By Auxiliares de Investigación
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Por: André Muñiz

Estimado lector, permítame comenzar diciéndole que esta columna no pretende generar un gran debate ni una discusión a nivel nacional sobre temas de país; columnas de ese tipo abundan y existe una gran variedad de autores sobre esos temas y para cada gusto. Más bien, piense en las letras que está a punto de leer (si fuera tan gentil con su tiempo) como una pequeña reflexión navideña, cuyo objetivo es regalarle algo de ánimo para el año que se nos aproxima.

Sin ánimo de hacerle esperar por la pintura a la que he hecho alusión en el título de esta columna, he aquí.

Fotografía: Amazon.com.uk

La pintura que aprecia se titula The Song of the Lark (La Canción de la Alondra), por Jules Adolphe Breton y retrata a una joven campesina trabajando en un campo al amanecer; fue finalizada en 1884. Ahora usted debe estarse preguntando “¿y qué tiene que ver esta pintura con el famoso actor Bill Murray?” (Estrella de memorables películas como Los Cazafantasmas y Día de la Marmota). Bien, pues como adelanté ya en el título, esta pintura salvó la vida de un joven y depresivo Bill Murray.

La historia, narrada por el propio Murray, es que después de arruinar su primera experiencia en un escenario en la ciudad de Chicago y con pensamientos suicidas debido a su fracaso, el ahora consagrado actor, se dirigió al lago Michigan y pensó para sus adentros “Si voy a morir, a lo mejor voy al lago y floto un rato”.

Sin embargo, antes de llegar al lago, Murray llegó al Instituto de Arte de Chicago y allí vio La Canción de la Alondra. El actor remarcó en una entrevista que pensó:

“Bueno, hay una chica que no tiene muchas perspectivas, pero el sol está saliendo de todos modos y tiene otra oportunidad. Así que creo que eso me dio la sensación de que yo también soy una persona y tengo otra oportunidad cada día que sale el sol.”

Las palabras del actor parecen redundantes y poco más que un cliché, pero la realidad es que la combinación de ellas junto a la pintura misma, presenta la oportunidad perfecta para replantearse la vida cuando se pasan momentos difíciles.

Como manifesté al principio de esta columna, mi intención es regalarle una reflexión y, por supuesto, no es ningún secreto que muchos hemos sentido e inclusive pensado cosas similares a lo que sintió Bill Murray en la historia recién contada.

La cruda realidad a la que hemos tenido que acostumbrarnos en 2020, como consecuencia de la pandemia desatada por el COVID-19,  ha demostrado ser creadora de drama humano por doquier y ha afectado visiblemente el ánimo y la salud mental de todos, de una forma u otra, sea que lo reconozcamos abiertamente o no. La enfermedad, el desempleo, la quiebra y sobre todo la muerte, han sido los protagonistas del trágico año 2020, no hay duda al respecto.

Tomando en cuenta lo anterior, quisiera invitarle si me lo permite, a reflexionar de la misma forma en que lo hizo el gran actor, protagonista de la historia aquí expuesta. Le insto a recordar en estas fechas de cierre de año, que al igual que un joven Bill Murray en la ciudad de Chicago, todos hemos visto la desolación fijamente a los ojos a lo largo de este año, pero a pesar de esto, quienes tenemos la suerte de poder despertarnos cada mañana, aún contamos con un sol que sale y se pone para todos por igual.

Sin importar el drama que haya atravesado este año querido lector, sea grande o pequeño, le pido que al finalizar esta lectura suba nuevamente al principio de la página y, al igual que el icónico Bill Murray, aprecie el mensaje visual que nos obsequia La Canción de la Alondra.

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