Gabriela Carrera / Corresponsal /

Tengo más de un mes queriendo atrasar este texto… no puedo ver a Liza o a Roberto sin tener la sensación de que les debo algo. Pero ha sido realmente un problema, o más bien se ha convertido en una problematización constante: es observar detenidamente a mi familia, a mí misma desde fuera, responderme la pregunta si somos buenas personas, si podemos, si tenemos solvencia moral para hablar de justicia y dignidad. ¿Cuándo acepté entrarle a escribir lo que sigue?

El código del Trabajo define a todos aquellos que trabajan en casas como los que se dedican en forma habitual y continua a labores de aseos, asistencia y demás propias de un hogar o de otro sitio de residencia o habitación particular, que no importen lucro o negocio para el patrono (Art. 161). Creo que se equivoca al ponerlo en masculino; sólo he conocido un caso en que había un hombre; luego, siempre han sido mujeres. El Código de Trabajo les niega un horario establecido o límites en la jornada de trabajo y no tienen días libres; es decir, les imponen la ley de la esclavitud. Esclavo por ley.  Aunque el artículo 164 (que bien se le puede llamar el artículo guatemalteco de la esclavitud) ha sido suspendido provisionalmente, hace falta una resolución de la Corte de Constitucionalidad. El artículo 164 del Código viola siete artículo de nuestra Constitución: 2, 4, 44, 101, 102 (algunos incisos), 103 y 106. Derechos inapelables de cualquier persona.

Muchacha, María, la chacha, la cholera, la patoja, un “vos” irrespetuoso.

Son esas formas comunes como llamamos a aquella persona que se faja por trabajar en nuestras casas y hacernos la vida más cómoda. Cuando hablamos de ellas les decimos “mi muchacha”, “mi empleada”. Son el tema de conversación de algunas amas de casa que disfrutan compartiendo las “anécdotas salvajes” mientras sus niños rompen la piñata y es esta salvaje la que los cuida.

Nadie está libre de ser inocente. Son estas mujeres las que cuestionan nuestra humanidad.

Abro la puerta y está usted ahí, Narcy

Una mujer de un metro y medio, fuerte, para nada flaca, con una trenza que mientras fueron pasando los años era más escasa y menos negra. La trenza de la que yo me agarraba para seguirla, con la que yo jugaba. Narcisa es mi nana, una mujer mam de San Marcos. Enojada y de un carácter fuerte, pero eso sí, regalada también para reír. El español no era su idioma materno y lo aprendió a hablar ya entrada en años.

Mi mamá la conoció en una camioneta, se cayeron bien y decidieron que al día siguiente ella iría a lavar ropa. Se quedó por 23 años. Nos crió a mis hermanos y a mí. La palabra de mi nana era autoridad; no se le podía nunca rebatir. Nunca dejó entrar a las novias de mis hermanos y no podíamos entrar tarde cuando mis papás no estaban… pero comía en otra mesita la mayoría de veces, no siempre compartía nuestros platos (salvo los cubiertos)…

Viendo “The Help” (Tate Taylor, 2011) me recordé de Narcy:

“¿Cómo se siente criar a los hijos ajenos mientras dejas a los tuyos con otros?”.

Nosotros crecimos, por las palabras de mi mamá, diciendo que nuestra segunda madre es Narcy.  “La jubilamos”, dice mi mamá bastante seguido, recordando que dejó de trabajar con nosotros por problemas de su rodilla. Y se ha comprometido con ella a pagarle una pensión mensual. ¿Quién puede pagar el tiempo y la salud?

Narcy nos enseñó, junto con mi mamá, a barrer, trapear, lavar ropa y limpiar vidrios. A bañar a la abuelita enferma. Sin embargo, comía en otra mesita la mayoría de veces, no siempre compartía nuestros platos (salvo los cubiertos)…

Leslie, la hermanita de mis 24 años

La Asociación de Trabajadoras del Hogar a Domicilio y de Maquila (ATRAHDOM) dice que el 51% de trabajadoras a nivel mundial son mujeres, y muchas de ellas trabajan en condiciones laborales difíciles: casas, maquilas, a domicilio, en ventas por catálogo. Poca seguridad y mucho riesgo. Muchas horas de trabajo, pocas posibilidades de aguinaldo y bono 14.

Leo el reportaje de Marta Sandoval en El Periódico, “El discreto encanto de la cocina”,  y es cierto que no es fácil ser una empleada doméstica. En su mayoría son jóvenes indígenas que salen a buscar trabajo para apoyar a sus papás. En sus pueblos les levantan chismes diciendo que están en casas de vida alegre.

Cuando me cambié de casa, llegó Leslie. Una joven kakchiquel de 17 años. Era realmente muy guapa, con un sentido del humor genial y una inteligencia muy notoria. Cuando finalmente decidimos dejarnos con Juan Pablo, fue ella quien todas las mañanas y las noches me tocaba la puerta, se sentaba a la par mía y me platicaba. Más de una vez me abrazó, me subió un tecito caliente y más importante, me hizo reír.

