By Daniel Monroy
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Todos, sin excepción alguna, vamos a sufrir más de alguna vez en la vida. El fracaso, la decepción, la tristeza, la desilusión, la desesperación y los pequeños momentos de desesperanza nos van a golpear en la cara en algún momento de nuestro peregrinaje. Todos vamos a dejar un par de lágrimas en el camino mientras nos preguntamos por qué el mundo es como es y cómo la vida puede llegar a ser tan injusta. Y quizás, en última instancia, eso es lo que nos hace humanos. Pensamos, sentimos, amamos, creemos, vivimos.

Y aunque todo esto parezca obvio, me he sorprendido al ver cómo dentro de la comunidad de cristianos alrededor del mundo hay personas con influencia y liderazgo que pretenden contrariar la realidad. Así que, las próximas líneas son solo reflexiones que en tiempos de cuarentena e incertidumbre creo pertinente exponer.

En ocasiones anteriores he contado que mi vida cristiana no ha sido fácil. Desde pequeño no entendía muy bien de qué se trataba todo lo que tenía que ver con el hecho de ser cristiano. No estaba seguro si se trataba de creer en algo superior que nos controla y nos vigila, o si el asunto giraba en torno a orar diligentemente y leer y memorizar la Biblia de pasta a pasta y luego tener una respuesta sensata para todo. O tal vez era todo eso y muchas cosas más. En fin, no entendía muy bien. A decir verdad, ahora que veo hacia atrás, me doy cuenta que no entendía nada.

Cuando uno es niño se las arregla para ser práctico y no dejar que la mente empiece a jugar con preguntas. La vida es otra cosa. Esas cosas son de grandes. O al menos eso me pasaba. Pero, cuando uno empieza a conocer el mundo que lo rodea y se da cuenta que la cosa no es tan sencilla, las dudas empiezan a tomar un papel que antes no lo tenían. El diagnóstico ya no coincide con la realidad.

Voy a ir al grano: cuando era niño solía ir a una iglesia conocida por predicar el llamado evangelio de la prosperidad, que en palabras simples, es aquel movimiento que predica que Jesús murió para que tengamos una vida llena de riquezas, salud, bienestar y prosperidad material. Sí, Jesús murió por nuestros pecados, pero eso no es tan importante. Los que importamos somos nosotros, nuestros sueños, nuestros anhelos y nuestra situación financiera.

Tengo bastantes escenas presentes de aquellos días, como cuando un pastor invitado de República Dominicana hizo una “invitación” para que las personas pasaran al púlpito a dejar su dinero, prometiéndoles cielo y tierra y que la única condición era creer con fe; que del tamaño de su fe debía ser su ofrenda y que él “declaraba” y “profetizaba” que se venía una lluvia de bendiciones para los creyentes. Y aunque es un recuerdo de hace años, se puede decir que esa escena ilustra bastante bien lo que sigue ocurriendo en muchos círculos cristianos en la actualidad. Tal vez ahora ya no se basa tanto en las ofrendas y en el tema del dinero, pero se mudó a un formato de conferencias motivacionales donde se empodera a la gente y, el patrón y la idea central es la misma: Jesús murió para que seamos exitosos en la vida.

Así que esa escena se hizo más palpable en la adolescencia cuando empecé a darme cuenta que las personas cristianas también sufrían y la pasaban mal. De hecho, muchas situaciones personales y de personas cercanas no calzaban en el modelo decreto-profetizo-doy-recibo. Al contrario, me di cuenta que muchas oraciones parecían no tener respuesta, que las injusticias golpean a los cristianos y que la muerte no discrimina edad, sexo o creencia. La idea de que somos “Jesús junior” era como un castillo de arena que la realidad se había encargado de derrumbar.

Pero, la peor parte es esta: aunque rechacé las ideas de prosperidad material, no abandoné la idea de que si tenía suficiente fe y oraba fervientemente y trataba de llevar una vida moralmente correcta, Dios iba a obrar a mi favor en otras áreas de mi vida. En otras palabras, era una relación transaccional, en donde lo que hacía condicionaba a Dios a darme lo que me correspondía. En términos bíblicos, era el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo: obedecía no motivado por el amor y la gratitud sino por el interés personal de saber que si seguía la lista de mandatos tenía una recompensa merecida. Dios estaba en deuda conmigo.

Sorpresa: mis expectativas me comieron vivo. No solo tuve el peor episodio de mi vida sino que realmente cuestioné si Dios existía. Aunado a ello, en aquel entonces empecé a leer más sobre críticas filosóficas al cristianismo y el problema del mal y el sufrimiento (¿Cómo un Dios todopoderoso y amoroso puede permitir tanto mal en el mundo?) fue el talón de Aquiles en mi camino cristiano.

Y no soy el único que ha vivido lo mismo. De hecho, sin temor a equivocarme, el gran factor común en la mayoría de las historias de desconversión es que las personas no logran conciliar la existencia de un Dios amoroso y todopoderoso en un mundo lleno de maldad, hambre, violencia e injusticia.

Lo lamentable de todo ello, es que muchas iglesias y el movimiento de la prosperidad tienen gran parte de la culpa en formar falsas expectativas en las personas, empoderándolas y haciéndoles creer que son como una especie de seres que todo lo que tocan se convierte en riqueza, que sus palabras tienen la capacidad de cambiar la realidad y que tienen autoridad espiritual para decretar el devenir de su vida y su bienestar presente y futuro. La historia muchas veces termina con personas sintiéndose culpables y frustradas porque creen que no han tenido suficiente fe y la idea de un Dios lejano se convierte en una realidad desesperanzadora.

Creo que la vida y el martirio de los apóstoles y discípulos de Jesús, la historia de la iglesia primitiva, la situación de los misioneros cristianos que todos los días enfrentan hambre, persecución y la muerte misma en países como Corea del Norte y Somalia y la situación de la pandemia global, nos enseñan que como cristianos estamos sujetos a los mismos vaivenes y penas del mundo en el que vivimos.

Es bastante triste cuando escucho a un pastor famoso afirmar que él se rehúsa a crear una teología que permite la enfermedad, o cuando veo a un tele evangelista ofrecerle a las personas una fórmula para nunca fracasar en la vida. Y qué decir de un señor que afirma que los cristianos tienen un proceso legal en su contra en el cielo pero, Dios le mostró cuál es el camino que deben seguir para desbloquear una lluvia de bendiciones.

La sociedad moderna ha fallado en preparar a sus miembros para enfrentar situaciones difíciles que son parte de la vida, pero este tipo de cristianismo ha sido igual de dañino: deshumaniza, miente, crea falsas expectativas y daña a los creyentes.

Los cristianos también somos humanos: lloramos, fracasamos, enfrentamos el desempleo, luchamos con enfermedades que quizás nunca son sanadas, tenemos largos períodos de penas económicas, sufrimos injusticias, tenemos ataques de ansiedad, batallamos con la depresión, cometemos errores monumentales y somos igual de vulnerables que el resto a enfermarnos de coronavirus aunque autonombrados profetas declaren que nada malo nos puede pasar.

Lo único que nos diferencia es que nuestra identidad, nuestro valor, nuestra esperanza y nuestra vida entera gira en torno a un nazareno que entregó su vida por nosotros y ese acto de amor sacrificial no se compara con lo que este mundo nos puede ofrecer.

Todo lo demás son promesas vacías.

Jesús es todo lo que necesitamos.

 

 

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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