By Brújula
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José Pablo del Águila / Opinión /

Julio es un joven de 15 años que vive en el área rural, es indígena y se siente cómodo vistiendo el traje característico de su región. Él, al igual que muchos otros adolescentes de su edad, estudia en una escuela estatal (entiéndase, que es gratuita) que se localiza al centro de la comunidad, la cual ha graduado a cientos de jóvenes que se han especializado en el extranjero y luego han regresado a su tierra natal a implementar proyectos innovadores que repercutieron positivamente en la calidad de vida de los demás vecinos.

Julio, cada día después de la escuela, vuelve a casa a hacer sus tareas. Esta tarde tiene asignado resolver unos ejercicios de trigonometría del curso de matemática y leer las causas que originaron el conflicto armado interno en Guatemala del curso de historia. Al finalizar, su padre, quien es agricultor de profesión, le ha pedido que lo acompañe al supermercado, momento en el que ambos charlarán sobre si existe alguna chica que vuelva loco a Julio y, seguramente, más de alguna habrá, por lo que su padre le hablará abiertamente sobre las relaciones sexogenitales y lo que implica practicarlas.

Al día siguiente, Julio amanece con una temperatura de horno por lo que no asistirá a la escuela.

Su madre lo lleva a una clínica –que se encuentra ahí mismo, en la comunidad, y que además ofrece servicios sin costo alguno, más que el de los impuestos que pagan todos los ciudadanos-  y lo recetan de manera adecuada; además de extenderle una excusa médica para que presente en la escuela.

De esa manera transcurren la secundaria y el diversificado para Julio. Y cuando alcanza los 18 años, se da cuenta de que, en comparación con los demás alumnos de su clase, él tiene una habilidad especial para las físicas y matemáticas; se le ocurre que podría estudiar alguna ingeniería. Así lo hace. Estudia en la Universidad de San Carlos  (que se encuentra ahí mismo en su comunidad) y sale muy bien preparado. Sin embargo, piensa que sería bueno conocer otras culturas, por lo que al graduarse se va becado a una reconocida universidad al otro lado del charco.

Una historia similar a esta afronta David, un joven mestizo que vive en la ciudad capital y que conoció a Julio en un proyecto intercultural que propuso el Ministerio de Educación en años anteriores, con el objetivo de que jóvenes de varias culturas socializaran en diversos espacios con fines didácticos.

De la misma manera sucede con Ana, una jovencita que -en un momento dado de su vida- se percató de que en realidad las personas que le atraían no eran hombres, sino mujeres al igual que ella. Dicha situación nunca fue justificación para que le negaran una solicitud de trabajo ni para que recibiera tachas discriminatorias en su contra. Pues en el país tan maravilloso en el que Ana vive, se enseña a los niños una cultura de respeto en el que todos los ciudadanos tienen libertad de expresarse, siempre y cuando esa libertad no atente contra los derechos de otras personas.

Bueno, pongamos los pies sobre la tierra. Esta es una historia ficticia y nada de eso sucede en la realidad (¡Brujo! Me dirán algunos en tono sarcástico). Contrario a esto, el Estado de Guatemala es un estado exclusivo, en el que el simple hecho de ser indígena, vivir en el área rural o ser mujer es ya una condena a enfermarte y no ser atendido, a no recibir educación alguna y a privarte de hacer uno o dos tiempos de comida al día el resto de tu vida.

¡Y ni se te ocurra ser gay o lesbiana! Eso no está bien, dentro de nuestra concepción chico es con chica y chica es con chico, todo lo demás es una abominación y merece ser castigado con la burla y  la exclusión eterna.

Guatemala, además, también es el Estado clasista, en el que muchos jóvenes de sectores económicos medios y altos desconocen que exista vida más allá de Cayalá (como diría un catedrático mío con un sentido del humor muy refinado).

Pero entonces, ¿cuál es el propósito de recrear este escenario? Pues nada más y nada menos que darnos un norte al cual dirigirnos. En estos tiempos de efervescencia social, sería lo justo que todas las manifestaciones y expresiones ciudadanas se concentraran en contribuir en la construcción de un Estado inclusivo y respetable, que más allá de abominar a alguien por sus preferencias sexuales, género, religión u origen étnico, repudie la corrupción y todo aquello que atente contra los derechos ciudadanos.

¿Quién apoya la causa?

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