By Brújula
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Maestros, esos que hacen manifestación por cualquier cosa, llegando al punto de lograr ser asesinados por ello. Maestros, aquellos que no son tan distintos en Guatemala y México; hace unos años eran los futuros maestros quienes se quejaban por el cambio en la carrera magisterial y hoy son los maestros mexicanos oponiéndose a la reforma educativa impulsada por el gobierno.  Maestros, esos que se quejan por todo cuando en realidad su trabajo es sencillo, sin muchas complicaciones y con muchos beneficios, vacaciones pagadas incluidas.

Corrijamos la plana. Maestros, aquellos que tienen una noble labor frente al acompañamiento de niños y adolescentes.  Pero si son maestros en sindicatos, esos sí no. Mafias que se encrustan en el sistema, velando únicamente por sus intereses y desprestigiando toda la labor docente. Maestros al fin.

En el mes en el que se conmemora en Guatemala el Día del Maestro, y a la luz de los últimos eventos suscitados en México en contra de maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), tomamos un minuto para repensar los estereotipos que surgen alrededor de la figura del maestro en Latinoamérica.  Esos imaginarios que nos hace ver mal a aquellos maestros que piden y exigen sus derechos, porque eso los convierte inmediatamente en haraganes, revoltosos y violentos. Porque aquellos que cuestionan el sistema y deciden no estar de acuerdo con algunas propuestas gubernamentales, son tachados de opositores violentos, sin repensarnos el papel del lado realmente opositor: el Estado y sus mecanismos de represión.

Chile 2011. Guatemala 2012. México 2016. En todos y cada uno de ellos ha existido una represión por parte del gobierno ante los docentes. 

En 2012 cuando el entonces Ministro de Gobernación y ahora sindicado de casos de corrupción, Mauricio López Bonilla, envió  antimotines al Puente del Incienso ante un bloqueo pacífico de estudiantes normalistas, muchos aplaudieron el acto. Lo mismo sucedió cuando el diálogo no rindió frutos entre estudiantes y la entonces ministra de educación en el Parque de la Industria, teniendo que recurrir de nuevo a los elementos antimotines para estabilizar la situación.  En Chile durante 2011, las cosas no fueron tan distintas, cuando en ese entonces miles de estudiantes chilenos se movilizaron por una reforma educativa universitaria.  Muchas de las manifestaciones fueron diluidas a través de elementos policíacos.

Y el caso mexicano actual, no es tan distinto.  El pasado domingo 19 de junio, policías federeales y nacionales accionaron armas en contra de maestros manifestantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en Nochixtlán, Oaxaca, quienes estaban realizando bloqueos y manifestaciones en rechazo a la reforma educativa mexicana, la cual entre sus cambios incluye pruebas a los maestros para evaluar su rendimiento docente. En el enfrentamiento, al menos 7 personas murieron y más de 100 resultaron heridas.

Y a pesar que cada caso es distinto, y que en cada uno de ellos se puede analizar las matices del mismo, pudiendo encontrar entre algunos docentes señales violentas o demandas que pueden evaluarse mejor, en la mayoría de ocasiones la discusión se centra más en estos detalles, invisibilizando la lucha real por la cual mucho maestros y maestras inician protestas o manifestaciones.  Esa lucha que pide ser escuchados y tomados en cuenta en las decisiones gubernamentales que les afectan, motivando el diálogo y la discusión.  Esa lucha que en muchos casos necesita mostrar las malas condiciones en las cuales muchos maestros alrededor de Latinoamérica trabajan, con Estados que no priorizan la educación de calidad, con infraestructura adecuada y acceso para todos y todas.

Y junto con la invisibilización de la lucha, también se invisibiliza el papel del Estado que en estos casos, ha utilizado la fuerza como medio para “solucionar” los conflictos.  

En el caso mexicano, más de 800 policías estatales y federales se movilizaron para el retiro del bloqueo de alrededor de 500 manifestantes, accionando armas de fuego y causando la muerte de civiles.  En el caso guatemalteco, para muchos lo sucedido recordó la muerte en Totonicapán el 4 de Octubre de 2012, de 6 comunitarios fallecidos a causa de elementos policiales que también accionaron armas en contra de ellos. De esta agresión a los derechos humanos poco hablan los medios de comunicación tradicionales, pocos lo recuerdan y pocos culpan al Estado por este tipo de acciones.

La figura del maestro latinoamericano y la de muchos otros actores sociales se ve debilitada en la región a causa del tratamiento de las noticias y cómo los gobiernos resuelven este tipo de conflictos.  El docente guatemalteco es trabajador, entregado y muchas veces, resultado del mismo débil sistema educativo del país. Hay docentes organizados en sindicatos, porque no existe un único sindicato de maestros, en algunos casos surgiendo de la misma crítica a los liderazgos sindicales tradicionales que en realidad afectan la imagen docente en el país. Ser un maestro organizado no es ser un maestro interesado, holgazán o violento. Corrijamos la plana, pero hagámoslo de forma seria y real:

Maestros, esos que hacen cualquier cosa para ingeniarse dar una clase a más de 40 estudiantes con pupitres en mal estado y sin materiales didácticos por falta de recursos, logrando no perder la atención de los más inquietos.  Maestros, esos que deben lograr adaptar metodologías distintas para las aulas multigrados, porque no todas las edades aprenden de la misma manera.  Maestros, aquellos que muchas veces deben luchar contra su propia formación para intentar ser mejores, y donde la búsqueda de una educación horizontal parece imposible en un sistema que dicta todo lo contrario.  Maestros, aquellos que también se organizan para luchar por sus derechos como trabajadores, para poder ser mejores y construir un sistema educativo mejor para todos y todas.  

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