By Daniel Monroy
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En reiteradas ocasiones a través de este espacio, he criticado las consecuencias culturales y sociales de la adopción de las ideas posmodernas y cómo ese suceso nos está llevando a un punto de no retorno; a decir, a una debacle social sin precedentes.

Sin embargo, hace unos días estaba pensando en que si realmente existe algo bueno que se puede rescatar de la crisis en la que nos encontramos. Así que, las próximas líneas son un tanto extrañas de entender -al menos desde mi punto de vista-, puesto que constituyen crítica pero también algo de reconocimiento hacia el ideario imperante.

Sin duda alguna, la sociedad ha evolucionado y las ideas que la componen han seguido el mismo camino. Dentro del universo de elementos que han cambiado, hay uno que creo que debemos reconocer que ha cambiado para bien, pero que la forma en la que se maneja en la actualidad, tiene el potencial de convertir algo bueno y saludable para la sociedad y el individuo en algo autodestructivo e incontrolable.

En la actualidad, escuchamos en todos lados el discurso de emancipación individual y de soberanía del individuo frente a la sociedad, la familia y las costumbres. Es común escuchar discursos que impulsan a las personas a ser los capitanes de su destino, los dueños de su vida y los únicos propietarios de su porvenir. Desde propulsores del coaching, el movimiento feminista e incluso -y lamentablemente- figuras mediáticas del cristianismo, todos enarbolan la misma bandera pero de distintas formas y con distintos mensajes. Las formas cambian, el fondo es el mismo.  Aquí entra lo interesante.

Por relatos de personas mayores y por las historias que uno lee y escucha, creo que sí podemos estar de acuerdo en que las personas, décadas atrás, no gozaban de ciertas libertades que hoy consideramos esenciales para el desarrollo integral de cada uno de nosotros. El hecho que tu vida sentimental la dictaban tus padres o que tu vida profesional podía verse derrumbada por un servicio militar obligatorio, son solo ejemplos de cómo cultural y políticamente se han conquistado ciertas libertades individuales. Entonces, si ahora somos más libres, ¿cuál es el problema?

Como todo en la vida, y como mencioné arriba, los humanos tenemos la costumbre (y el defecto) de convertir cosas buenas en máquinas de destrucción; y la libertad exacerbada, lejos de constituir un logro, termina en libertinaje que no tiene reparo en avanzar sobre las libertades del prójimo y el ejemplo más representativo para tiempos actuales, es el asesinato de los más inocentes, es decir, el aborto. Bajo la premisa de la soberanía individual, hemos llegado a creer que es justo y lógico matar a los que no tienen voz. En lugar de avanzar, retrocedimos.

Mi crítica y propuesta va por dos vías. En primer lugar, es bueno que como sociedad y como personas, busquemos y luchemos por la conquista de la libertad. Es bueno que existan personas y movimientos que busquen darle espacios y representatividad a sectores de la sociedad que históricamente, han sido excluidos. En eso todos estamos de acuerdo. Temas como el racismo y el machismo son algunos ejemplos de cómo ahora tienen más voz en el debate público y su erradicación es tarea pendiente, pero que ha logrado un avance significativo en los últimos años. Así que, si en algo estamos de acuerdo, es que debemos luchar por la libertad (tanto individual como colectiva) para avanzar como personas y como país.

Ahora bien, en segundo lugar, en lo que podemos discernir es en cómo vamos a lograr nuestro objetivo. Y ahí es donde critico fuertemente a los movimientos actuales y a la ola de ideas a las que estamos expuestos todos los días, porque considero que de un extremo nos fuimos al otro e irónicamente solo cambiamos las dinámicas del juego y no el juego en sí.

Antes luchábamos contra la censura y con los gobiernos dictatoriales, pero ahora tenemos el deseo de censurar y perseguir a los que no piensan igual que nosotros. Antes rechazábamos los privilegios de los opresores, pero ahora queremos privilegios para otros grupos y así formar nuevos opresores. Antes luchábamos contra la opresión del poder político, ahora queremos ser oprimidos por los políticos que piensan igual que nosotros o que pueden capitalizar nuestra agenda.

Solo cambian las reglas, el juego sigue igual, solo tiene nuevos participantes.

La gran debilidad de los movimientos actuales, es el fundamento sobre el cual se construyen; el cual es débil y lleno de contradicciones (y que he abordado en este espacio en el pasado).

Ojalá todos los movimientos que tienen dominada la cultura actual, utilizaran sus energías y fuerzas en buscar una verdadera libertad de la mujer, un mejor nivel de vida para todos y una sociedad más justa.

Qué bueno que tengan de bandera principal la libertad de las personas, pero qué lamentable la forma en la que dirigen sus esfuerzos para lograrlo. De ahí por qué digo que estas líneas son crítica, pero también reconocimiento (si puede llamársele así).

Ante esto, creo que queda abierta la puerta para responder y definir qué es la verdadera libertad. Eso nos puede ayudar a conocer los límites que debemos tener en cuenta, para no caer en lo que estamos viviendo.

Como siempre, me retiro con este mensaje: abramos los ojos, nunca es tarde para empezar de nuevo.

 

 

 

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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