By Carlos Martínez Roca
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Carlos Martinez Roca/ Opinión/

La lucha por la reivindicación de los derechos de la mujer ha ido cobrando fuerza en los últimos años. Así, la búsqueda por la igualdad de género y la obtención del anhelado “emparejamiento” de condiciones entre hombres y mujeres ha sido tema de constante debate y controversia desde hace algún tiempo.

En nuestros países latinoamericanos y de manera especial en Guatemala, el machismo ha sido – por muy indignante que parezca –  la piedra angular de un pensamiento colectivo generalizado que ha dispuesto que la mujer es “naturalmente inferior” al hombre y que, por ende, debe someterse a su voluntad, sus leyes y sus condiciones.

Semejante aberración hunde sus raíces más profundas en diversos factores que le condicionan: desde la hipotética capacidad económica superior del hombre, su fuerza bruta y aptitud para las tareas más demandantes de la vida en sociedad.

En ese sentido, el machismo no es un fenómeno extraño para la mayoría de nuestros pueblos. Por el contrario, la historia nos ha demostrado que el dominio del hombre sobre la mujer tiene su génesis desde tiempos inmemorables, desde la prehistoria hasta nuestros días.

  • EL MACHISMO HISTÓRICO

Los primeros pobladores de la Tierra valoraron de manera especial la acción de la caza que realizaban los hombres, de tal suerte que su condición de proveedor de la comunidad primitiva empezó a marcar el ritmo de lo que vendría a ser la imposición del patriarcado.

Me quedaría corto al mencionar ejemplos de civilizaciones que históricamente han menospreciado por completo el rol de la mujer y lo han rebajado a un nivel menor que el del hombre. Sólo por mencionar alguno, en la Antigua Roma la mujer era considerada una posesión y no tenía poder sobre sus tierras, su propia persona, su dinero o sus hijos. Más dramático aún, en aquella época, la mujer que se dijera “respetable” debía ser virgen y fiel, mientras que el hombre valía más por su coraje en el campo de batalla y el tener una vida sexual descontrolada era motivo de orgullo.

Sin ir muy lejos, en pleno siglo XXI los rezagos del machismo aún siguen presentes, en algunos lugares más fuertes que en otros. Al menos en nuestro país, la realidad es innegable: hombres y mujeres – lamentablemente – no tenemos acceso a las mismas oportunidades y, definitivamente, el ser mujer constituye un verdadero reto, sobre todo en el área rural donde la mujer sufre mayor discriminación y exclusión.

  • EL LEVANTAMIENTO DEL FEMINISMO

Para entender un poco el feminismo, Victoria Sau lo define como:

“Un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo XVIII -aunque sin adoptar todavía esta denominación- y que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación, y explotación de que ha sido y son objeto por parte del colectivo de los varones en el seno del patriarcado bajo sus distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquélla requiera”.

Así pues, al menos doctrinariamente, machismo y feminismo no significan exactamente lo contrario.

El feminismo es un movimiento social, mientras  que el machismo es una actitud y pensamiento colectivo, por lo que muchas personas insisten en enfatizar que comparar ambos términos no tiene sentido.

Las personas con actitudes y comportamientos machistas consideran a las mujeres como seres inferiores, con menos derechos que los hombres. Por su parte, el movimiento feminista – por el contrario – intenta conseguir una sociedad igualitaria, en la que exista una igualdad de oportunidades para mujeres y hombres.

De tal manera que, partiendo desde ese punto de vista, por mi parte estaría totalmente de acuerdo con evitar comparar ambos términos. No obstante, el feminismo ideal y doctrinario corre el riesgo de ser desplazado por un peligroso feminismo radical.

  • FEMINISMO, ¿DESVIRTUADO? 

Desde mi punto de vista, al menos originalmente, el feminismo era un movimiento muy noble. Una negación de la “inevitabilidad” de la superioridad masculina, tanto en el ámbito profesional como en el personal; afirmando que esta dominación masculina sobre la mujer surge no de una superioridad física o intelectual, sino de una amplia gama de estereotipos relativos al sexo.

El mundo quedó fascinado con el discurso de Emma Watson ante la Organización de las Naciones Unidas (incluyéndome a mí). Acá algunas de sus frases más aplaudidas:

“El feminismo se ha confundido como el odio a los hombres, pero, por definición, es la creencia de que los hombres y mujeres tenemos los mimos derechos y oportunidades. Es la teoría política, económica y social de la igualdad de sexos.”

“Los hombres tampoco tienen los beneficios de igualdad. Nos acostumbramos a hablar sobre los hombres siendo presionados por estereotipos de género, pero yo puedo ver que sí lo son. Cuando ellos estén libres, las cosas cambiarán también para las mujeres como consecuencia natural.”

“Hombres y mujeres deben sentirse libres de ser fuertes. Es hora de que veamos a los géneros como un conjunto en vez de como un juego de polos opuestos. Debemos parar de desafiarnos los unos a los otros.”

Emma Watson trató de dibujar magistralmente la concepción ideal de lo que debería ser el feminismo, y cómo hombres y mujeres debemos comprometernos con la causa de la igualdad de género. Además de alentar a las mujeres a no avergonzarse por ser feministas y defender sus derechos.

Idealmente, el feminismo no busca la confrontación entre hombres y mujeres. Tampoco busca la superioridad de la mujer sobre el hombre. Lo que busca es igualdad de condiciones, igualdad de oportunidades.

Sin embargo la lucha feminista, a mi consideración, corre el gran peligro de llegar a desvirtuarse.

La confrontación, la segregación y el separatismo debería ser cosa del pasado. No obstante, pareciera que en la actualidad el machismo y el feminismo son frutos podridos de un mismo árbol: el árbol de la intolerancia y la intransigencia.

