By Rincón Literario
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RL-Junio

Francisco Juárez

Ese día nos sentamos a la mesa. Lita (así llamo a mi abuela), nos trajo unas tostadas de guacamol y salsa. El café recién hervido humeaba nuestras narices. Llovía, así que permanecimos largo rato a la mesa.

—Ayer fui a la manifestación —le dije al abuelo. Abrió los ojos y se acomodó los gruesos lentes sobre la enorme nariz.

—¡Ah sí! ¿Cómo estuvo? —preguntó con entusiasmo.

Permanecí pensativo por un momento, trataba de ordenar en mi cabeza los momentos relevantes, pero a pesar del esfuerzo, me venían a la memoria momentos que no se considerarían “importantes”.
Nos reunimos en el palacio de justicia. Encontré a algunos amigos de cuando estudiaba en la universidad y hablamos poco. La verdad me sentía emocionado al estar entre aquellos muchachos.

—Me sentí orgulloso —dije inflando un poco el pecho.

El abuelo sólo me escuchaba. Podía oír los ronquidos de Lita y la televisión a bajo volumen. La lluvia continuaba.

Éramos unas ciento cincuenta personas. Yo volteaba a todos lados para ver si podía pegarme a alguien durante la marcha pero la mayoría estaban ocupados preparando las pancartas. Participaban, además de los estudiantes, catedráticos, indígenas campesinos, ancianos, vendedores de banderas.

Cuando comenzamos a caminar en bloque seguíamos las pancartas. Algunos comenzaron a lanzar consignas. En ese momento traté de unirme a las voces pero por alguna razón me ganaba la timidez.

—¿Qué gritaban? —preguntó el abuelo.

—Muchas cosas —respondí.

Traté de acercarme lo más que pude a la cabeza del bloque. Por momentos me animaba a levantar el brazo con el que sostenía una flor blanca que nos habían dado al iniciar la marcha.

Mientras avanzábamos escuchaba a los demás alzar la voz y los veía levantar las pancartas.

En algunas paredes del trayecto vi de esos retratos de los desaparecidos. ¿Te recordás de cuáles?

—Sí —dijo el abuelo.

Luego, ya sobre la avenida, al caminar al lado del mercado de la Plaza, los vendedores nos veían con expresiones serias, algunos con los brazos cruzados. Otros nos grababan o tomaban fotos con el celular.

Pero otros se integraron a la marcha. Otros levantaban los brazos o aplaudían. Hubo un momento, al lado de la parada de bus, cuando el bloque comenzó a gritar “¡Pueblo que escucha, únete a la lucha!”, en el que vi a una mujer, que llevaba a un niño de la mano y que esperaba el bus, gritar la consigna. En ese momento alcé mi voz y me uní completamente al bloque. Me sentí parte de él. A partir de ese momento no sentí pena de acompañar con mi voz las protestas que se expresaron a lo largo del camino.

—Pensé en vos cuando íbamos por ahí. ¿Te recordás cuando me llevabas a ver la procesión y me decías que tenía que lustrar bien mis zapatos?

El abuelo sonrió con verdadero candor.

Luego se vino la lluvia. Pero en ningún momento pensé en irme. Nadie lo hizo en realidad. Cuando el aguacero era más fuerte permanecimos juntos.
La verdad quería mojarme. Sentía felicidad de empaparme junto a mis amigos, a quienes veía de lejos, y todos los estudiantes. Es raro, ¿no creés? Usualmente me daría miedo andar por ahí. Pero ahí íbamos apretujados bajo la lluvia, saltando charcos. ¡Nah!, no eran charcos, eran ríos y nos cubrían hasta los tobillos. ¡Tragantes pizados!

El abuelo soltó una carcajada y yo lo seguí. Parecía que quería escuchar más.

Cuando nos juntamos con la estatal todos gritamos ¡Bienvenidos! Y nos fuimos caminando juntos.
Las pancartas se deshicieron pero ahí íbamos.
La gente salía de los negocios y nos miraba. Algunos aplaudían. Otros a saber qué pensarían.

Al final llegamos a la plaza central.

Desde donde iba no podía ver cuánta gente había concentrada, así que me separé del grupo y traté de llegar lo más cerca que pude al portón del palacio.

No había descanso para los oídos. Toda la gente hablaba, gritaba, soplaba gorgoritos o le pegaban a sartenes. Todos querían expresar algo.
A las cuatro se cantó el himno. Ahí me di cuenta que éramos una multitud. Y luego los globos que soltaron volaron lejos.

No me percaté en qué momento Lita había llegado a mi lado. Traía un álbum azul, desgastado, que decía sobre el forro “Tipografía Nacional”.

—Mirá ésta foto —me dijo.

Era pequeña y en blanco y negro. Se veía al abuelo de unos veinte años junto a otro muchacho quien sostenía una pancarta de un sindicato. El abuelo sostenía con la mano izquierda un cigarrillo y la derecha la tenía puesta sobre el hombro de ese muchacho escuálido.

—¡Ésta nunca la había visto! —le dije.

—Es para un primero de mayo —dijo Lita.

—A él le decíamos el sapo Conde —dijo el abuelo con la voz quebrada. Los labios le temblaban.

Permanecí en silencio viéndola. La lluvia había cesado.

—¡Qué bueno que fuiste! —dijo Lita rompiendo el silencio—. ¡Pero siempre tené cuidado si papaíto!

—Sí Lita —respondí.

Quise decirle algo al abuelo pero a la cabeza sólo se me venía la imagen de mis pies entre el río de agua sucia. La risa de los que iban caminando a mi lado. Sus pies avanzando entre el agua.

El abuelo se levantó, tomó el álbum y la fotografía. Me revolvió el cabello con la mano.

Pensé en los globos que soltaron.
Volaron tan alto…

Fin.

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