Con Leslie experimenté una fuerte contradicción: la casa era más grande pero había menos gente para ayudar; sin embargo, Leslie se dormía pasadas las nueve de la noche. Aunque el ritmo de la limpieza siguió igual que en la casa anterior, ésta era más grande y se ensuciaba menos. Lavar la ropa, cocinar el almuerzo y otras tareas las compartía con mi mamá. Aún así, era mucho para ella. Cuando la relación se transformó en amistad, yo no podía dejar de sentirme mal. Hablamos con mi mamá y la respuesta fue: “Si querés podés ayudarla, pero el trabajo se tiene que hacer. No me cuestionés mi autoridad”. Ella barría y yo trapeaba.

Cuando termino de leer a Marta Sandoval y me toca escribir este reportaje, me pregunto qué pasa en las mentes de nuestras madres. Es cierto que vienen de una cultura machista que las ha dejado reducidas al espacio familiar. Es allí donde ellas pueden ser lo que los hombres son siempre: jefes con la capacidad de ser escuchadas. La que se cree victimaria también tiene una historia. En la mayoría de casos también son mujeres trabajadoras.

Probablemente sin saber que era respaldada por la ley, mi mamá despidió a Leslie por “una falta de respeto”. Supe en ese momento que de poder, también nos hubiera podido haber dicho adiós a mi y a mis hermanos en muchos casos. Yo enojada, la lloré como a nadie en ese año. El soporte más íntimo que había tenido se había ido. Me dejó sus aretes de fiesta antes de irse. Mi mamá por su lado, también la lloró. Pero no dio un paso atrás.

Por mi lado, me arrepiento de no haberla ayudado más. O de no haberme sentado con ella a comer en la misma mesa que utilizamos todos ahora. O haberla maquillado más veces como tanto le gustó aquella vez. O de haber ido juntas una vez más al cine. La foto que guardo de ella es una en donde me prestó su traje de gala, y me pidió que me los pusiera con los “chapulines”. Así lo hicimos.

La contradicción de Gabriela: Ildita

El porqué me fue tan dura la experiencia de escribir este artículo tiene nombre. Se llama Ilda, sin H. Tiene algunos meses de estar con nosotros. Es sonriente, demasiado. Es directa, sincera, sin miedo; muchas veces sus palabras son como baldes de agua fría en pleno invierno. No tenemos precisamente los caracteres más compatibles. Aun así ha hecho en mi mamá milagros: le ha enseñado a reír.
Después de Leslie, mi mamá aceptó en silencio que era tiempo de cambiar. El fruto lo vive hoy Ilda. Un horario y tareas menos pesadas. Tiempo para descansar y es hoy mi mamá quien le pide que no se vaya, a veces por la lluvia, a veces porque la acompaña, y que se lo pagará como extra. Mis sobrinos la quieren mucho y ella juega de la manera más tierna con Paula y Mateo.

Aún así, porque no existe esa relación más entrañable, únicamente me he limitado a ser amable. A preguntarle como siguió de su dolor de cabeza o cómo se dice alguna palabra en kakchiquel. Pero eso de compartir tareas no ha sido una práctica común. No hacemos cosas juntas. Creo que se lleva mejor con mi mamá: ven la novela juntas, aprenden oraciones a dos voces, se tratan de complacer mutuamente.

Vivimos en condiciones diferentes, y escribiendo este texto me doy cuenta que no creo que debiera de ser la sintonía de maneras de ser lo que debiera de animarme solamente a ayudarla. No hemos tenido las mismas oportunidades y no puedo reducir mi ayuda o retribuir de alguna manera lo que la vida me ha dado, muchas veces sin merecerlo, a una simple sintonía.

La Constitución de Guatemala defiende la vida, los Acuerdos de Paz nos lo recuerda. Se ha elaborado un plan de equidad de oportunidades contra la discriminación laboral. Existe una Carta Internacional Americana de Garantías Sociales desde 1947. La ONU, la OIT, todos tienen algo que decir. Sin embargo, al final los únicos que podemos hacer algo somos aquellos que dormimos bajo el mismo techo.

¿Tus contradicciones son las mías?

Aquí va un pequeño test para descubrir si vos también sufrís de estas contradicciones:

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La persona que trabaja y vive (¿Qué va primero: vive o trabaja?) en tu casa…

1. ¿Utiliza los mismos platos y cubiertos que tu familia?
2. ¿Utiliza el mismo baño que tu familia?
3. ¿Se sienta a la mesa con ustedes a comer o lo hace en un pequeño rincón de la cocina?
4. ¿Tu mamá –quien es en la mayoría de casos quien lleva la batuta de las instrucciones – le “sugiere” usar uniforme?
5. ¿Cuántas conversaciones sobre su vida y temas que le afectan tiene diariamente con miembros de tu familia?
6. ¿Recibe el salario mínimo y prestaciones laborales?

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Después de este autodiagnóstico te pregunto… ¿Te sentís contrariado igual que yo?

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