, quien tiempo después, junto con su familia, se enfrentaría a la humillación pública y al exilio, fragmentando su infancia y a su familia a lo largo de los años.
Siete décadas después, Latinoamérica vuelve a enfrentar un nuevo intento de asalto a la democracia. El caso denominado “Hondurasgate” se basa en la supuesta filtración de audios que revelarían un plan para la desestabilización de gobiernos progresistas en Latinoamérica, este contaría con el apoyo y participación de Estados Unidos, Israel, Argentina y Honduras.
Independientemente de la veracidad de los audios, lo que revela esta situación es la profunda necesidad de Estados Unidos de seguir manteniendo el control político y social de las naciones latinoamericanas como una manera de preservar su hegemonía en la región. No hay que ser un experto para darse cuenta del patrón; sin embargo, es válido preguntarse por qué le conviene mantener a la región fragmentada, dependiente e inestable
El intervencionismo estadounidense siempre se ha caracterizado por obedecer a los intereses económicos y políticos de la élite o como diría Marx de la burguesía, bajo la falsa idea de libertad y democracia. Es aquí donde el “Hondurasgate”, en caso de comprobarse su veracidad, podría convertirse en la continuación de un patrón histórico en el que la ideología dominante en Washington se convierte en la corriente dominante en nuestra región.
La dominación ideológica en el continente se ha sostenido a lo largo de los años de maneras ilegítimas, normalizando la intervención de tal manera que la llegamos a ver como una autoridad tradicional; algo “normal” en las sociedades latinoamericanas. Pero esta normalización tiene un costo para nuestras sociedades, sobre todo para una juventud que muchas veces cree que las decisiones importantes de nuestros países están influenciadas desde fuera. Podríamos denominarlo “anomia”, en referencia a la desconexión que existe entre las instituciones y nosotros.
Más de medio siglo después, el mismo niño, ya adulto, puede ver cómo la figura de su padre se utiliza como símbolo de protesta en Coachella, lo que le recuerda al mundo lo que muchos prefieren olvidar. Así como The Strokes cerraban su actuación con la pregunta “What side are you standing on?”, yo los invito a preguntarnos acerca del rumbo que siguen las democracias en nuestros países y el papel que, como ciudadanos, jugamos en ellas, porque la construcción de un Estado fuerte depende de todos.
