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MIENTRAS me encontraba recostado en la balaustrada de la terraza, viendo como el inmenso mar que reflejante del sol atizaba las cenicientas sales de la playa, pensé en los sucesos de aquel día. ¿No es filosofía esto que hago, el arte de pensar?

Aspiré mi cigarrillo, y el color de la colilla se encandeció, imitando la luz del sol.

Mi hermano había muerto un día de verano, así como este; durante un atardecer, así como este. Y su cuerpo lo contemplé solemne y en silencio mientras yacía postrado, en el ocaso; así como igualmente contemplo con sigilo este ardiente sol. La última vez que había tocado su mano, estaba rígida y fría; pero aquí en el silencio del atardecer de hoy todo se mueve, todo vive.

  • ¿Vas a bajar a almorzar? – Su voz interrumpió mis pensamientos. – Preparé tu pasta favorita, acompañada por tu vino favorito. Los cubiertos están limpios, como te gusta, y la pimienta es abundante, igualmente como te gusta.
  • Gracias… Sigo pensando en él, aunque han pasado ya catorce años.
  • Podrán haber pasado un año, un lustro, un centenario o un milenio; pero esa es la naturaleza del espíritu mismo: se transforma en sí.
  • Gracias, nuevamente. No me hace bien lucubrar tanto. No ayuda que a veces lo que percibo constantemente me recuerda a mi humanidad. – Aspiré de mi cigarrillo. – Memento mori.
  • Es imposible renunciar a tu derecho humano de asociar unos pensamientos con otros. ¿No es aquello lo que nos hace humanos? Tan natural es del ser humano rumiar así, haciendo conexiones entre aquellas cosas que no existen.

Y era cierto. Había pensado hoy, por ejemplo, en el madero sonido del cello; y en que si el sonido del cello fuera un color, sería el marrón, o el gris o un grisáceo marrón. Surgía en mí como un arte tan natural, tan masculino pero tan incierto. ¿Cómo había logrado pensar en los cellos en ese momento? ¿Y qué tenía que ver el cello con el meridional mar que reflejaba y deformaba el espejismo del sol?

E hice remembranza. Era yo tan pequeño cuando todo aquello había sucedido. Dicen que es mejor ver cómo alguien muere lentamente, cómo la vida se desahucia de sus cuerpos poco a poco, en cada suspiro. Dicen que una muerte lenta ayuda a interiorizar el sentido de la muerte. Nadie habla de la fortaleza que sobre sí se desarrolla al padecer constantemente de algo. Siempre, el sufrimiento, como una gota de agua que cae lenta y paulatinamente sobre la piedra, tiende a quebrarla.

Ya estábamos comiendo, y estábamos los dos desnudos. Yo daba sorbos suaves a mi vino. El vino también sabe a cello, y el cello se escucha a madera, y al atardecer. El sol seguía ígneo, ardiente.

  • Debes aprender a separar tus percepciones del mundo con las verdaderas esencias, Jorge. – Pausó y pensó. Y luego pensó y pausó. Continuó. – Este mundo que tu percibes no es más que una mala representación de las verdaderas esencias de las cosas.
  • ¿Cuál será entonces la verdadera esencia de este sentimiento que ahora percibo como luto?
  • Muchos científicos aseveran, erróneamente, que todas las sensaciones se derivan de meros estímulos psíquicos, meramente físicos. Me compadezco de aquellos que así piensan. El estímulo físico no es suficiente para crear interpretaciones. Las interpretaciones son, simultáneamente, la verdadera esencia de las cosas y a su vez una descomposición de algunos de los signos que la integran.
  • ¿Cómo puedes aseverar tú esa posición?

Me agradaba la mayéutica. Sorbí mi vino, cello, madera, atardecer. Aspiré las cenizas de mi cigarrillo, que aún no se había acabado.

  • Es simple. Tú experimentas el mar cuando entras a las cálidas olas de este mar meridional, escuintleco. Sabes qué es experimentar el mar porque has experimentado qué es estar mojado, y has experimentado estar mojado porque conoces el agua, y conoces el agua porque a su vez conoces todo aquello que no es agua: el ardiente sol, la resignada madera, y el tibio tocar de un cello.

Parecía que estaba leyendo entonces mi mente. “Esa era una experiencia que yo estoy teniendo, y por tanto, percibo, pero no por ese hecho aseveraba su existencia” Quise decir, pero me limité a pensar. Volví a aspirar mi cigarrillo y esta vez me sentía ya mareado y pensé que iba a titubear.

Comenzó a caer el manto de la noche y lo vimos reflejado en las ventanas que de pies a cabeza recubrían la sala de estar. Empezaron tímidamente las estrellas a tiritar.

  • ¿Entonces cómo puedo aseverar que las cosas tengan una esencia a través de mi mera interpretación?
  • Igualmente, simple. – Ella tomó de su vino. – La esencia de las cosas son circunstancias disyuntivas. Cada vez que experimentas lo que es el mar, experimentas a su vez lo que no es el mar. Entonces, las experiencias surten dos clases de efectos distintos: por un lado, ayudan a conocer todo lo que no son, y por otro lado, te muestran las características comunes con todo aquello que es. De esas afirmaciones categóricas puedes estar seguro, y por lo tanto, has descubierto la verdadera esencia de las cosas.

No quise decir nada.

  • El luto que sientes por tu hermano. – Continuó. – Es a su vez la experiencia de lo similar: el dolor, la tristeza, la lejanía, lo lúgubre y lo oscuro. Pero a su vez te enseña todo lo que no es luto; es decir, vida y armonía. Tanto el ser como el no ser del luto son una verdad categóricamente absoluta; y no puedes llegar a experimentar una si no experimentas la otra.

Y tal vez era cierto. Que el sol, la madera, el cello y el vino eran tan distintos pero a la vez eran uno, por el simple hecho que yo los pensé juntos, asociándolos en mi mente. Si algo no tenían en común, pues ahora ya lo tienen: que alguien, en algún lado, los ha asociado, con base en su experiencia subjetiva en el mundo.

Aspiré por última vez mi cigarrillo y al aspirar también aspiré el recuerdo de mi padre; no como un tormento, sino como una señal de tregua.

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