Sergio Cabrales
¿Puede una generación estar simultáneamente satisfecha y desencantada con la democracia? En Guatemala esta es la postura paradójica de su juventud. Según datos recientes del Latinobarómetro, los jóvenes guatemaltecos de 15 a 25 años son quienes muestran mayor satisfacción con la democracia actual (cerca del 33% muestra satisfacción, la tasa más alta entre todos los grupos de edad), pero, simultáneamente, un tercio de los jóvenes reporta el mayor escepticismo hacia la democracia como sistema de gobierno.
El resultado no es necesariamente contradictorio ni refleja una crisis por la que alarmarse. Obedece a una dinámica poco explorada de la juventud guatemalteca y a un potencial significativo para la transformación política del país. Los jóvenes guatemaltecos de hoy evalúanla calidad democrática por sus resultados, no únicamente desde una perspectiva ideológica.
La juventud guatemalteca no cree que la democracia sea inherentemente superior, pero se muestra alentada por avances democráticos recientes, como lo han sido las expectativas de un gobierno más receptivo a las demandas de la población y con un mayor espíritu democrático. Se trata de una postura pragmática con esperanza en resultados específicos. Esperan a que la democracia funcione en la práctica, no en la teoría.
Esto se ha evidenciado con claridad en episodios recientes de la vida política del país, como en 2023, cuando la democracia mostró su potencial sorpresivo y la juventud participó activamente en su defensa. La participación juvenil fue decisiva para la apertura de nuevas oportunidades políticas de transformación, que hoy día también están en desarrollo, aunque no con el ímpetu que los jóvenes esperarían. Ese involucramiento no fue un fervor ideológico. Fue más bien el actuar de una generación que exigió que la democracia, aun con sus problemas, alcanzara su pleno potencial y cumpliera sus promesas. Este accionar, lejos de ser inédito en 2023, ya se había evidenciado con otro grupo de jóvenes que se organizó ante escenarios de corrupción en 2015. Con seguridad, este patrón juvenil, reflejado en la encuesta, seguirá vigente y activo en la vida política del país.
Por tanto, el escepticismo juvenil hacia la democracia, más allá de ser un problema, es un mecanismo poderoso de control de calidad y es evidencia de su espíritu crítico y activo. Las generaciones de jóvenes guatemaltecos se cuestionan si la democracia es realmente el mejor sistema, pero, más que un riesgo en el camino democrático, demuestra la voluntad juvenil de luchar para que funcione de manera efectiva. Su escepticismo envía un mensaje claro a la clase política de ayer y de hoy, pues el apoyo a la democracia y a los gobiernos debe ganarse con resultados, no solo con discursos.
Si los gobiernos logran avances tangibles en la lucha contra la corrupción, la violencia y desarrollan oportunidades económicas e institucionalidad decente, los jóvenes confirmarán su satisfacción democrática y transformarán su escepticismo en una convicción prodemocrática más sólida. Pero si los gobiernos fracasaran en satisfacer estas expectativas juveniles, los costos serían altísimos. La juventud podría apoyar, con su ímpetu característico, alternativas autoritarias que prometen soluciones rápidas, como ya se vislumbra en algunos y, sobre todo, en redes sociales.
La elección de 2027 será reveladora en este sentido. El futuro democrático de Guatemala depende de responder, desde ya, con resultados a las expectativas juveniles. La juventudguatemalteca observa, evalúa y participa de manera escéptica, pero siempre comprometida.
