Autor: José Gatica
Estoy seguro de que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos perdido a alguien que amamos, ya sea por alguna enfermedad, vejez o, en el peor de los casos, por algún accidente o un evento traumático. Para muchos, esta pérdida ocurre una o dos veces en la vida y deja una marca profunda. Sin embargo, para el personal de la salud, presenciar cómo alguien ajeno pierde a un ser querido puede convertirse en algo cotidiano, casi rutinario, aunque nunca deje de doler.
Hace dos años tomé una de las mejores decisiones de mi vida: convertirme en paramédico. Y todo inició porque descubrí que mi misión en esta vida era preservar aquello que nos dan cuando nacemos y perdemos cuando morimos, el alma. Desde entonces, he tenido que aprender a convivir con la pérdida de más de alguna persona; niños, adultos, adultos mayores con enfermedades terminales, entre otros. Mentiría si dijera que es algo fácil de asimilar; algunas muertes pesan más que otras, pero todas dejan algo, una huella silenciosa que se queda incluso después de terminar el turno…
Eso es algo que no nos enseñan durante el entrenamiento. Nos preparan para prevenir la muerte, para luchar contra ella con protocolos, medicamentos y maniobras precisas. Aprendemos a actuar rápido, a pensar con claridad en medio del caos. Pero rara vez nos enseñan qué hacer cuando, a pesar de todo, la persona no decide volver. En esos momentos, aparece una mezcla extraña entre impotencia, frustración y silencio. No siempre hay quien nos consuele. No siempre hay tiempo para procesarlo.
A pesar de todo, esta vocación no es tan mala. También hay momentos de satisfacción que, aunque no siempre se mencionan, son los que me sostienen cuando el cansancio -tanto físico como mental- y la frustración pesan más de la cuenta. Siempre tendré presente aquella sonrisa de una madre cuando vio que su hijo va a estar bien, el abrazo silencioso de un familiar que entiende que hicimos todo lo posible, o simplemente la sensación de haber llegado a tiempo. Son instantes breves, casi utópicos, a veces casi imperceptibles, pero suficientes para recordarme por qué elegí este camino. No siempre se puede salvar una vida, pero siempre dejo algo de mí en cada servicio, y en ocasiones eso también es una forma de salvar.
Por suerte, he ayudado a más personas de las que puedo recordar. Sin embargo, aquellos casos en los que no se logró el objetivo son los que más retumban en mi cabeza. Porque cada intento fallido me recuerda que, aunque tenga uniforme y conocimientos, sigo siendo humano.
La grandeza nace de pequeños comienzos. Ese era el lema de Sir Francis Drake y que se terminó convirtiendo en uno de mis lemas también. Y aunque parezca lejano al mundo de la atención prehospitalaria, creo que también aplica aquí. Cada vida salvada, cada intento honesto, cada paso firme que damos en medio del caos deja huella, incluso cuando el resultado no es el esperado.
Con todo esto, he llegado a una reflexión que nace tanto de la pérdida como de esos pequeños triunfos: La vida no está para ser vivida, la vida está para ser celebrada. Celebrada en cada latido recuperado, en cada despedida digna, en cada intento sincero. Porque, por largo o corto que sea el camino, quien pisa fuerte, deja huella…