  • LA IGUALDAD ANTE LA LEY

El artículo 4 de la Constitución Política de la República consagra el principio de igualdad. Aquella vieja consigna de “que todos los hombres somos creados iguales” debería ser efectivamente aplicada, de tal manera que hombres y mujeres – con nuestras diferencias biológicas, psicológicas y emocionales – debemos ser considerados iguales ante los ojos de la ley.

Y es que en realidad, ¡no somos iguales en todos los aspectos! Nos diferenciamos en muchas cosas, desde nuestra concepción del mundo hasta la forma en que nos desenvolvemos en la vida en sociedad. Sin embargo, sin lugar a dudas, somos iguales ante los ojos de la ley EN DIGNIDAD Y DERECHOS. De tal suerte, que ese debería ser el fundamento de todo movimiento social que persiga la igualdad de género y enarbole la dignidad del ser humano como centro de la lucha.

Cierto es también, en ese sentido, que Guatemala aún necesita hacer más esfuerzos concentrados en el emparejamiento de oportunidades entre hombres y mujeres, además de garantizar efectivamente el respeto y cumplimiento de sus derechos.

  • LA MUJER COMO GRUPO VULNERABLE

Al igual que los pueblos indígenas, los niños, los adultos mayores y la comunidad LGTB; las mujeres son ampliamente consideradas como un grupo vulnerable, al menos en Guatemala. Entendiendo a estos grupos como aquellos grupos humanos que históricamente se han visto en condiciones de desventaja en relación al resto de la población y que se han visto excluidos de una participación social, política y económica efectiva.

Ante esta preocupante situación y como resultado de la obligación internacional del Estado de Guatemala, debe tomar las medidas pertinentes para modificar o derogar las leyes, reglamentos, usos y prácticas que constituyan discriminación contra la mujer y emitir todas aquellas leyes que sean necesarias para tal fin.

En el año 2008 fue emitida por el Congreso de la República la célebre “Ley contra el Femicidio y otras formas de violencia contra la mujer”.

El fin principal de la ley, es precisamente erradicar cualquier práctica que atente contra la vida y la dignidad de la mujer, acabando de una vez por todas con los abusos y la discriminación ejercida por los hombres a través de la historia.

Sin embargo, en mi poca y casi nula experiencia como estudiante de Derecho, me he podido percatar que los Tribunales de Justicia han mal aplicado la ley en contra del Femicidio, y por lo general, los jueces de Femicidio se encuentran extremadamente parcializados al resolver a favor de las mujeres, incluso en casos que en realidad no lo ameritan y que caen en la ridiculez.

En la actualidad, si un esposo – en una discusión acalorada – profiere algún insulto en contra de su esposa, inmediatamente dicha conducta encuadraría perfectamente en el tipo penal de VIOLENCIA CONTRA DE LA MUJER EN SU MANIFESTACIÓN PSICOLÓGICA (tipificado en el artículo 7 de la ley), de tal suerte que una discusión “normal”, si lo queremos ver así entre un matrimonio, terminaría con el esposo preso y si no fuese así, con algún tipo de medida sustitutiva en lo que se resuelve su situación jurídica (definitivamente, sería ligado a proceso por el delito en referencia).

Ojo, no es que insultarse sea normal. Lo que en realidad me provoca conflicto, es la diferencia de apreciaciones por parte de los jueces al momento de valorar situaciones idénticas cuando el sujeto activo del delito es un hombre, a que cuando el sujeto activo del delito es una mujer. Definitivamente, la hipotética situación anteriormente descrita habría sido totalmente diferente si la esposa hubiera sido quien profiere un insulto a su esposo en una discusión acalorada.

Es decir, ¿cuál es el rango de apreciación para determinar violaciones a los derechos de las mujeres? ¿Y los derechos de los hombres? ¿Acaso no buscábamos “la igualdad de género”?

Pareciera que ahora vivimos en un constante ataque por parte de un sector feminista extremista, que busca a toda costa ganar espacios y desplazar a los hombres del “spotlight”. Una especie de “golpe de Estado” al machismo, donde ahora las dictadoras pasarían a ser las feministas.

No hombre, ¡no se trata de eso! Se trata de igualdad. Nada de dictadores.

Ahora ya no se puede decir: “que todos los hombres somos iguales ante los ojos de la ley”, utilizado el término HOMBRES como término genérico; ahora tenemos que decir “hombres y mujeres”, “niños y niñas”, “los abogados y las abogadas”, “los y las profesionales”, “trabajadores y trabajadoras”, “Presidente y Presidenta”, “líder y lideresa”.

Personalmente, me parece impresionante al punto al que hemos caído. No digo que esté mal. Simplemente, pareciera que la lucha se ha ido desvirtuando. Hasta la ortografía y gramática quieren cambiar ahora.

Nadie es más que nadie y soy el primero en defender y exigir el efectivo cumplimiento de los derechos de las mujeres en nuestro país. Pero no estoy de acuerdo con la segregación y el separatismo: no estoy de acuerdo con más divisionismos.

Me parece que ya tuvimos suficiente con 36 años de conflicto armado interno que nos separó entre izquierda y derecha, además de la eterna lucha entre el indígena y el ladino. ¿Y ahora quieren agregar una lucha más entre hombres y mujeres? Ya no por favor.

Así pues, inevitablemente – al menos en la actualidad – me da la impresión que el machismo y el feminismo radical, tienen el mismo tronco común. Lamentablemente, terminaron siendo frutos podridos del mismo árbol.

Queda ahí, para la reflexión.

Imagen: Unsplash

 

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Estudio Derecho, no leyes. Zurdo, soñador y poeta. Idealista hasta el tuétano.

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