Sebastian Alexis López Valencia
Imagine a un joven coordinando una protesta desde su teléfono mientras el gobierno que lo reprime acaba de bloquear sus redes sociales. No es una distopía: es el presente. Y la generación que la protagoniza está cambiando, de raíz, cómo el mundo se rebela.
Durante siglos, las rebeliones necesitaban una persona como máxima referencia. Alguien que concentrara en su figura, la energía del movimiento. Pero la generación Z, ha comenzado a cambiar esto, ya que muchos movimientos impulsados por la generación Z, no tienen un líder visible. Crecieron con la red, como algo natural, globalmente conectados, que los expusieron con ideas sobre libre expresión dentro de la red, y más importantes ideas democráticas.
Nepal es un ejemplo de ello. Según la BBC, el Estado bloqueo 26 redes sociales amparándose en sus leyes y los jóvenes respondieron con una certeza simple: que una norma autorice algo no lo hace legítimo. Las protestas fueron masivas; en los enfrentamientos, según RTEV, hubo 72 muertos durante la protesta, lo que acabó con la renuncia del primer ministro y el establecimiento de un gobierno interino a favor de los jóvenes, escogido a través de la red social de Discord.
Myanmar va más lejos. Cuando la junta militar derrocó en 2021 al gobierno democrático, muchos estudiantes se vieron forzados a tomar armas. Estudiantes de ingeniería comenzaron a fabricar armas artesanales. Mientras que los de medicina instalaron hospitales en cuevas y selva para atender a los heridos. Muchos de ellos, en cuestión de semanas, pasaron de ser estudiantes a ser parte de un frente armado contra la junta militar. No porque alguien se los ordenara, sino porque la causa les pertenecía a todos por igual.
Una generación formada para construir su propio futuro y, cuando fue necesario, para luchar por él.
Desde las protestas en Bangladesh hasta el movimiento estudiantil en Kenia, ambos en 2024. Lo que estamos presenciando es un cambio en la construcción del poder desde abajo. Sin heredarlo, sin que una institución lo otorgue, sin que una figura lo concentre. La represión digital ya no silencia, termina avivando aún más el descontento social. Y los gobiernos que no lo entiendan seguirán encontrando lo mismo: jóvenes que saben organizarse antes de que ellos se lo esperen.
Guatemala no es totalmente ajena a estos eventos. En 2023 fueron precisamente los jóvenes universitarios, con las comunidades indígenas, quienes encabezaron las protestas que defendieron la transición democrática. La pregunta no es si la Generación Z guatemalteca tiene esa capacidad. Ya la demostró.
La pregunta real es otra: si el momento volviera a exigirlo, ¿qué tan lejos estaría dispuesto a llegar el gobierno para contenerlos? ¿Y cómo reaccionarían las nuevas generaciones? ¿Qué tan lejos serían capaces de llegar en favor de defender los valores democráticos?
