By Brújula
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Andrea Godínez y Laysa Palomo / Brújula/

Violencia (as). Los guatemaltecos no solo viven de la violencia, viven en ella. Durante los primeros 100 días del 2015, de acuerdo al Instituto Nacional de Ciencias Forences (INACIF), un mil 509 personas murieron por causas violentas. Sin embargo, dentro de estos números no se conocen aquellas víctimas de otros tipos de violencias. Las cifras nos presentan a los fallecidos, pero no a aquellos que sobrevivieron a un asalto, no nos presentan cuántos al llegar a casa fueron atacados por su pareja, cuántos han sufrido maltrato estudiantil o cuántos se encuentran al margen de la muerte por no tener acceso a una alimentación básica. Lo complejo en estos casos -que también son violencia- es que la mayoría pasan en el interior de cada hogar o centro de estudios guatemalteco, y donde los contextos varían por detalles como la ubicación residencial o la relación que tengan con los integrantes de su familia o amigos.

La falta o acceso a una educación digna, seguridad ciudadana, acceso a la salud pública, la pobreza o la falta de acceso a alimentos, son los problemas que coexisten en el fondo de nuestra sociedad y que juntos, conforman la violencia estructural. Un tipo de violencia que pasa desapercibida y que en realidad convierte todos estos problemas en causas de la violencia cotidiana.

Actualmente, para los estudios sobre violencia y sus diferentes manifestaciones, existen un sin fin de autores y textos académicos que se han encargado de analizar sociológicamente, estructuralmente y psicológicamente, entre otras, el comportamiento de la violencia, sus causas, víctimas o victimarios, dejando muchas veces a un lado la voz o experiencias de todos los “sujetos investigados” que la viven diariamente. Por ello, era importante y necesario conocer a las víctimas de la violencia de aquellos sectores públicos, privados, rurales y urbanos que conforman Guatemala, para escuchar de la propia voz de las personas de qué manera afrontan la violencia y sus causas, escuchar las experiencias que les ha tocado vivir o si en algún momento, ellos también han respondido de manera violenta ante situaciones puntuales.

En abril de 2015, Brújula publicó la serie “Violencia en el Espejo,” un reportaje en el que se entrevistaron a once jóvenes provenientes de diferentes realidades para conocer la propia experiencia o percepción de la violencia de acuerdo a su contexto y/o rutina. Es importante resaltar las palabras “contexto” y “rutina” porque son dos variables que condicionan casi en su totalidad la forma en que los guatemaltecos perciben la violencia. Y las entrevistas pintan perfectamente este panorama.

Admitámoslo, no es lo mismo ser un joven de 18 años viviendo en algún condominio de  Carretera al Salvador, a ser un joven de 18 años viviendo en la colonia el Gallito de zona 3.

Ni Carlos, ni Herminia, ni Valeria o Wuilder, algunos de los jóvenes que se entrevistaron, identificaron que el hecho que en su barrio existan pandillas, que sufran de acoso en su escuela o el simple hecho que hayan tenido que migrar de sus comunidades para mejorar su calidad de vida, es causa de la falta de una buena administración por parte del Estado para garantizar las condiciones básicas para salir adelante y garantizar una vida digna. Es sencillo, si hiciéramos el mismo ejercicio con otros 100 guatemaltecos preguntándoles con qué actos relacionan la palabra violencia, ¿cuáles creen que serían las respuestas más repetidas? Las respuestas serían probablemente las mismas: asesinatos, robos, asaltos o peleas físicas.  Estos pudieran ser actividades que encabecen la lista de violencia de acuerdo a muchas opiniones, pero quizá muy pocos enlistarían la pobreza o  acceso a la educación como una violencia más a la lista.

Pocos son quienes perciben que en los titulares de todos los días hay casos de violencia: corrupción, evasión de impuestos, niños que han muerto a causa de la desnutrición, pobreza, robo de medicamentos, falta de doctores en los hospitales públicos o la falta de escuelas para recibir clases.  Y esto, porque a muchos no les afectan estas noticias de manera directa, especialmente si se es de clase media viviendo en un condominio privado y/o estudiando en un centro privado. ¿Pero podemos realmente culpar a estas personas por no percibir la violencia descrita? ¿De qué forma, desde sus propios contextos, podrán sentir las necesidades del otro? De nuevo, nuestros contextos condicionan nuestra percepción de la violencia y los problemas del país.

