Leonid Andreiev

Leonid Andreiev / Rincón Literario /

Por aquel tiempo había en Roma un escultor famoso. Del barro, el mármol y el bronce creaba cuerpos de dioses y hombres y era tal su divina belleza que todos la reputaban sin igual. Él, sin embargo, no estaba satisfecho de sus obras y afirmaba que aún había algo más bello que no podía reproducirse ni en el mármol ni en el bronce.

—Aún no pude captar el fulgor de la luna —decía— ni tampoco el del sol… y mis mármoles no tienen alma ni mis bellos bronces, vida.

Y cuando las noches de luna, vagaba despacio el artista por la ciudad y, recortando las negras sombras de los cipreses, se deslizaba con su blanco jitón bajo la luna, los amigos que se lo encontraban, echábanse a reír afectuosamente y decían:

—¿Es que andas tras de cazar el fulgor de la luna, Aurelio? ¿Por qué no te trajiste un cesto?

Y él, también riendo, señalaba a sus ojos:

—Estos son mis cestos, en los que recojo la luz de la luna y el resplandor del sol.

Y era verdad; brillaba en sus ojos la luna, y el sol resplandecía en ellos. Sólo que no podía trasladarlos al mármol y aquel era el luminoso dolor de su vida.

Procedía de antiguo linaje patricio, estaba casado con una mujer de buena condición, tenía hijos y no podía sufrir deficiencia de ninguna clase.

Luego que hubo llegado a sus oídos la vaga fama de Lázaro, consultó con su mujer y sus amigos y emprendió la larga peregrinación a Judea, al solo fin de ver con sus propios ojos a aquel hombre milagrosamente resucitado. Sentíase por aquel entonces un tanto aburrido y esperaba reavivar con aquel viaje su adormecida atención. Cuanto le habían referido del resucitado, no fue parte a intimidarlo; había meditado mucho sobre la muerte, y aunque no le resultaba simpática, menos simpáticos le eran todavía aquellos que la descartaban de su vida. A este lado… la bellísima vida; a este otro… la enigmática muerte —pensaba él— y nada mejor podía discurrir el hombre que lo vivo…, alegrarse con la vida y la belleza es lo vivo. Y hasta sentía cierto presuntuoso deseo; ver a Lázaro con la verdad de sus ojos y volver a la vida su alma de igual modo que volviera su cuerpo. Lo cual le parecía tanto más fácil cuanto que aquellos rumores sobre el resucitado, raros y medrosos, no expresaban toda la verdad acerca de él y solamente de un modo confuso prevenían contra algo espantoso.

Ya se levantaba Lázaro de la piedra para seguir al sol que iba a ocultarse en el desierto, cuando hubo de llegarse a él un opulento romano, seguido de un esclavo armado, y en voz recia, le dijo:

—¡Lázaro!

Y reparó Lázaro en el bello arrogante rostro nimbado por la fama y las radiantes vestiduras y las gemas que centelleaban al sol. Los rojizos rayos del astro daban a la cabeza y a la cara un cierto parecido con el bronce vagamente brillante… y Lázaro lo advirtió. Sentóse dócilmente en su sitio y, agobiado, bajó la vista.

—Sí… no tienes nada de bello, mi pobre Lázaro —dijo lentamente el romano, jugando con su cadenilla de oro—. Incluso terrible pareces, mi pobre amigo; y la muerte no anduvo perezosa el día que tan imprudentemente caíste en sus brazos. Pero estás inflado como un tonel y los gordos son gente buenaza, por lo general —decía el gran César— y no me explico por qué la gente te tiene tanto miedo. ¿Me permitirás pasar la noche en tu casa? Es tarde ya y no tengo posada.

Nadie hasta entonces pidiérale hospitalidad por una noche en su casa al resucitado.

—Yo no tengo casa —dijo Lázaro.

—Yo soy algo marcial y puedo dormir sentado —respondióle el romano—. Encenderemos lumbre…

—Yo no tengo fuego.

—Pues entonces, nos sentaremos en la sombra, como dos amigos y conversaremos. Pienso que tendrás algo de vino…

—Yo no tengo vino.

El romano echóse a reír.

—Ahora comprendo por qué estás tan sombrío y descontento de tu segunda vida. ¡Te falta el vino! Bien…; es igual, nos pasaremos sin él; mira, hay manantiales cuyas aguas se suben a la cabeza lo mismo que el falerno.

Despidió con un gesto al esclavo y ambos se quedaron solos. Y de nuevo rompió a hablar el escultor; pero habríase dicho que, juntamente con el sol declinante, íbase la vida de sus palabras y quedábanse pálidas y hueras… cual si se tambaleasen sobre sus mal seguros pies, como si resbalasen y cayesen, ebrias de un vino de pena y desesperanza. Y dejáronse ver negros resquicios entre ellas…, cual remotas alusiones al gran vacío y a la gran tiniebla.

—¡Ahora soy tu huésped y no me ofenderás, Lázaro! —dijo—. La hospitalidad es un deber, incluso para quien estuvo muerto tres días. ¡Porque tres días, según me han dicho, estuviste en el sepulcro!… ¡Oh y qué frío debe de hacer allí!… Allí debiste aprender esa mala costumbre de prescindir del fuego, aún en invierno… Con lo amante que soy yo de la luz… y lo pronto que oscurece aquí… Tienes un diseño muy interesante de cejas y frente; se diría las calcinadas ruinas de un palacio, después de un terremoto. Pero ¿por qué vas vestido de un modo tan raro y feo? Yo he visto a los recién casados en vuestro país y hay que ver cómo van vestidos… de un modo tan ridículo… ¡tan horrible!… Pero ¿acaso eres tú uno de ellos?

