magnolia

Rita María Coyoy Rodas/ UNIS/

Las cenizas de lo que algún día fue mi hogar volaban en el viento. Todo el color había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí en primer lugar.

Era atemorizante cómo se veía la tierra, el cielo… como una burla macabra de lo que alguna vez fue una región de prados verdes, colores vivos y puros, que ahora eran sustituidos por hollín y cenizas provenientes de las vidas perdidas de tantos… la tierra entera era solamente un cadáver, pudriéndose lentamente bajo la luz grisácea de un sol vedado por el humo de la recién terminada batalla.

No sólo la tierra había cambiado. Las personas tampoco tenían color ahora. Eran entes, fantasmas drenados de toda emoción o esperanza… todo a mi alrededor era gris, todo dentro de mí era, sin embargo, del más profundo negro. Tenía un agujero negro en el alma y sabía que habían muchos más como yo.

No quedaba nada de aquello que había iniciado la guerra en primer lugar. No había agua, plantas o animales. Extrañaba el cantar de los pájaros y el murmullo de las criaturas nocturnas en los bosques. Pero eso ya no existía. Todo era parte de un sueño en el que algún día viví. No había sol, ni cosechas… los sobrevivientes esperábamos a la muerte, que había reclamado ya a tantos seres amados demasiado pronto y demasiado cruel, pero que ahora parecía el más dulce de los consuelos.

Las personas llegaban de todas partes del país últimamente, algunos regresando a su hogar como yo, aunque fuera solamente por encontrar algo familiar en lo que era ahora un mundo extraterrestre. Otros, llegaban con la esperanza de dejar el pasado atrás y encontrar en cambio una chispa, un fragmento de esperanza al que pudieran aferrarse.

Cada día buscaba entre los rostros nuevos y viejos al único ser que podría sanarme, la única persona que sabía que entendería lo que pasaba y que indudablemente abriría mis ojos y me haría ver la luz en las tinieblas. Pero día a día tenía que recordarme a mí misma que sus ojos, su boca, su sonrisa y cabello habían desaparecido mucho antes que la guerra terminara, engullido por las llamas igual que el bosque, que la tierra… que mi alma.

Él era bueno, la persona más decente que conocía, más que eso, extraordinario e inocente. Y yo lo amaba, sin importar si era o no uno de “ellos”, de los enemigos.

“Enemigos”, la sola palabra es ridícula. Él salvó mi vida y la de muchos el día en el que la bomba cayó. ¿Qué hicieron ellos? Matarlo. Agradecieron su acto con la muerte, su regalo hacia tantos también fue su condena. ¿Quién era mi enemigo? ¿Él? ¿Ellos, que lo asesinaron a sangre fría solamente por su apariencia, por ser parte de ellos, los “opresores”? ¿Yo? ¿Dios? Pensamientos oscuros me atrapaban frecuentemente, devorando la poca paz dentro de mí, y era en estos momentos en los que quería huir y gritar y vengarme de ellos, que amaban causar dolor. Pero nunca lo hice; en cambio culpé a Dios por abandonarnos, por dejar que escribiéramos la peor de las historias con la sangre de las víctimas de la guerra, tanto de los culpables como de los inocentes.

A veces, cuando el sol salía  a medio día y podía distinguir las cosas entre la niebla y la ceniza,  imaginaba perfectamente como todo era antes… y el recuerdo y el deseo por revivirlo todo era tan fuerte, que podía ver a las monjas en la plaza, que compraban helados para los niños del orfanato, como lo había sido yo por culpa de la guerra; podía oler los pinos y la tierra mojada después de la lluvia y entre todas las cosas y los colores aparecía el, con una sola flor blanca… jamás supe el nombre de esa flor, pero su aroma era suficiente para mí; y en ese momento, cuando ya casi no distinguía la fantasía de la realidad, pensaba  a pesar de no querer pensar, que era estúpido etiquetar a las flores, cuando su aroma era lo importante, lo que en verdad las hacía bellas, pero era aún más estúpido juzgar a alguien por dónde y cómo nació. Aun la más hermosa flor puede tener un aroma desagradable y aun el más hermoso rostro podía tener la peor de las almas tras de sí… entonces todo volvía a ser gris, mi ensueño terminaba y la fealdad del mundo en el que ahora vivía, regresaba con toda su fuerza vengándose por los momentos de paraíso que lograba obtener de mi nublado cerebro.

Por desesperación me enlisté como voluntaria de acomodación, ayudaba a viudas, ancianos y niños a encontrar a sus seres queridos, o por lo menos a encontrar un pedazo de tierra árida y vacía sobre el cual pudieran construir un hogar, aunque de alguna manera esa palabra había perdido todo su significado. Los niños parecían ancianos y los ancianos niños. Todos sabían que jamás recuperarían su hogar, que estaban solos y que aquellos que habían tenido la suerte de encontrar a alguno de sus seres queridos, jamás volverían a compartir la relación que pudieron tener algún día. En la guerra habían deseado volver a ver a sus familias, soñaban con el reencuentro y el amor que recibirían y darían… pero cuando el día llegaba, descubrían que sus seres amados estaban tan rotos como ellos mismos, nada jamás sería igual.

