By Luis Ernesto Morales
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La búsqueda de la tranquilidad y alejarnos de nuestra rutina y los problemas que nos agobian, nos llevan a viajar a diferentes puntos de un país con infinidad de destinos. Estos destinos se deben experimentar, más que solamente ver. La escapatoria de la realidad nos lleva a afrontar otras realidades que desconocemos o simplemente evitamos. Poder ver la realidad de otra Guatemala o mejor dicho de varias “Guatemalas”, son viajes que mueven el espíritu y hacen dudar de nuestros dogmas e ideologías. Hay muchas cosas que caracterizan cada rincón del país, pero existen muchas cosas que se repiten. Como alguna vez escuché, el viaje es el destino.

Cuando emprendemos el viaje y decidimos qué lugar volver a visitar, o conocer por primera vez, siempre pensamos en el camino, razón que vuelve cualquier viaje en odisea. Las horas de viaje entre cráteres en el asfalto hacen ver los caminos de terracería como una alfombra. La variedad de paisajes que rodean el camino nos dan esa rehabilitación que necesitamos del caos citadino. Sin embargo hay un factor humano que abre los ojos, por lo frecuente que ocurre y lo desalentador que llega a ser para cualquier viajero con consciencia.

Niños que aparecen de ambos lados del camino, al escuchar un motor que se acerca. Descalzos, medio vestidos, con sus hermanos pequeños en brazos, ciertos patrones se repiten. Ellos miran ventanas polarizadas, nosotros vemos manos alzadas pidiendo por un quetzal, cinco o la cantidad que sus padres les han enseñado a pedir. Al pasarlos unos simplemente retoman lo que hacían antes de vernos, mientras algunos se atreven a perseguir los vehículos, incluso estando descalzos mientras siguen gritando: “¡Quetzal, quetzal!” El humo que deja el carro junto con el polvo que levanta el camino sin asfaltar los hace desaparecer o eso nos hacemos creer para poder disfrutar de nuestro viaje. Ellos no pueden vernos, nosotros no queremos verlos.

Buscar soluciones a la realidad de estas personas no es fácil, desde lo emocional a lo real. Es imposible no sentirse mal al no detenerse, así como lo es detenerse y no poder hacer más que darles unas monedas, sabiendo que volverán a correr al próximo carro que se acerque. Cualquier decisión nos lleva a preguntas de ética sobre que tanto ayudé o no y que tanto prolongué el mismo ciclo o no. Muchas ideas rondan en nuestras cabezas sobre quién tiene la culpa o cómo se podría arreglar de un día para otro una práctica que tristemente es socialmente aceptada, o al menos no es condenada.

La responsabilidad de los padres es innegable, pero encontrar el origen a esto, así como una solución requiere más que simplemente hincharse el pecho y dar clases de cómo ser padre, algo que por mucho que se quiera, no se tiene un libro de instrucciones. ¿Qué lleva a que unos padres envíen a  pedir dinero a sus hijos y arriesgarse, incluso, a ser atropellados en el intento? Parte de la respuesta sí se encuentra a simple vista, observando las condiciones en las que estas personas (sobre)viven y trabajan. Caminos abandonados donde no haya electricidad, poca o nula escolaridad, más iglesias que puestos de salud…el que no lo ve es porque no quiere verlo.

La belleza natural que nos maravilla, el destino final de los viajes que nos atrae, pero no esconden a las personas a las que nos cruzamos para llegar nuestros destinos. Sea hacia el norte, al Atlántico, al Pacífico, hacia el Occidente o el Oriente, ver niños criados bajo el humo de los vehículos es algo común, verlos pedir dinero es algo que se ve seguido, pero divisar pobreza y miseria es algo generalizado. El viaje es el destino, pero aún falta mucho para que divisemos algo en el horizonte.

https://www.elquintopoder.cl/internacional/guatemala-es-uno-de-los-paises-mas-hostiles-del-mundo-con-su-poblacion-infantil-y-juvenil/

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