Antonio-Flores-Julio

Antonio Flores / Opinión /

 

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“Y por los siglos de los siglos, Amen. Así, sin tilde”

– Anónimo

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Hay tantas cosas en el imaginario colectivo de esta ciudad, cosas que se anhelan y buscan con más determinación que otras, porque existe la certeza de que encontrarlas habrá de llevar a las personas a su plenitud; por eso vemos a tantos unidos en un clamor por justicia, otros denunciando el odio y la indiferencia, algunos buscando la verdad o lo que se le parezca y solo unos cuantos van por la vida indagando en el amor. ¿Por qué indagar en el amor? ¿Por qué interesarse en él? Para la mayoría de personas, estas preguntas son valederas y necesarias cuando cualquiera busca hablar sobre el tema; como si se tratase de un tabú, nuestra sociedad prefiere dejar “el amor” para los adentros de cada persona. Quizá sea porque no es posible llegar a una puesta en común sobre este, dado que muchos lo ven y entienden como un misterio que no se ve con los mismos ojos, no se haya en el mismo lugar, se experimenta de la misma forma o se busca con la misma determinación; hay tantas ideas diferentes sobre el amor (lujurioso, fraterno, romántico, etc.) que en algún punto se llega a pensar que en efecto, es algo que debe tratarse de forma individual y privada.

Viajo por la ciudad en bicicleta y veo tantas cosas que me niego a pensar que, para las personas el amor es una simple abstracción, un sentimiento, una respuesta hormonal o atracción sexual para preservar la especie. Esta ciudad está llena de amor en tantas formas, de amor hecho verbo y sustantivo; claro, en lo agitada y extraña que se ha vuelto la rutina para las personas, encontrar estos momentos se hace fácil solo si observan con detenimiento entre tantas tristezas, negligencias y malas noticias.

Bienaventurado el amor, porque es el centro de todo lo creado, principio del misterio de la vida.

El amor nos recuerda que somos parte de algo, que algo es parte de nosotros; si acaso nos sentimos pequeños alguna vez, tan solo basta recordar que el hierro en nuestra sangre fue formado en el centro de una estrella, a millones de kilómetros, hace billones de años. Hay quienes lo llaman panacea de todos los males y otros que le dicen destino de todo lo malo; quizá las cosas serían diferentes si pensáramos que el amor es más que una historia romántica, una comedia o la típica tragedia que nos enseñan. Si nos dijeran que amar es el principio de todo tal vez habría más gente haciendo lo que ama, amando lo que hace, amando lo que tiene y amando a quienes le rodean. Porque amar es apreciar, es comprender, es aceptar y dar todo de sí; pienso en el día que los jóvenes amen quienes son, que la gente ame su país por lo que es y no lo que le gustaría que fuera, algún día nos amaremos a nosotros mismos y luego los otros a los unos.

Bienaventurados los que aman en tiempos de odio y miedo, esos valientes de gran corazón o quizá tontos sin pizca de razón, en una sociedad que exige intolerancia hacia lo que es diferente, que teme a lo desconocido y condena la originalidad o lo que se le parezca; los que a pesar de todo están allí creyendo en sí mismos y en los demás. Los amigos, que se apoyan uno a otro buscando, que basan su amistad en las diferencias, los ideales y las inquietudes que puedan compartir, que están allí en las buenas, las malas y las inciertas; los padres y madres, constructores del presente y futuro más cercano, que dan todo porque sus hijos puedan ser los hombres y mujeres de bien que a ellos les hubiese gustado ser. Los que protestan sin descanso, que claman por justicia y honestidad, porque su lucha es por el país que aman, la tierra que los vio nacer; por los que como Ángel Escalante, Mons. Gerardi, Oliveiro Castañeda dieron su vida por el ideal de amor a los demás, su sacrificio nos recuerda que no es grande el victorioso, sino el que se entrega por los que le rodean, sean conocidos o desconocidos.

Bienaventurados los que hacen del amor verbo y no sustantivo, los que con su trabajo y entrega dedicada por el país, construyen un presente mejor; hombres y mujeres entregados a los que aman, dedicados a ser lo que nuestro país necesita, no lo que la sociedad quiere.

Los bata blanca, entregando su vida para preservar la de otros, aun en las condiciones más adversas; bomberos, arriesgando su integridad por salvar la vida de las personas; maestros, que empoderan mentes, instruyen la ciencia, literatura y el arte, constructores de sueños; los voluntarios, entregando su ser, su tiempo y sus manos por la construcción de una sociedad mejor y más justa, regalando sonrisas, construyendo hogares, haciendo compañía, cambiando el mundo un acto de amor a la vez. Ellos, por mencionar a unos cuantos, que nos demuestran que las cosas bien hechas y con amor son pilares para la construcción de un presente diferente.

Bienaventurado el amor en todas sus formas, porque dos personas que se aman son la prueba de que hay un futuro mejor; donde hay amor verdadero no hay desconfianza, miedo, traición o mentira. El amor es todo aquello donde nos vemos reflejados y aún cuando cada uno de nosotros tenga una idea de lo que es amar ¿Quién somos para juzgar el amor en otras personas? No somos nadie, y sin embargo somos jueces de aquello que nos parece diferente; es más fácil juzgar el amor en nombre de Dios, que entender que el amor es Dios mismo. Genera más debate el amor entre dos personas del mismo sexo, que la falta de amor entre todas las personas, “amar a otra persona es ver en ella el rostro de Dios” y por eso quizá no nos amamos, buscamos solamente aquello hecho a nuestra imagen y semejanza, en lugar de aceptar las cosas como son.

Quizá es solo lo que veo o lo que siento, es lo que la ciudad me regala mientras pedaleo… Las ideas de que las cosas no siempre son lo que parecen, que a veces no todo es tan malo como creemos. Allí en medio de tanta violencia, desconfianza, miedo, desasosiego y apatía, el amor está floreciendo cuando un padre regresa a casa, cuando una madre abraza a sus hijos, cuando dos amantes se ven a los ojos, el momento en que se salva una vida o se abraza a un desconocido.

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Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que le destruya hay millones de caricias que alimenta a la vida.”

Facundo Cabral

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