Un Estado que no garantiza necesidades básicas, es un Estado que le ha fallado a sus ciudadanos y que amenaza con la vida de cada uno de ellos, violando el artículo primero de la Constitución Política de la República de Guatemala.  

Los jóvenes que participaron en la serie “Violencia en el Espejo” tenían un discurso en común, todos habían visto o sido víctimas de la violencia delincuencial en algún momento de su vida, por lo que la perciben como algo “natural” sin responsable aparente más que el asaltante, asesino, victimario; pero la violencia que estos jóvenes han experimentado va más allá de la delincuencial.

Tomemos la experiencia de Domingo como ejemplo, un joven al que le tocó migrar a la capital porque en su comunidad no existía la educación adecuada o las fuentes de empleo suficientes.  Él habla sobre su experiencia siendo víctima de discriminación por trabajar como guardia de seguridad privado y lo difícil que ha sido para él estudiar y trabajar por el simple hecho de provenir del interior, pero durante la entrevista no deja ver el hecho que migrar a la capital puede ser un fenómeno o consecuencia de la violencia estructural del país que no le permitió tener las condiciones óptimas de estudio en su lugar de origen. O el caso de Jackeline, quien vive en un barrio de la Ciudad de Guatemala en donde constantemente las pandillas del lugar la acosan para pertenecer a ellas, justificando su comportamiento en la falta de educación y fuentes de empleo que obliga a los jóvenes de su barrio a delinquir. Otro ejemplo puede ser el de Claudia, una joven con orientación sexual diferente, a quien le toca soportar a diario los comentarios despectivos hacia los gustos que ella tiene por parte de terceras personas. Cada joven ha vivido y afrontado la violencia en este país de forma diferente. ¿Qué pueden hacer estos jóvenes para salir de ese ambiente de violencia?

Existen iniciativas para apoyar a las personas que son víctimas de tipo de violencia o efectos de la violencia estructural del país,  pero la mayoría provienen de grupos civiles o privados.  El Estado es la entidad por excelencia quien debe resolver y atender los problemas de aquellas personas en situaciones vulnerables.  ¿Se supone que para eso se destinan nuestros impuestos, no? Es obligación del Estado cumplir su función de mediador entre los distintos grupos y garantizar que se cubran las necesidades básicas de la población para su adecuado desarrollo y vida digna.  Interesante fue descubrir en las entrevistas, que ninguno de los jóvenes visibilizara al Estado como un actor responsable de su desarrollo, y por ende, de las pocas o muchas oportunidades y condiciones de vida óptimas para el desarrollo.

Entonces, ¿cómo sería la situación si todos ellos hubieran crecido en un contexto diferente? ¿Las condiciones de Domingo serían las mismas si le hubiera tocado vivir en un condominio privado en Carretera a El Salvador? ¿Podrán los hijos de otros jóvenes como Herminia, Isabel o Isaías vivir y jugar en un ambiente tranquilo y natural como ellos lo hicieron? El hecho que tengamos que perimetrar las colonias donde vivimos o tener que pagar por la seguridad de nuestros bienes privados ¿nos vuelven cómplices de la violencia que vivimos? Son preguntas que no probablemente no podremos responder.  Pero de algo estamos seguros los guatemaltecos:

Se es pobre,
Me toca migrar,
Soy agresivo,
Se sufre de hambre,
Me falta educación,
Estoy enfermo y no puedo pagar mi tratamiento,

No porque no pueda salir adelante o no quiera hacerlo, somos así porque el sistema y el contexto en el que nos tocó desenvolvernos no nos lo permite. Es momento de cambiar el sistema y las estructuras que han permitido estas fragmentaciones sociales, porque si las cambiamos ahora, Guatemala no estará condenada a continuar reproduciendo las violencias que hoy nos afectan, y ser de la zona 18 o de la zona 13, será más un cambio de zona que un cambio de condiciones dignas.  En el marco del año electoral que “grupitos” salgan a manifestar a las calles, es solo el comienzo.  Es momento de exigir a los futuros gobernantes del país planes de gobierno realistas y contundentes.  Es momento de tener personas honorables administrando a nuestro país. Es momento de salir de nosotros mismos y ponernos en los zapatos de los demás. Es momento de hacer algo.

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