By Fatima Rodriguez
Posted: Updated:
0 Comments

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” ”Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. –Artículo 1 y 2 , Declaración universal de los derechos humanos-. 

La teoría dice eso “Todos somos iguales, valemos lo mismo y deberíamos tener las mismas oportunidades y libertades”. Pero, en la práctica, en la vida real, no podríamos estar más lejos que esa utopía marcada en la declaración de los derechos humanos. 

El racismo es la valoración generalizada y definitiva de diferencias biológicas y culturales, reales o imaginarias, en provecho de uno o varios grupos y en detrimento de otros, con el fin de justificar una agresión y un sistema de dominación.

La discriminación por su parte, es la materialización del racismo, traducida en hechos, acciones y actitudes de preferencia y distinción que excluyen y restringen el ejercicio pleno de uno o varios derechos debidamente establecidos, por motivo de género, etario (edad), discapacidad, religión, por tener una determinada ascendencia o por pertenecer a un pueblo indígena, entre otros. Tales hechos y acciones, anula y/o menoscaba el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos y libertades fundamentales. Niega la igualdad de oportunidades, favorece a unos y perjudica a otros.

La desigualdad no se trata solo de la riqueza, el patrimonio neto o de los ingresos económicos. También abarca la expectativa de vida, la facilidad que tienen las personas para acceder a los servicios de salud, la educación de calidad o los servicios públicos. Hay desigualdades entre los géneros, entre las razas y los grupos sociales.

Dicen que nadie nace siendo racista, misógino, homofóbico, con prejuicios, tabúes y con ideas de superioridad o con consignas de discriminación. Este tipo de ideas se aprenden o se nos imponen a medida vamos creciendo, gracias al medio en el que nos desarrollamos como humanos; estos son patrones conductuales con los que somos criados y están en el hogar, la escuela, la sociedad, en nuestro entorno y  si salimos a otro país, lo vamos a encontrar. Porque no es territorial, no es una característica de un grupo social, cultural o económico en específico. Lo que sí es cierto es que estas prácticas nos consumen y fracturan a la sociedad desde sus cimientos. 

Quienes violan, matan, roban o torturan; un día fueron niños, crecieron con patrones patriarcales, machistas, desiguales y misóginos; esos niños no crecieron en otro planeta, lo hicieron con nosotros, orientados por los ilustres adultos como guía. Lo mismo pasa con el racistas, los discriminadores, los misóginos, machistas y homofóbicos; son parte de nuestra sociedad, son el resultado del patriarcado sistemático que todos solapamos y no cambiamos: unos más enterados que otros y otros en total ignorancia. Un patriarcado que echó raíces tan profundas porque tiene la historia de la humanidad, que no se arrancará de tajo pero que tenemos que ir derribándolo poco a poco.  

La discriminación, como un ente de un sistema patriarcal, nos arruina a todos, porque a unos nos convierte en víctimas y a otros en victimarios. A todos nos hace daño, unos más que a otros obviamente, dependiendo de la posición de vulnerabilidad en la que nos encontramos. No hay que ir tan lejos para ver ejemplos de discriminación por color, credo, morfología corporal,  etnia, ideología política, identidad y/o expresión de género.

Ahí nomás está, al alcance de nuestras manos, en nuestras casas, a la vuelta de la esquina, en la colonia, en la familia. No somos ajenos a ella y debido a la normalización en la que nos encontramos, a veces es hasta difícil detectarla. No vayamos tan lejos, hablemos de nuestro país, la desigualdad, el racismo y la discriminación afecta cada día a la mayoría de la población guatemalteca, en especial a los indígenas y a las mujeres, según un informe divulgado este viernes por la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Aún hay mucho por hacer y por cambiar. Los problemas mayores que tenemos son la normalización, la falta de acción y el desinterés. Mientras vivamos en un estado de confort pocos cambios vamos a poder hacer, mientras nos quejemos en la comodidad de nuestras casas sin tomar acción y buscar verdaderos cambios, poco vamos a lograr. No me malinterpretes, no digo que este mal quejarse en redes sociales, ya lo dijo Mon Laferte en una de sus canciones, “esta generación tiene la revolución, con el celular tiene más poder que Donald Trump”. Pero, de vez en cuando está bien levantarse y ensuciarse las manos.

El cambio está en nosotros mismos, si cambiamos nosotros cambiaremos el sistema porque  el sistema lo hacemos todos. 

Related Posts

Artes Landívar te recomienda explorar el mundo del arte de una manera diferente: a través de series...

No sabía cómo explicarle a mis amigos, a mi familia y a personas desconocidas, cuál era mi labor...

El mundo atraviesa una crisis sanitaria sin precedentes, originada por un virus denominado...

Leave a Reply