By Brújula
Posted: Updated:
0 Comments

Colaboración Marzo 1

Luis García / Colaboración /

El sonido de la sirena de una ambulancia inunda las calles de algún violento barrio de la Ciudad de Guatemala. Un cuerpo sin vida cubierto con una manta yace en el suelo frente a una abarrotería. Es de un hombre que parece no superar los veinticinco años de edad. Se ganaba la vida como conductor de un camión repartidor de embutidos. Ha recibido dos impactos de bala en el cráneo y otro más en el pecho. La muerte ha sido instantánea, la orfandad para siempre y el dolor inmenso.

Su joven esposa, con una pequeña niña en brazos, llora sobre la acera mientras los vecinos tratan de consolarla. Él se ha ido para siempre y ellas se han quedado solas. Un testigo cuenta la forma en la que dos jóvenes lo han acribillado. Le han disparado sin mediar palabra y a plena luz del día. Todo frente a la mirada de varias personas, quienes se han empezado a amontonar en el lugar para observar la escena. Su muerte ha sido obra de pandilleros de una clica del sector.

Este cuadro parece repetirse día a día en algunos de los sectores de la capital del país, en donde usualmente las muertes violentas quedan impunes como otros cientos de casos que han ocurrido en los últimos años y cuyos expedientes han sido acumulados y archivados para nunca más volverse a abrir. En donde por lo general la justicia para las familias de los fallecidos nunca llega y la libertad de los asesinos es indirectamente favorecida.

Esta es la historia de todos aquellos responsables de la incontrolable ola de violencia que aqueja a muchos de los sectores urbanos del país.

Pandilleros que integran las llamadas maras, bajo las cuales cometen toda clase de actos criminales que van desde robos y tráfico de drogas hasta secuestros, cobro de extorsiones y asesinatos. Estructuras a las cuales sus integrantes se unen mientras buscan, en lugares equivocados un sentimiento de identidad, comprensión y dinero fácil.

Los jóvenes y la muerte

La gran mayoría de los integrantes son jóvenes. Algunos de ellos no superan aún la mayoría de edad, pero ya saben lo que es llevar un arma de fuego cargada con municiones en la cintura, lista para ser desenfundada en cualquier momento y enlutar de nuevo un hogar; de cualquier forma una vida en este país vale tan poco que seguramente todo quedará como una estadística más. Sí, como esas que salen en los periódicos y muchos sólo nos limitamos a leer con cierta indolencia.

Jóvenes que han hecho de la violencia su forma de vida porque las oportunidades en este país son sólo para unos cuantos, y el crecer en un entorno marginal, fuera de un hogar sólido, inmersos en una realidad llena de violencia, muerte y drogas, les ha hecho pensar que matar es la respuesta más efectiva para todo. Son muchos muertos en una convulsa sociedad tan acostumbrada a la muerte.

Según el testimonio de muchos de ellos, viviendo en este mundo es posible llegar a sentir indiferencia al disparar contra aquel chofer de autobús que se negó a pagar los doscientos quetzales semanales que le exigían; contra aquella mujer dueña de la tortillería quien no pudo reunir a tiempo el dinero de la extorsión o simplemente contra aquel niño que regresaba del instituto y quedó en medio de un fuego cruzado entre pandillas rivales.

Todas esas fugaces vidas

Para muchos jóvenes que deciden incursionar en pandillas, el futuro es realmente desesperanzador. Un pandillero debe aceptar que es probable su vida sea corta porque en este mundo se nace, crece, delinque y muere porque ser parte de una mara significa vivir constantemente bajo el asedio de grupos rivales o inclusive de tu mismo bando ya que debes saber que no se toleran traiciones porque se pagan con tu vida o la de tus seres queridos.

Pero para ese otro grupo de personas cuyo único afán es trabajar para llevar todos los días el pan a su familia, la sombra de la criminalidad es una aflicción latente.

Solamente en 2015 se registraron 4 mil 778 homicidios en el país, de los cuales más de la mitad se concentraron en veinte municipios ubicándose Ciudad de Guatemala, Mixco, Villa Nueva y Escuintla en los primeros lugares.

El violento triángulo norte

Guatemala posee una tasa de 29.5 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo cual la convierte en la quinta nación más violenta de América Latina, sólo por detrás de países como El Salvador y Honduras, junto con quienes Guatemala conforman el violento Triángulo Norte de Centro América. Son cifras difíciles de afrontar para los debilitados gobiernos de la región quienes deben hacer frente a los diversos problemas sociales causantes de dichos índices de criminalidad tales como la pobreza, el desempleo y el narcotráfico favorecido por la posición geográfica de esta zona.

Los homicidios generalizados en estos tres países hacen que, respecto al número de habitantes, sea el Triángulo Norte una de las regiones sin guerra más violentas del mundo. La cifra aumentó en El Salvador a pesar que las autoridades guatemaltecas y hondureñas hayan reportado una disminución del número de asesinatos en relación a años anteriores. Esto supone un incremento en la tasa regional, la cual contabiliza más de 17 mil homicidios en el año 2015 comparada con los casi 15 mil 800 en 2014.

No sólo Guatemala es violenta, ya que su entorno también lo es.

Ya nada nos sorprende

La gran mayoría de los guatemaltecos nos hemos vuelto insensibles ante la muerte. Ya no nos sorprende leer noticias sobre balaceras, asesinatos o violaciones. Es lamentable la normalidad con la que podemos escuchar sobre cadáveres descuartizados dejados sobre la vía pública o matanzas ocurridas en el interior del país. La indignación se fue y es difícil que regrese porque esto siempre ha ocurrido y no dejará de pasar hasta que las condiciones en el país cambien.

Es difícil criticar la violencia y no poder hacer mucho por erradicarla. La criminalidad en Guatemala, como en cualquier parte del mundo, es un tema complejo, el cual es causado por varios factores que deben ser tratados a profundidad. Nuestro país no dejará de ser un lugar violento si no se hace un esfuerzo por parte de las autoridades en conjunto con la población civil para ello.

Solamente a través de la correcta aplicación de la justicia, la mejora en la calidad de vida de los habitantes, la creación de una mayor cantidad de oportunidades para los niños, jóvenes y adultos así como también de la adecuada formación de la persona desde el hogar harán de Guatemala un lugar donde se respire más paz, en el que las familias puedan vivir tranquilas y nunca más las lágrimas se cuenten con las muertes violentas.

Imagen

About the Author
Related Posts

Durante el primer trimestre del año 2020 una enfermedad infecciosa y sumamente contagiosa...

Es difícil decir algo que no se haya dicho ya acerca de esta pandemia, especialmente cuando no...

En mi niñez viví en una familia alegre, hacíamos muchas cosas juntos, disfrutábamos de las fiestas...

Leave a Reply