By Brújula
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José Alberto Barrera / Opinión /

Los desastres medio ambientales en el país no son noticia nueva. De hecho, desde la década de los treinta los peteneros han tenido problema con la crecida del volumen del lago Petén Itzá.

Sin embargo, no cabe duda que ahora los desastres medio ambientales están matizados por la directa relación que mantienen con algún grupo de personas que de ellos se sirven. Por ejemplo, el enorme daño en el subsuelo que causa una pequeña depresión pluvial es por la realidad de cientos de personas que, por no contar con un espacio adecuado, instalan su vivienda en los barrancos de las zonas urbanas. Esto, a su vez, por la comodidad que representa vivir relativamente cerca de los centros de trabajo. Otro ejemplo claro de lo delicado que se puede volver un tema ambiental es la realidad de las personas que viven del relleno sanitario de la zona 3.

La contaminación que existe en el aire es fácilmente perceptible a unos cuantos metros de distancia.

El olor es sumamente desagradable y sus implicaciones en la salud respiratoria de quienes viven cerca del lugar es indubitable. Por más que deseemos un ambiente más ecológico y amigable, no podemos dejar a un lado que hay personas y familias enteras que, involuntariamente, son parte del fenómeno.

Últimamente el tema del ecocidio en el Río La Pasión, Sayaxché, Petén, ha sido parte de la agenda setting de los medios de comunicación y, por lo tanto, de las redes sociales y conversaciones en general. Unas cuatro mil quinientas personas trabajan en Repsa, la entidad cuyos vertederos tóxicos desembocan en el río y a la que se le ha responsabilizado por la muerte de las veintitrés especies de peces y otros animales acuáticos. El Presidente de la República, en conferencia de prensa, anunció que en estos días se estará coordinando una mesa interinstitucional que evaluará la viabilidad de –otro– estado de excepción (los estados de excepción facultan al gobierno central a implementar medidas de emergencia ante una situación determinada). Las medidas que el gobierno podría implementar pueden ser tan drásticas como el estado de excepción que decrete.

Sin embargo, existe una medida –aplicable en cualquier estado de excepción– que amenaza a los pobladores y trabajadores del área: la suspensión o limitación de las actividades de Repsa. Es cierto, existe un indignante caos ambiental: cientos de peces mueren cada, el acuífero pierde propiedades naturales de forma irreversible, se degrada la vegetación y el ecosistema. Pero, ¿qué hay de la gente que queda en medio del problema?

Unas veinte mil personas se benefician del trabajo diario en las instalaciones de la empresa. Ese trabajo con el que pueden comer, tomar agua, apoyar la educación y salud de sus hijos, así como su recreación. ¡Veinte mil personas, más o menos la cantidad de gente que estaba en el Palacio Nacional para el #25A!

¿Qué objeto tiene decretar medidas de urgencia para volver a la normalidad? Eso significaría, regresar a esa relación de dependencia del caos ambiental.

El famoso sistema del que muchos hablan y muchos otros están en contra depende de la cotidianidad de cada persona. Nos encontramos en un punto de decisión con relación al destino del Río La Pasión: se regresa a la normalidad o se implementan nuevas técnicas de manejo de desechos. Además, las peticiones ciudadanas, en conjunto con otros agentes decisivos, han sido protagonistas de las noticias y la presión legítima hacia el correcto manejo de recursos públicos.

¡No perdamos la esperanza en ser responsables de nuestro destino, informémonos y construyamos un criterio! Eso sí, ante el bombardeo informativo de las últimas semanas, detengámonos y opinemos tomando en cuenta los diferentes factores que puede presentar cada situación.

Recomendación final: Man in the city de Lucky Dube. Es una canción nostálgica que habla sobre lo que alguna vez hubo donde ahora vivimos… fuera de los desagües irresponsables, rellenos sanitarios, barrios en barrancos y basura en los ríos. Un ambiente que por sí solo se puede mantener y nos puede mantener.

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