By Brújula
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Todos los días la misma rutina.  El personaje en escena se levanta con desgana, luego de postergar la alarma del teléfono varias veces después de la hora programada.  Después de lavarse la cara y caminar un poco para intentar desperezarse, le da un vistazo al reloj y todo el sueño que todavía merodeaba su cabeza, se esfuma.  Se da cuenta que va tarde a la Universidad, y recuerda que el catedrático de los lunes no deja entrar a clase a aquellos que llegan quince minutos tarde.  Un baño express, que ya se va volviendo rutina todos los días, da paso al desorden del closet y a la angustia por no encontrar las llaves del carro, mientras la radio que se escucha al fondo alerta a los automovilistas salir temprano de casa por algunas manifestaciones que estará realizando el magisterio nacional..  Después de quince minutos, finalmente logra salir.

En el camino encuentra mucho tráfico, el cual intenta evitar metiéndose por algunos viejos atajos conocidos.  Sin embargo, cuando comienza a recorrer las calles se da cuenta que todas están cerradas y le presentan un obstáculo para continuar el camino. Son garitas custodiadas por agentes de seguridad iguales a las de su colonia, pero en las cuales no puede ingresar porque no tiene ninguna visita que hacer por allí.  Se enoja, y sale nuevamente al tráfico.  Durante el trayecto, el cual ahora es acompañado de lluvia y un poco más de densidad automovilística, se recuerda que ya no le dieron respuesta de aquella entrevista de trabajo a la que fue la semana pasada, y piensa que al regresar de la Universidad llamará a la compañía para preguntar por el proceso.  Lleva siete meses sin encontrar trabajo, situación que lo frustra aunque intenta que nadie lo note.

La lluvia además del tráfico, saca a luz el mal estado de las calles y carreteras, en las cuales hay que esquivar los grandes agujeros que se hacen por la mala calidad del asfalto, y que a la primera lluvia lo hace evidente.  Finalmente llega a la Universidad y con prisa, apenas logra sacar un lapicero del carro.  Cuando llega a clase bastante cansado y alterado por el recorrido, en efecto, el catedrático no lo deja ingresar.  Hoy había examen parcial.

Todos los años la misma rutina.  Las calles se inundan de propaganda electoral y los medios de comunicación no hacen más que recordar a cada instante las propuestas de los candidatos y la fecha en la cual el voto que emitamos hará la diferencia.  Al inicio todos prestan un poco más de atención al proceso y cuando inician los foros presidenciales, al día siguiente todos tienen algo que comentar al respecto.  Sin embargo, conforme avanzan las semanas, y los discursos de los candidatos se van repitiendo una y otra vez, el cuerpo inevitablemente se comienza a cansar.  Ya no lee los periódicos y muestra un total desinterés por los foros organizados.  Comentarios, preguntas e invitaciones lanzadas al Facebook y el Twitter no generan más que rechazo.  Muchos cuerpos presentan una reacción totalmente opuesta a la que en un inicio se tenía, y lo único que desean es “terminar pronto con esto”.  Es más, a muchos hasta las ganas de votar se le van.

El personaje que hace unas semanas perdió su examen parcial, está totalmente desmotivado para votar.  Está cansado de los anuncios televisivos y los tweets que a cada momento inundan su teléfono.  Le hablan de elecciones y no pierde el tiempo en intentar cambiar de tema.  Cree que eso de las elecciones no le afecta directamente en nada y que en caso fuera a votar, lo haría únicamente pensando en la gente que más necesita de un cambio en sus condiciones de vida.  Sin embargo, si supiera que con su voto y con el de muchos más, algunos obstáculos que se le presentan día a día pudieran resolverse, seguramente lo pensaría más detenidamente y escucharía mejor las propuestas.  El tráfico que lo desespera, lo resuelve votando por un buen alcalde.  Las calles en mal estado podrían mejorar si vota por una planilla de diputados que no se preste a otorgar proyectos de construcción a los amigos (comúnmente llamado corrupción) a cambio de un par de billetes bajo la mesa.  Y el problema de la seguridad que ha hecho que muchas personas decidan encerrarse en colonias resguardadas por otras personas, así como la dificultad de encontrar un buen trabajo que lo ayude a pagar su universidad, podría resolverlo votando por un presidente y vicepresidente que puedan ofrecer soluciones viables a dichos problemas.  Con su voto, muchas situaciones que afectan al país pueden cambiar.

Si únicamente supiera esto, a lo mejor el personaje de esta historia leería la edición de Brújula dedicada exclusivamente al tema electoral, para informarse más y mejor de lo que acontece en Guatemala el próximo 11 de septiembre, y con ello poder dialogar y debatir entre jóvenes.  Como juventud, es imposible hacer caso omiso a las problemáticas del país y las posibles vías para solucionarlas.  Es nuestro país, nuestro futuro y el de muchas personas más.  Por ello, hay que informarse con ganas y contagiar de este espíritu ciudadano a los amigos y familiares.  ¡Nos vemos el próximo 11 de septiembre!

Foto: http://ecoviajes.tv/2011/06/paseo-dominical-por-ciudad-universitaria/

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