Gaby-Maldonado-Febrero

Gabriela Maldonado / Opinión /

Llego a la casa de mis papás y mi hermana está viendo televisión en la sala. Después de buscar algo de comida en la cocina, regreso a sentarme junto a ella. La película está comenzando y se trata sobre un grupo de personas que batallan con su adicción al sexo. La historia se desarrolla en Manhattan, el área de Nueva York con más habitantes y varios rascacielos.

Nunca he estado en esa ciudad pero como viví en el sur de Estados Unidos por casi una década creo entender las dinámicas culturales. Sin embargo, me siento perdida cuando la trama se enfoca en el desarrollo de la relación entre los protagonistas: un hombre blanco, esbelto, de pelo oscuro con algunas canas, y una mujer igualmente esbelta, blanca y pelo canche. Siento como si mi realidad se chocara con la de ellos: ¿Quiénes son estas personas?- me pregunto. ¿Dónde están esas calles y esos edificios? Su realidad me parece tan ajena a la mía.

Llevo un año viviendo entre el centro de la ciudad de Guatemala y el centro de Quetzaltenango. Los últimos meses he estado pasando más tiempo en Xela y viajando a las comunidades aledañas. Mi realidad inmediata está en las calles angostas y empedradas del centro de esa ciudad, en la bulla de los mercados, en la tienda de la esquina, las ventas de comida frente al parque central y en las montañas que enmarcan el horizonte. Mi atención se ha concentrado grandemente en el pequeño huerto orgánico que comenzamos con varios jóvenes en el jardín de la casa en la que vivo. Las personas que habitan mi realidad son en su mayoría jóvenes, hombres y mujeres, de piel morena y pelo oscuro.

¿Será que nosotros existimos en la realidad de las personas en Manhattan?

Mi hermana, recostada cómodamente en el sillón en la sala de la casa de mis papás, en algún lugar de carretera a El Salvador, me cuenta que mi abuela casi llora el otro día después de haber platicado conmigo por teléfono sobre mi vida en Xela. “¡Dice que va a ir a comer al mercado!” – les comentó horrorizada a mi mamá y mi hermana.

No me cuesta imaginarme el porqué de su reacción. En la realidad de mi abuela, quien vive a unas casas de mi papás, los mercados son lugares de pobreza y suciedad. Esa realidad es posiblemente más afín con la de rascacielos en Manhattan que con huertos orgánicos en Xela. Las historias que ella escucha, fuera de la televisión, son de mi tío y su familia que viven en Suiza, mi otro tío en California, y mis primos asistiendo a prestigiosas universidades extranjeras. De ahí estoy yo, que aunque tengo un título de una universidad gringa, almuerzo en el mercado.

“¿Qué va comer, seño? Tenemos carne asada, pollo asado, caldo de res, caldo de pollo, enchiladas, chiles rellenos, tacos, dobladas…” Esa es mi realidad, la que yo he escogido. De hecho, es la realidad que miles de guatemaltecos viven, no siempre por elección sino porque eso les ha dado la vida. No niego la capacidad de las personas de soñar, decidir y actuar, pero tampoco me voy al otro extremo y niego que el lugar y la clase social en la que nacemos determinan gran parte de nuestras opciones y oportunidades en la vida.

Pienso nuevamente en la historia de las personas blancas en Manhattan. Me doy cuenta que aunque nací en Guatemala, crecí rodeada de la realidad de personas ajenas a mi entorno inmediato. Cuando a los 19 años me fui a estudiar a Estados Unidos, me sentía segura de poder desenvolverme en ese espacio social porque había crecido rodada de sus elementos culturales: idioma, música, películas, ropa, comida y hasta tuve varios amigos gringos creciendo en la ciudad de Guatemala.

Comer en el mercado y usar transporte público es algo que he aprendido a hacer mucho más recientemente.

En los lugares en los que más extranjera me he sentido han sido comunidades en áreas rurales del país. Ahí no conozco el idioma, ni visto la misma ropa, no conozco la cultura y a veces no tengo amigos en esos lugares.

Después de terminar de ver la película con mi hermana me levanté de la sala y me fui para mi cuarto. Sentía dentro de mí un tipo de molestia y confunsión. Ver tanta opulencia, tanta blancura, tanta limpieza, me causaba molestía.

Toda la vida he consumido imágenes sobre lugares que niegan o ignoran la realidad que me envuelve en Guatemala y ya no quiero llenar mi cabeza de la realidad de personas ficticias en lugares distantes, sin antes conocer de lleno la realidad de las personas que viven en los lugares que ahora habito. Mi visión de Guatemala se ensancha pero también se profundiza. Mi experiencia como persona femenina, hispano hablante, de piel morena clara, pelo colocho y de familia clasemediera se vuelve marginal… ahora abro mis oídos para escuchar a quienes la televisión no ha dejado hablar…

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