Editorial-2013

Acababa de nacer cuando me la presentaron. Era una pequeña niña con ojos grandes.  Su mirada, aunque denotaba fragilidad, también irradiaba luz, ganas de crecer,  conocer mucha gente,  florecer.

Hay pasiones que se heredan y probablemente por ello, esta niña nació inquieta.  El pequeño cuarto de la casa que la vio nacer estaba repleta de otros niños y personas curiosas, que hasta el día de hoy se mantienen en un permanente estado de inconformidad, por lo cual seguramente la pequeña creció así, alborotada.

Si eso de las misiones en la Tierra verdaderamente existe, la de ella seguramente es ser un puente para que otros hablen a través de ella.  Como desde pequeña descubrió su potencial para gritar en tono fuerte y seguro, nunca temió acercarse a la gente, platicar con ellas y descubrir qué historias tienen las personas por contar.  Porque eso sí, detrás de cada historia existen infinidad de alegrías, sueños y temores que la motivaron.

Y es así como esta pequeña niña crece, convencida que todas esas historias que llegan a sus oídos valen la pena y deben ser escuchadas por otros, especialmente la de esas personas que el mundo denomina “jóvenes”.  Esos que sin ser niños como ella, tampoco son aquellos adultos con miradas desesperanzadas con los que se ha topado. Aquellos que observan, se indignan, hablan y protestan, pero que guardan aún un fuerte pedazo de esperanza.

Ella descubre que son los jóvenes quienes tienen las mejores historias.

La pequeña decide empezar a escuchar historias para luego contarlas, sentada en el jardín de la casa.  Sin embargo, pronto descubre que la vida es mejor mientras más se comparte, se conversa, se discrepa.  Que más que escuchar lo que se necesita es hablar, y hablar con otros, con aquellos diferentes a mi.  Por  eso un día cualquiera decide ponerse de pie, salir del jardín de la casa y conocer otros lugares y rincones del país.

Y conoce. Y le gusta.  Encuentra fascinante las diferentes formas que existen para contar una historia. Ya no son únicamente las palabras.  Las personas viven, respiran e interactúan multisensorialmente, y por ello, así también se expresan.  Con sonidos, imágenes, encuentros cara a cara y dibujos también es posible dar a conocer una buena idea. Ella lo sabe.

Muchos no lo podrán ver, pero además de ser el puente a través del cual otros pueden hablar, expresarse, gritar; ella también es el puente que en cualquier momento se quiebra y tira a todos al agua, de forma intencional.  Porque esta pequeña niña sabe que hay muchos jóvenes que pasan buenos ratos en los jardines y puentes de la ciudad, pero hacen caso omiso al agua y las piedras que corren al lado de estos.

Y ella no desea que ellos, los contadores de historias, se mantengan con una venda en los ojos sobre su realidad y la realidad de otros, especialmente la de los más desfavorecidos.  Por ello y con esa intención, de vez en vez, la niña también habla, cuenta sus propias historias y tira al resto de jóvenes al agua del río, allí donde siempre existe algo que que se mueve, fluye, que también tienen cosas por decir.

Hoy la niña tiene tres años.

Quienes la hemos visto crecer, no podemos dejar de sentir emociones encontradas al verla ahora tan grande, autónoma e independiente.  Es fuerte, cambiante y desafiante. Quiere seguir creciendo, contando historias y conversando junto a otros.  Porque a pesar de su corta edad, descubrió que es estando con otros que ella misma se construye, se fortalece, se proyecta a futuro.

Su nombre es Brújula y es la curiosa e inquieta niña de nuestros jardines.

El editorial más íntimo, literario y metafórico que hemos escrito hasta el momento. Y por ello lo suscribo.

 Liza Noriega

Editora

 

Fotografía: upload.wikimedia.org

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