By Antonio Flores
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A veces, no sé qué detesto más de toda esta cuarentena: si el final del día o los domingos de Cadena Nacional, quizá más el primero que el segundo, porque puedo simplemente ignorar los domingos, mientras que el otro (por más que me esfuerce) no lo logro. El cierre de la tarde viene acompañado de un recuento de daños, de los casos nuevos, de las vidas que perdimos, la gente que ganó la batalla y lo mal o bien que estamos parados pero también, se hace el recuento de todo el personal de salud que está infectado o que ha perdido la batalla. Es increíble lo acostumbrados que estamos a la muerte en este país, porque primero dejamos de inmutarnos por las víctimas mortales de la violencia, quienes perecían en desastres naturales, se volvían números fríos (y alterados) que manejaba el gobierno y ahora, en tiempo de pandemia, cuando la escalada de contagios inicia, también viene la de muertes y de nuevo, lo dejamos como fríos números.

Olvidamos que esos contagios tienen rostro, historias, miedos, sueños, anhelos, preocupaciones y mucha incertidumbre consigo mismos, que las enfermeras y enfermeros en primera linea, que los estudiantes, médicos, especialistas y sub-especialistas al servicio desde que todo esto empezó; somos tan fríos y apáticos que antes de ver en las banderas blancas hambre, dolor, necesidad, tristeza y desesperación, preferimos pensarles como aprovechados, huevones, necios y acarreados.

Antes me hacia constantemente esta pregunta: “¿Que nos pasó?” Trataba de entender (si no es que justificar), la razón por la que nos volvimos una sociedad tan indiferente, fría, materialista, distante e inhumana; no está de más decir que simplemente me cansé de preguntar, porque las respuestas no dejaron de venir y aun hoy siguen llegando. A veces pienso que todo pasó porque hace unos años nos robaron el primer y único sueño de primavera que hemos tenido como país, que desde entonces nos han dividido y mantenido en constante silencio, alimentan la desidia general, el miedo e ignorancia desde todas las aristas que pueden. Ese es el plan de todas las cosas que están mal y de quienes las perpetúan, ellos cuentan con nuestra apatía, con la ignorancia deliberada y nuestra escasa voluntad y en torno a eso, han planeado estrategias, montado discursos, porque calculan hasta donde pueden llegar sin incomodarnos.

El país se quema, este triste paraíso desigual va camino al despeñadero pero, el problema ya no son los que lo empezaron todo este desastre, eso es irremediable; el problema somos nosotros, que no hacemos nada, que pasamos de largo frente al dolor, el hambre, la miseria y la corrupción, como si no fuera asunto nuestro.

Y aun así, en medio de este desastre, hay gente allá afuera que lucha por mejorar las cosas, que no se achicopala y que no se deja seducir por la ignorancia, la apatía, el miedo, la indiferencia o el dinero; a la mayoría de ellos se les está llamando héroes y mártires de la pandemia, porque claro (como les conté hace unos meses) tal reconocimiento y aplauso va durar un rato, y va volver en el próximo desastre natural o fin del mundo que ponga en peligro la normalidad a la que estamos acostumbrados. Pareciera que vamos perdiendo la batalla, mientras un bata negra se sienta en la silla presidencial rodeado de mentiras, falsas victorias y risas llenas de cinismo, los bata blanca están ofrendando sus vidas, conocimientos, su tiempo y todo lo que tienen a su disposición para que este desastre no cause más estragos de los que ya causó; deberíamos sentir dolor, asco e indignación por las condiciones en las que nuestro personal de salud atiende a la gente, las carencias enormes que tenemos, todo el dinero que no se está ejecutando y que pareciera, se están robando.

Por eso odio el final del día, por las malas noticias que trae, la desesperanza que le acompaña y últimamente la inevitable sensación que ni siquiera hemos llegado a lo peor de todo esto; ahora pasan días en los que he tenido miedo de que esto alcance a uno de mis maestros, maestras, amigos y amigas que están ahí, trabajando sin descanso en medio de escasez y colapso, tomando un café con la muerte todos los días, tratando de ganarle la partida, al menos hasta el día siguiente. Algunos no pudieron, y debieron entregarse al sueño de los hombres justos, dejando familia, pacientes, planes y legados detrás; médicos, enfermeras, médicas y enfermeros que ya no están aquí y fueron víctimas de un virus peor que el SARS-COV2, son las víctimas de la corrupción y la violencia estructural a la que el sistema somete a los guatemaltecos. Leones, que murieron al frente de la batalla por la impavidez y cinismo de los corderos en el poder.

Hay que hacer algo, esto debería darnos rabia, debería movernos a exigir que todo se replanteé de fondo, que hayan cambios verdaderos, que la vida sea sagrada y que la economía no sea un frió concepto que salvar; esto debería llenarnos de ira suficiente para que no volvamos a poner a los mismos charlatanes de siempre en los puestos de poder. 

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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