By Antonio Flores
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¿Ustedes también pusieron su cuadrito negro en Instagram con los hashtags correspondientes a la ocasión? ¿Aplauden las expresiones de ira acumulada de quienes protestan en Estados Unidos (EEUU)? ¿Ya dieron sus respectivos RT, Favs o compartir a las publicaciones? Bueno, nadie está diciendo que sea malo, que secunden una lucha contra uno de los problemas estructurales más dañinos y antiguos de las sociedades humanas pero, ¿qué va a pasar mañana? ¿La próxima semana? ¿El resto del año?

Creo que la mayoría de personas no ha entendido que el racismo no es una acción violenta puntual y espontánea en contra de una persona, no son hechos aislados o cosas que sucedan solo a un grupo étnico en otros países; el racismo es odio consciente y aprendido, es un sistema social complejo que se vale de pirámides de poder y prejuicios excluyentes. El racismo ha sido establecido generaciones atrás y transmitido de la misma manera, a través de prácticas rutinarias, religiosas y hasta académicas.

El racismo es un sistema en el cual nacemos. Hace valer sus condiciones para perpetuar la violencia estructural que estratifica y excluye de acuerdo a características físicas, de lengua, tradiciones y color de piel; es un discurso que se emplea para hacernos creer que el problema y razón de nuestro tercermundismo, son los pueblos tontos y mudos, incapaces de entender, aceptar o interpretar la modernidad, una forma de pensar que solo te hace ver el problema fuera, pero nunca en casa, nunca en tus círculos, nunca en tu propia vida. Si no le crees así, acá te dejo unas preguntas para que te cuestiones:

¿Dónde estabas cuando los 48 cantones tomaron las carreteras para exigir sus demandas por la energía eléctrica?
¿Te deshiciste de adjetivos violentos, machistas y soeces para las marchas campesinas en la capital?
¿Qué hiciste ante la situación del Hogar Seguro Virgen de la Asunción donde 41 niñas murieron?
¿Dónde está tu post de indignación cada vez que han matado a un defensor de la naturaleza o activista indígena?

Aún recuerdo cuando, después de una misa, llegó una familia en una camioneta marca BMW y al bajarse, podíamos ver que era una familia indígena, quienes orgullosamente vestía su indumentaria maya. El sacerdote al ver esto dijo: “Que un indio maneje un BMW pero uno no, es antinatural”, acto seguido, bromeó con ellos, platicaron, para luego despedirlos con una sonrisa y darles la respectiva bendición.

Como olvidar el sin fin de veces que, durante nuestra adolescencia, a modo de insulto le dijimos a alguien: “pareces indio igualado o que alguien nos lo diga, es tomado como una ofensa descomunal; y que hay de cuando algunas iglesias mandan a sus misioneros en el área rural y en lugar de hacerlos comprender la realidad, llegan con el complejo del hombre blanco salvador, creyendo que esas personas están mejor y se quedarán mejor porque ellos fueron por unos días a compartir con las comunidades.Los prejuicios que se maquinan en el imaginario del capitalino al ver mujeres indígenas en las calles, tomándose fotos, comiendo en los mismos restaurantes que ellos, comprando en los mismos supermercados y paseando en los mismos centros comerciales que ellos; no pueden concebir la idea de que ellas puedan darse los gustos y lujos que ellos siempre se dan.

El racismo no es solo un policía blanco, ejerciendo su exceso de poder y brutalidad sobre un hombre de color desarmado, humillado y moribundo, el racismo también son los privilegios que gozas por tu color de piel, por tu apellido o por la zona/municipio/departamento en el que vives. Es tener la oportunidad de acceder a educación de calidad, es la ignorancia y apatía consciente de los problemas estructurales del país porque “no te afectan” y que pereza hablar de eso; o dicho de forma mas simple, el racismo es lo que tu familia (como la mía) hace al pensar que le está salvando la vida a una joven indígena dándole trabajo como empleada domestica en tu casa pero, a quien nunca van a llamar por su nombre, nunca van a compartir la mesa o dar una paga digna.

El racismo somos todos cuando nos reímos o callamos de una broma subida de tono, son tus amistades que para referirse a otros les llaman despectivamente “shumos” o “choleros”, son los memes que compartís burlándose del acento y errores de quienes no tiene el español por lengua materna, son los silencios que guardas cuando alguien de tu círculo se expresa con odio y falsa superioridad respecto la gente de los pueblos.

Racismo también es que iglesia romantice a los pobres en comunidades alejadas y las use como vitrinas de la pobreza, la desigualdad, miseria o dolor, racismo también es que tu iglesia considere a los pueblos originarios objetos y no sujetos activos de la evangelización con sueños, miedos, retos, anhelos y realidades propias, es tu grupo de la iglesia que cree está cambiando el mundo por llevarles víveres, ropa usada, juguetes baratos y piñatas como su buena acción de adviento, pero no cuestiona ni analiza las realidades desiguales del país.

No creas que no eres racista, porque en este sistema de privilegios vas a crecer y construirás tus ethos, con prejuicios y preceptos que marginan, duelen o hieren a las personas, solo que no te vas a dar cuenta, porque es parte de la normalidad que tanto extrañan durante esta cuarentena.  

Sí claro, subite al tren de la lucha contra el racismo, por algo que paso a más de 3,000 km de Guatemala pero, cuando pase la ola no te bajes, seguí luchando y denunciando toda actitud racista, machista, de aporofobia y homofóbica que veas en tu cotidiano vivir ¿Por que? Por que no puede continuar esta normalizacion del racismo, del odio, de la violencia estructural. No es normal que hablar de racismo e inclusión incomode tanto, como lo mencioné antes, cuando el montón de capitalinos andaban con un pavor hacia el pluralismo jurídico y la medicina tradicional: dialogar sobre inclusión, oportunidades y equidad suele despertar toda una maquinaria social en la clase media, dispuesta a mantener un supuesto estatus quo que “ya trabaja” por el bienestar de todos. Pareciera que cada vez que busquemos darle un reconocimiento a la diversidad o la identidad de las personas, siempre habrán brotes de clasismo, racismo e ignorancia; así es como terminas por darte cuenta que en este país pluricultural y multiétnico, el citadino (ladino) de clase media, quiere decidir y opinar respecto al resto de pueblos en el país, como si solo él supiera o fuera capaz. 

Acá los policías son violentos en los barrios marginales, en los asentamientos, en los desalojos de comunidades; en este país, los pueblos originarios (mayas, xinkas y garifunas) viven oprimidos, con una inmensa desigualdad, sin seguridad alimentaria, sin educación, sin salud y sin oportunidades, pero nadie se da cuenta y si lo notan, no les mueve, no les indigna, no merece ni un post en cualquier red social.

La única forma en que este paraíso desigual, machista, racista, homofóbico y opresor cambie, es que nos atrevamos hablar de las cosas y una vez que empecemos a hablarlas, no callarnos nunca. Educarnos, educar a otros, no quedarnos inmóviles o indiferentes, no ser cómplices silenciosos de actitudes y comentarios que perpetúan estos problemas. Cuando tu opinión y acciones, reproducen, sostienen y legitiman un discurso de desigualdad, discriminación, estigma social e invisibilización, no es libertad de expresión, tampoco es ignorancia, es violencia simbólica, es un discurso de odio.

La única forma como vamos a cambiar esto, es llamando las cosas por su nombre y confrontando a quienes las practican. Todo lo contrario, es simple y sencillamente hipocresía.

P.d. En Guatemala ¡Sí hubo genocidio! ¡Sí hubo violencia sexual contra la mujer indígena! ¡Nos faltan 41 niñas!

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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