La empatía después del golpe: el silencio en torno a la salud mental.
Adrián Alejandro Taveras Velásquez
Vivimos en una época en la que hablar de salud mental parece más común y aceptado que antes. Escuchamos palabras como ansiedad, depresión o agotamiento emocional todos los días, especialmente entre los jóvenes. Las entendemos, o al menos eso creemos. Pero existe una gran diferencia entre entender algo y comprenderlo realmente. Porque comprender implica sentir el peso humano detrás de las palabras.
Muchas personas han aprendido a responder “todo bien” incluso cuando llevan semanas sintiéndose vacías. Otros simplemente siguen funcionando en automático: estudiar, trabajar, cumplir expectativas y aparentar estabilidad aunque por dentro estén agotados. Y aun así, ese cansancio emocional suele minimizarse. En muchos países subdesarrollados todavía existe una cultura en la que hablar de salud mental se llega a ver como debilidad, exageración o falta de carácter. Se enseña más a resistir que a pedir ayuda. El problema es que el silencio rara vez significa que todo está bien.
Como sociedad, solemos reaccionar tarde. La empatía colectiva aparece después del golpe: tras el suicidio de un estudiante, una tragedia viral o la pérdida de alguien cercano. Recién ahí muchas personas comienzan a preguntarse cómo nadie lo vio venir. Pero las señales casi siempre estuvieron presentes; simplemente vivimos en una dinámica donde el sufrimiento emocional se vuelve invisible hasta que ya no puede ocultarse.
Ahí es donde la sociología ayuda a mirar el problema desde otra perspectiva. C. Wright Mills hablaba de cómo muchas experiencias personales en realidad están conectadas con estructuras sociales más grandes. Y quizá eso explica por qué tantos jóvenes sienten ansiedad constante, miedo al fracaso o agotamiento emocional en una sociedad que exige productividad permanente, éxito temprano y estabilidad emocional incluso en contextos difíciles.
Karl Marx planteaba algo similar al hablar de alienación: poco a poco las personas terminan desconectándose de sí mismas mientras intentan cumplir expectativas. Descansar genera culpa, fracasar genera vergüenza y mostrarse vulnerable puede resultar incómodo incluso con amigos cercanos.
Por otro lado, Émile Durkheim entendía que el bienestar humano también depende de la conexión social. Cuando las personas se sienten aisladas o emocionalmente solas, el sufrimiento se vuelve más difícil de soportar. Y quizás esa sea una de las mayores contradicciones actuales: vivimos hiperconectados, pero muchas veces nos sentimos solos. Las redes sociales también influyen en esa sensación. Todos observan vidas aparentemente perfectas mientras comparan sus peores momentos con las mejores versiones de los demás. Poco a poco, incluso sentirse bien parece convertirse en otra meta imposible de alcanzar.
Tal vez por eso la empatía suele aparecer demasiado tarde. Publicamos mensajes de apoyo después de una tragedia, pero en la vida cotidiana todavía cuesta escuchar de verdad. Porque escuchar implica detenerse, incomodarse y reconocer que muchas personas libran batallas invisibles.
Quizás la verdadera crisis no sea únicamente la salud mental, sino una sociedad que todavía necesita un golpe para aprender a mirar al otro.