Ocultábase ya el sol, negras sombras gigantescas venían del oriente…; cual pies enormes y descalzos hacían crujir la arena y un leve escalofrío corríase por la espalda.

—En la sombra pareces todavía más grande, Lázaro; se diría que has engordado en este instante. ¿No será que te alimenta la sombra?… Pero yo daría algo por tener aquí fuego…, por poco que fuere…, solamente unas brasas… Si no estuviera esto tan oscuro, diría que me estás mirando, Lázaro… Sí, no hay duda que me miras… Porque lo siento…; sí…, y ahora te has sonreído.

Hízose de noche y el aire se llenó de una pesada negrura.

—¡Qué gusto mañana, cuando vuelva a salir el sol!… Porque has de saber que yo soy un gran escultor, por lo menos eso dicen mis amigos. Yo creo…; sí…, eso se llama crear…; pero para eso necesito la luz del día.

Infundo vida al frío mármol, moldeo en el fuego el sonoro bronce, en el radiante, cálido fuego. ¿Por qué me has tocado con tu mano?

—Vámonos —dijo Lázaro—. Eres mi huésped.

Y ambos se encaminaron a la casa. Y la larga noche tendióse por la tierra. No aguardaba el esclavo a su señor y marchó en su busca cuando ya iba alto el sol. Y vio con asombro, cara a los quemantes rayos del sol, que estaban sentados, uno junto al otro, Lázaro y su amo, y fijos en lo alto los ojos, callaban. Echóse a llorar el esclavo y gritó recio:

—Señor, ¿qué te pasa? ¡Señor!

Aquel mismo día regresó el escultor a Roma. Todo el camino fue Aurelio ensimismado y silencioso, mirándolo todo de hito en hito… la gente, los barcos, el mar…, y habríase dicho que hacía esfuerzos por recordar algo. Sobrevino en el mar una recia tempestad y todo el tiempo que duró estúvose Aurelio sobre cubierta mirando las olas que se encrespaban y caían. Al llegar a su casa chocóles a sus deudos el terrible cambio que sufriera; pero él los tranquilizó diciéndoles estas ambiguas palabras:

—Lo encontré.

Y sin quitarse aquel sucio traje con que hiciera el camino, puso inmediatamente manos a la obra, y el mármol plegábase dócil, retumbando bajo los recios martillazos. Larga y tensamente estuvo trabajando el artista, sin siquiera interrumpir su labor para tomar un bocado, hasta que, al fin, una mañana anunció estar ya terminada su obra y mandó llamar a los amigos, severos estimadores y expertos en achaques de buen gusto. Y en tanto llegaban, vistióse ropas suntuosas, de fiesta, brillantes de oro rubio, rojas de púrpura.

—He ahí lo que he creado —dijo pensativo.

Miraron sus amigos y la sombra del más profundo agravio cubrió sus semblantes. Era aquello algo monstruoso, sin forma conocida habitual, pero no exento de cierto aire novedoso, de cosa nunca vista.

Sobre una tenue, encorvada florecilla, o algo semejante, posábase torcido y raro, el ciego, informe y arrugado pecho de alguien vuelto hacia adentro, de unos trazos que pugnaban impotentes por huir de sí mismos. Y al azar, por debajo de uno de esos salientes, bárbaramente clamantes, veíase una mariposa admirablemente esculpida, de alitas translúcidas, como temblando en impotente ansia de volar.

—¿Por qué esa admirable mariposa, Aurelio? —preguntó uno indeciso.

—No sé —respondióle el escultor.

Pero era preciso decir la verdad; y uno de los amigos, aquel que quería más a Aurelio, con tono firme dijo:

—¡Eso es algo informe, mi pobre amigo! Hay que destruirlo. Dame acá el martillo. —Y de dos martillazos destrozó al monstruoso grupo, dejando sólo aquella mariposa, admirablemente esculpida.

A partir de aquel día, ya no volvió Aurelio a crear nada. Con absoluta indiferencia miraba el mármol y el bronce y todas sus divinas creaciones anteriores, en las cuales anidara la belleza inmortal. Pensando despertarle su antiguo fervor por el trabajo, vivificar su alma mortecina, lleváronlo a contemplar las más bellas obras de otros artistas…, pero no sacudió ante ellas su apatía y la sonrisa no vino a caldear sus cerrados labios. Y sólo, después que le hubieron hablado largo y tendido de la belleza, objetó cansado y bostezante:

—Pues para que lo sepáis, todo eso es… mentira. Pero de día, en cuanto brillaba el sol, salíase a su espléndido jardín construido con un alarde de arte y buscando allí un lugar adonde no hiciese sombra, entregaba su desnuda cabeza y sus nublados ojos a su brillo y su flama. Revoloteaban por allí mariposas rojas y blancas; en la marmórea fuente corría, chapoteaba el agua, manando de las crispadas fauces de un sátiro; y él se estaba allí sentado, sin moverse… cual pálido trasunto de aquel que en la profunda lejanía, en las mismas puertas del pedregoso yermo, permanecía así también, sentado y sin moverse, bajo los ardientes rayos del sol.

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