By Martín Berganza
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Martín Berganza / Opinión /

[quote]“¡Qué aseveración tan fea! ¿Por qué sos tan “hater?” ¿No ves que hemos cambiado, que Guatemala ya cambió? ¿Acaso sos ciego y no ves que ya no tenemos miedo?”[/quote]

No, no lo veo. Las manifestaciones de los últimos cinco meses, que tuvieron como efecto la renuncia de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti, ayudados con la mano de la Embajada de Estados Unidos, con el empujón, a último minuto, por parte del sector empresarial organizado y por la puñalada que le dio su propia bancada al Presidente, no mostraron que la sociedad guatemalteca, en general, haya cambiado en sus actitudes políticas.

En primer lugar, examinemos el argumento del rechazo al sistema por ilegítimo. Según esta línea de pensamiento, existe en el imaginario colectivo un rechazo amplio hacia el sistema político y, por lo tanto, las personas rechazarían la perpetuación del sistema y buscaría un cambio sustancial fuera de la política tradicional. Los datos del Tribunal Supremo Electoral desvirtúan el argumento, siendo las elecciones generales de 2015 las que presentaron el menor índice de abstencionismo en la era democrática (un 71% del padrón electoral votó). De existir esa percepción generalizada, puede argüirse que las personas no habrían ido a votar.  Y sobre la búsqueda de la política por medios no tradicionales, existen varios colectivos campesinos y urbanos que, efectivamente, buscan el cambio del sistema político. El problema es que difícilmente son representativos del ciudadano común, ni existe una estrategia de comunicación que permita que su mensaje de cambio llegue a las masas y los convenza de establecer una línea de acción que permita esa abstracción que conocemos como “el cambio”.

“¡Pero si las personas no entienden que están votando en un sistema ilegítimo! ¡No podés esperar que las personas con un bajo índice de escolaridad comprendan que, mediante las elecciones, legitiman un sistema ilegítimo!” Además de paternalista, este prejuicio no se ve reflejado en la literatura existente acerca de la tendencia de voto en elecciones municipales. Difícilmente se puede medir la percepción de las personas acerca del sistema si no hacen un estudio cuantitativo que mida dicha percepción. Podría hacerse por medio de grupos focales; pero lo cierto es que no puede afirmarse que las personas no entienden que legitiman el sistema sin antes saber: a) qué entienden por el sistema; y b) si lo consideran legítimo.

[quote]“Ala, ¡pero si en la Plaza se manifestaron quienes buscan un cambio! ¡Nosotros hemos creado ese cambio!”.[/quote]

¿Cuál cambio, y en dónde? ¿Me lo enseñan? Lo que ha cambiado, quizás, es que la clase media no estigmatiza las manifestaciones… pero esto está por verse. No hemos presenciado una marcha campesina masiva que pruebe la tolerancia de la clase media por las causas sociales. No hemos visto otras marchas o manifestaciones, si nos basamos en la premisa de que salíamos sólo por la gracia de salir. No, lo que se demostró es que existen causas que son más importantes que otras, para la clase media. La corrupción, en este caso, se liga a un tema fiscal.  Los integrantes de La Línea defraudaban al sistema aduanero; a cualquier persona o comerciante que se lo ha llevado el río tratando de sacar sus bienes de las aduanas se indignaría al enterarse que existe una estructura paralela dedicada a desfalcar al fisco. Esto creó una causa común entre progresistas y una clase media conservadora. Más allá de eso, no existe una causa común.

“¿Y entonces qué? ¿Salimos por nada? ¿Qué proponés, pues? ¡Hater cerote!” Bueno pues, calma. Como dije, sabemos que hay causas por la que la clase media urbana saldría a manifestar. Es importante que se logre enfocar el discurso de la plaza en acciones políticas concretas mediante mecanismos institucionales. Esto quiere decir que tienen que usar el sistema en contra de él. ¿Cómo puede hacerse esto? En primer lugar, existen mecanismos institucionales como las garantías constitucionales. Por ejemplo, en los abogados Alexander Aizenstatd, Álvaro Castellanos y Fernando José Quezada Toruño, presentaron una inconstitucionalidad en contra del artículo 50 de la Ley Orgánica del Organismo Legislativo, para buscar prevenir el transfuguismo legislativo. De prosperar esta iniciativa, se anularía el fundamento legal que permite a los legisladores cambiar de bloque, valiéndose del argumento que ello constituye un fraude al elector (lo cual, efectivamente, es cierto).

El punto de lo anterior es que existen mecanismos institucionales para promover los cambios que se pretenden. Puede, incluso, formarse un partido político, que sería el método idóneo para traer las ideas y la responsabilidad de fiscalizar a la primera línea de la política. ¿Pero será que la gente se da cuenta de ello? ¿Dejarán de buscar excusas para no involucrarse en la política dentro del sistema? Está por verse.

Pero si no se canaliza la indignación de los últimos meses en un vehículo institucional capaz de lograr esos cambios, la Plaza seguirá siendo un mito.

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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    Eduardo / 09/10/2015 at 11:27 /Responder

    Estoy de acuerdo con tu punto de vista pero también pienso que sí viviéramos al pendiente de que hace el Estado o llenando la plaza todo el tiempo nadie sería productivo, nadie tendría vida aparte de eso, es increíble que los ciudadanos tengamos que ver a diario que hacen las autoridades, el Gobierno debería ser autosuficiente y no un gran bebé inútil.

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