Isabella Lara
¿Me creerías si te cuento que, como mujeres, la sociedad nos enseña cómo debemos suicidarnos? Hay una forma trágica en la que las mujeres vivimos, se nos enseña que nuestro valor depende de la capacidad que tenemos de complacer y desaparecer de la vida de los demás, a ser el hogar de todos menos el nuestro. Y todo esto no acaba en el diario vivir, las etiquetas y prejuicios lograr trascender hasta en momentos difíciles donde el “no molestar y “cuidar a los demás” importa más que el dolor propio. Las mujeres somos expertas en sostener a los demás mientras nos derrumbamos en silencio. Gracias a la IASP sabemos que no es un secreto que al año mueren alrededor de 700,000 personas por suicidio, siendo la mayoría hombres, pero la pregunta está en ¿por qué si mueren más hombres hay más intentos de suicidio por parte de mujeres?. Podemos darnos cuenta que la mayoría de mujeres que han muerto por suicidio han tenido intentos de consumarlo al menos una vez antes.
Esto nos ayuda a entender cómo las mujeres que buscan esta lamentable salida usan métodos muy diferentes a los hombres, quienes optan por métodos aún más “violentos” con mayor eficacia y rapidez como el uso de armas de fuego, ahorcamiento y asfixia. A los hombres se les permite ser violentos e impulsivos, a las mujeres se les enseña a sufrir de forma lenta y silenciosa. Mientras que la mujeres como grupo han intentado suicidarse con más frecuencia que consumirlo, usando métodos con los que aún se puede sobrevivir como la sobredosis de medicamentos y fármacos y la exsanguinación.
Esto refleja que la mayoría de las mujeres han crecido con prejuicios y estigmas donde no se es solo mujer, sino “hija de, madre de, esposa de”, donde, al momento de tomar cada decisión, no solo se considera el dolor propio, sino el ajeno y el impacto que tendrá su ausencia en el entorno que ayuda a sostener o sostiene. A las mujeres se nos enseña a tener un cuerpo que no incomode, a ser agradables, limpias y a no disrrumpir. Es muy interesante cómo la sociedad nos enseña a que nuestro cuerpo y bienestar no nos pertenecen solo a nosotras sino a los demás. Eso hace que el método elegido sea “menos violento” o menos difícil de encontrar, cuidando de que la escena no traumatice tanto a quien encuentre el cuerpo, o para dar una ventana de escape de la cual puedan ser salvadas. Por eso es importante enfatizar que, incluso en el momento de mayor carga emocional, la mujer sigue ejerciendo como cuidadora. Elige una sobredosis o métodos menos “agresivos e impactantes” para ahorrarles a los demás el dolor de la violencia física. Este es el dilema de cómo una mujer que sufre pide permiso o intenta no estorbar, consiguiendo con esto no desaparecer del todo.