Vi desfilar frente a mis ojos niños heridos, mutilados no sólo del cuerpo, si no del alma. Mujeres rotas, tratando de encajar los pedazos de sí mismas y enmendarlos para luchar por quienes tuvieran aun a su lado… despacio, un paso a la vez, todos parecían tratar de sanar las ruinas dentro de sí y los escombros a su alrededor. Se hicieron nuevas construcciones, se abrieron hospitales, iglesias, comedores comunitarios… todos parecían querer enterrar en lo más profundo del subconsciente colectivo lo horrible de la guerra, la pérdida, la muerte, la rabia  aun el vacío. La civilización volvía, pero la naturaleza no lo hizo. Todo seguía tan gris y calcinado como el primer día.

Las personas comenzaron a reír, a vivir, a pretender que nada había pasado, que no tenían pesadillas horribles cada noche, esa era su medicina. Yo en cambio, encerrada como estaba en mi dolor, sólo veía el mundo desde la ventana de la vivienda que se me había asignado. Odiando todo y a todos. Riendo con ironía y casi maniáticamente al escuchar el estribillo político de la canción de uno de los aspirantes al poder…

“La paz tiene un precio,

La guerra dio paso al progreso”.

Luego aseguraba que habíamos “Triunfado sobre el opresor”… ¿Un éxito? ¿La guerra? Toda la sangre, el horror… ¿Ese es el precio de la paz y el “éxito”? Pensé que nadie creería en esas palabras que sólo demostraban la ignorancia y la comodidad en la que este “líder” estuvo en el tiempo de la guerra, observando desde lejos, comiendo copiosamente en el calor de su bunker protegido, mientras sus hermanos morían masacrados, enfermos y hambrientos… Pero las personas le creyeron. Pronto ya no se trataba del luto a los muertos… si no del orgullo de conocer a alguien que murió por “la causa”… olvidaban que un muerto no siente orgullo, ni espera la fama. Un muerto no siente ni quiere nada, está fuera de este plano, las trivialidades humanas ya no le afectan.

Mi cerebro se despejó entonces… la muerte, tan dulce y acogedora parecía ahora… Sin pensarlo mucho fui al único lugar del bosque que aún no había visitado desde mi regreso. A nuestro lugar, donde todo había comenzado y todo había acabado para él y ahora acabaría para mí. Ningún sonido de la creciente ciudad me alcanzaba allí. Todo seguía siendo oscuro, opresivo y quemado. Pero encontré serenidad, lo que necesitaba para hacer el pecado que estaba por cometer.

Cerré los ojos un momento y me dejé envolver por la fuerte presencia de la persona a la que amaba. Este era el lugar de su muerte, pero también fue su lugar en vida y podía sentirlo sosteniéndome, intentando consolarme. No importaba, estaba decidida y a punto de suicidarme…

Una ráfaga de aire puro llegó a mí, era la primera vez en meses que olía algo distinto al humo. Abrí los ojos una vez más y otra ráfaga aún más fuerte sopló. Algunas de las cenizas se levantaron y ahí mientras yacía hincada en el cadáver de lo que algún día fue un bosque… un milagro sucedió.

Una pizca de color, apenas un punto entre lo gris, llamó mi atención; estaba justo donde él había estado  por última vez. Me acerqué y con cuidado sacudí el hollín del lugar. Verde. La palabra apareció en mi mente, al principio débil, como un suspiro, pero fue tomando fuerza hasta llegar a mis labios.

– ¡Verde!

Exclamé; seguí sacudiendo el hollín tan rápido como mis temblorosas manos podían hacerlo. Era una planta. La primera desde el fin de la guerra. Pero no era cualquier brote, su olor me golpeó arrancando lágrimas de mis ojos y sollozos que no me había atrevido a expresar por temor a caer en pedazos… era un pequeño brote de las flores blancas que él siempre me daba.

Dolor. Amor. Esperanza. Fe.

Sentía todo dentro de mí. Tan claro como nunca, entendí que Dios jamás nos abandonó, que para conocer la felicidad y la esperanza hay que conocer sus opuestos. Que todo el dolor, el miedo, el sinsentido había sido una etapa nada más… que igual que el fénix, el mundo renacería de sus cenizas.

Y en el mismo lugar donde todos los buenos recuerdos y la historia de amor más hermosa había comenzado para mí, en el mismo lugar terminaría también el episodio más doloroso de mi vida. El ciclo estaba completo. Nuestra historia había acabado y aunque corta, era más intensa que la vida de muchos.

Conocí el amor, lo tuve, lo tengo… y aunque hubiera perdido tanto aun antes de nacer, y después de una vida por una pelea entre dos personas con mucho poder y poco cerebro… la paz venía, no comprada con la sangre de los muertos, venía como un deseo y una meta de cada persona, de cada sobreviviente.

El día seguía gris, pero ahora descubría por primera vez en mucho tiempo todos los tonos existentes, el gris era casi blanco en los lugares donde la vida, lentamente volvía; vi los parches de azul momentáneos en el cielo y el verde y amarillo de mi flor… Sonreí y dentro de mí, fue hasta ese día cuando acabó la guerra.

Seguía sola, seguía herida, pero tenía fe.

FIN

Cuento ganador del 1er. lugar del concurso: ArsUnis -Obras por la Paz- organizado por la Universidad del Itsmo.

Imagen : http://stainxy.deviantart.com/art/Magnolia-361103201

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