By Gabriela Sosa
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Gabriela Sosa/ Corresponsal/

“¿Es ser gordo lo peor que un ser humano puede ser? ¿Es peor ser gordo que ser vengativo, envidioso, superficial, vano, aburrido o cruel? No para mí.” – J.K. Rowling

La joven quería comprarse leggings estampadas. No le convencían, pero era lo que todas usaban, ¿quién querría ser su amiga si no estaba a la moda? Tenía que conseguir unas, no eran tan caras, no son como los Toms; vaya que le había rogado a su madre por esos, los originales por supuesto, no esas copias baratas….

Pero los leggings eran más fáciles de conseguir. Claro, si no fuera gorda. Ni siquiera recordaba un momento en su vida en el cual no conociera el significado de la palabra “gorda”, le había perseguido toda su vida. Tal vez cuando tenía siete años no lo tenía muy claro, mas sabía que era algo malo. Era malo porque eso es lo que las niñas de su clase la llamaban y siempre se reían después. “Gorda”.

Siempre lo había sido. Las revistas lo decían, ahora le llamaban “plus-size” y mostraban formas de vestirse con las cuales podría esconder su gordura. Tenía que esconderla, claro. Mientras más pequeña se viera su cintura, mejor. Las revistas le decían que arriba de la talla ocho ya es ser gordo, le habían enseñado a vestirse de negro para que no se notara tanto, a usar muchos accesorios para llevar la atención a estos, a pintarse la cara, porque por lo menos tenía que tener un cara bonita, si es que irremediablemente tenía que ser gorda. Le habían indicado que lavarse los dientes y mascar chicle frecuentemente engañaba el hambre; que hacer ejercicio no era suficiente, debería empezar a saltarse el desayuno. Una comida tan pequeña e insignificante, ¿quién siquiera tiene tiempo, si hay que salir corriendo para el colegio? No lo decían explícitamente, suponía es porque no podían, pero estaba ahí, entre las páginas de las revistas, todas esas fotos de las modelos delgadas y bonitas, usando cualquier tipo de ropa que quisieran. Toda su vida, eso era lo que la joven había querido: poder usar lo que quisiera sin preocuparse si estaba bien o no. Sin embargo no puede, es talla 12 y a esas tallas es una blasfemia usar colores vivos, leggings o faldas; resaltaría su gordura demasiado y eso no puede pasar, no era correcto, las revistas lo decían.

Los abdominales y la bicicleta estacionaria no eran suficientes, había empezado a saltarse el desayuno. Nadie se ve como en las revistas comiendo tres comidas diarias. Quizás podría reducir su cena también, pequeñas cantidades. Las revistas decían que el truco era comer pequeñas cantidades, así se engañaba el hambre. Tenía que hacerlo, tenía que ser bonita, y ser flaca es ser bonita; tenía que serlo. Si fuera flaca, tendría amigas; si fuera flaca, nadie se reiría cuando se cae en las gradas del colegio; si fuera flaca, la gente le hablaría más que para pedirle copia en sus tareas; si fuera flaca, podría usar lo que quisiera; si fuera flaca, su madre no le recordaría a diario que no hay ropa para su tamaño y lo difícil que es comprar para ella; si fuera flaca, su amigo la vería a ella y no a la chavas que caminan por los pasillos; si fuera flaca, si se viera como en las revistas, habría un lugar para ella en el mundo; si fuera flaca, todo sería más fácil. Todo, todo sería más fácil, porque así es como funciona el mundo; las flacas son bonitas y se les abren las puertas del mundo de par en par; tienen citas, muchos amigos y una vida fabulosa; está ahí, en las revistas, todos quieren a las flacas, nadie quiere a alguien como ella. Si no puede tener mucho dinero para iPads, iPhones y viajes, mínimo tiene que ser bonita. Tiene que ser flaca.

¿Promedios altos? ¿Libros? ¿Relaciones sanas? ¿Universidades? ¿Valores? ¿Honestidad? ¿Bondad? ¿Pobreza en las calles? ¿Violencia en su país? ¿Deuda pública, desnutrición, trabajo infantil? ¿Cómo así? ¿A quién le importa? Eso no lo mencionan en las revistas, no ha de ser importante.

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Humana, estudiante de la vida, graduada arrepentida de Psicología, librera indecisa, lectora, adicta al café y sirviente de tres gatos. Persiguiendo palabras.

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