Por: Paula Valentina Camas Monzón y Gabriela Paola Urias Rivas

Abrimos TikTok o Instagram y en menos de diez segundos, el algoritmo ya decidió qué deberíamos usar, cómo vernos o incluso cómo actuar y pensar. Primero aparece una chica “clean girl” y su maquillaje perfecto; luego otra diciendo que el estilo “coquette” es la forma más linda de verse femenina, y después llega el “old money” prometiendo elegancia y estatus. Sin darnos cuenta, pasamos de ver videos por diversión a sentir que necesitamos vernos de cierta manera para sentirnos aceptados frente a la sociedad.

Elegir cómo nos vestimos diariamente debería de ser una decisión propia y libre. Realmente no es así, puesto que vestirse es una acción social la cual ocurre dentro de un contexto de relaciones, expectativas y normas que la sociedad impone. Muchas veces elegimos qué usar pensando en cómo los demás nos percibirán o aceptarán. Cuando nosotros decidimos seguir alguna tendencia de internet, no solo estamos eligiendo un outfit o apariencia, sino que estamos respondiendo a lo que la sociedad considera aceptable, bonito o favorable.

Estamos buscando aprobación y ser vistos de cierta forma para entrar a distintos grupos, evitando que seamos juzgados por nuestra verdadera forma de expresarnos a través de la vestimenta. Creemos que todo esto es natural, pero en realidad detrás de cada estilo hay ideas y estereotipos sobre lo que un individuo transmite según cómo se ve.

Cuando compramos ropa o productos, no lo hacemos de manera consciente, simplemente pensamos en la tendencia del momento. Cuando esa moda pasa, recurrimos a la búsqueda y compra de más elementos que nos permitan seguir encajando o que nos haga sentir actualizados, cuando realmente no es lo que necesitamos. A esto se le conoce como consumismo y aunque parezca algo normal, poco a poco terminamos perjudicándonos a nosotros mismos. En el momento en que decidimos seguir alguna moda efímera, entramos en un ciclo constante de consumo en el que siempre tenemos la sensación de que necesitamos algo nuevo.

Otro factor que se hace notar es la desigualdad social. El mantenerse pendiente a los estilos de internet requiere de recursos económicos que no todas las personas poseen. La sociedad considera que la belleza o lo adecuado se mide por la capacidad que tiene un individuo para comprar lo nuevo.

Por eso, la división entre los que pueden pagar para obtener los elementos que tienen esas modas que se convierten en identidad y los que no pueden hacerlo se hace más profunda a lo largo del tiempo. La moda se convierte en estatus social y una herramienta para la distribución de poder, en donde las empresas y los algoritmos son los que ponen los términos y condiciones y no las personas.

Queremos sentirnos originales y diferentes, pero al adaptarnos a los mismos patrones que las tendencias nos imponen, terminamos pareciéndonos unos a otros. Las redes sociales nos llevan a encajar en ciertas estéticas para obtener la validación de los demás. Poco a poco, las personas dejan de expresar lo que realmente son para convertirse en una versión totalmente diseñada para el agrado del resto. Ahora este poder no solo se ejerce por medio de normas explícitas, sino también mediante la presión constante de alcanzar una imagen de perfección que simplemente no existe, haciéndonos sentir insuficientes y en la necesidad de intentar, todo el tiempo, encontrar esa imagen inexistente.

Para entender mejor este tema, tenemos el testimonio de Camila. Ella nos cuenta que durante toda su adolescencia intentó seguir todas las tendencias que veía en redes sociales y en su entorno. Camila, una universitaria risueña de 19 años que se mudó a Estados Unidos a los 11 años, vivió de cerca cómo la presión social puede influir en la identidad de una persona.

Cuenta que, cuando salía con sus amigas, quería verse igual que ellas porque sentía que imponían cierto estatus y al final, ella solo quería sentirse aceptada dentro de ese grupo. Primero intentó tener un estilo “aesthetic”, pero como a sus amigas no les gustaba, decidió cambiar completamente y empezar a vestirse “coquette”, finalmente sintiéndose aceptada en esa comunidad.

Con el tiempo, Camila dejó de recibir la misma aprobación en redes sociales por la falta de likes, y eso la hizo darse cuenta de que estaba perdiendo demasiado tiempo intentando seguir tendencias, en vez de descubrir qué estilo realmente la hacía sentir cómoda consigo misma. Fue un proceso lento y muy doloroso, porque desconectarse de esa búsqueda constante de validación no ocurre de un día para otro, especialmente cuando las redes sociales están diseñadas precisamente para mantenerte dentro de ese ciclo.

Ella dice que intentar cumplir con los estándares de belleza es una pérdida de tiempo, porque la sociedad nunca está conforme y siempre espera algo nuevo para sentirse único y diferente. Pero al final, eso solo demuestra que todos terminan intentando verse iguales y dejando a un lado su propia originalidad.


Lo que vivió Camila no fue simplemente un problema de inseguridad personal. Mills llamaría a esto exactamente eso: confundir un problema público con un asunto privado. Cuando millones de jóvenes y adolescentes sienten la misma angustia de no encajar, ya no estamos hablando de algo individual, sino de una presión que el sistema ejerce deliberadamente. Las empresas necesitan que te sientas insuficiente para que sigas comprando, y los algoritmos están diseñados para alimentar exactamente esa insatisfacción. Lo que Camila vivió como una crisis personal es, en realidad, el funcionamiento normal de una estructura social y económica que se beneficia de ella.

Más allá de dejar de ver las redes sociales o de ignorar las modas, debemos de entender que lo que queremos está moldeado por fuerzas tanto sociales como económicas mucho más complejas. Las empresas que crean sistemas de tendencias, fabricados con el único objetivo de generar ganancias, nos ven únicamente como consumidores. Esto nos hace preguntarnos: ¿qué tanto nuestro estilo realmente muestra quiénes somos y qué tanto es solo un reflejo de lo que la sociedad nos hace seguir? Tal vez la originalidad de hoy en día no sea únicamente una cuestión estética, sino un acto de reconocer estas fuerzas para ver más allá de ellas.

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