Autor: Wilson Amado Sánchez Ramírez
Lugar y fecha: Managua, Nicaragua, 11 de abril de 2018
Te conocí un miércoles de trascendencia inolvidable; tu sonrisa invadió mi corazón y, desde entonces, comenzó a amarte.
Con el pasar de los días tu figura aprendí a notar; no sé si fue la flor o la rosa la que me hizo dudar, pero todo en vos me cautivó y hoy sé que me hizo enloquecer.
Fue una noche de abril cuando el amor se declaró; tras dos intentos fallidos, al fin brotó. Desde ese día todo cambió: me fui enamorando de cada parte de vos.
Era difícil no pensarte, aunque la distancia fuera larga y las horas lentas. Cada día esperaba el momento de poder verte.
Así pasó un año —difícil, por cierto—: yo y mi carácter, vos y tu volatilidad; yo, con mi rudeza, vos, con tu sonrisa que cada día me hacía volver a amar.
Sé que nunca fue fácil estar junto a mí, lo acepto… soy complicado, y vos lo sabés. Pero el amor llegó completo y no quería separarme de vos ni un instante.
Las tardes eran breves cuando dormía en tu regazo; volví a sentir el amor verdadero y hasta aprendí a volar cuando me dabas un beso. A tu lado me sentía como un niño que no quería crecer.
Has sido en mí más de lo que esperé, más de lo que quizá merecí. Has sido mi amor y mi luz. Lograste que entregara, por primera y única vez, el corazón… sin pensar que un día podrías destrozarlo.
Pasaron los días, luego los años, cuando un enorme dragón quiso devorarnos. Ese dragón funesto, al que muchos temen y otros ignoran, llegó a nuestra vida y, una mañana fría, me reveló la verdad.
Una mesa llena de lágrimas y silencios bastó para entender que algo no estaba bien. Y no pude más que amarte hasta los huesos, consolarte como nunca.
Pasaron más años y más días, pero lo que nunca pasó fue nuestro amor, que persiste y se expande, porque hay gran diferencia entre querer y amar.
Caminamos tardes soleadas y noches frías; amaneceres grandiosos, viajes felices, tropiezos fuertes y casi letales.
Cuando inició nuestro destierro dejamos familia y amigos, abandonamos comodidad y certezas por perseguir un sueño más. Pero el sueño cambió y nos hundió.
Se hundió el barco en el que felices navegamos. No sé si fue el mar o el viento, solo sé que no resistimos la tempestad.
Las noches se hicieron largas, la soledad profunda; las lágrimas no cesaban y ya no podía respirar. Cada mañana intentaba remendar el corazón roto que solo vos podías sanar.
Pero un día, al sentir de nuevo tus pies helados, no pude contenerme. Mi corazón te lo habías llevado; mis entrañas hablaron y supe que era momento de partir.
Te fuiste de mi lado, ahora para siempre. Añoraba tu llegada al amanecer… y se cumplió.
Un día regresaste, pero no estabas solo: traías mi corazón en una maleta y un nuevo amor para vos.
Esa noche me senté en mi cama, respiré profundo y reuní fuerzas para abrir la maleta. Tomé mi corazón machacado, lo miré… y casi morí.
Lo abracé, lo curé y, con el paso de los días, lo fui remendando.
El tiempo no se detuvo, aunque mi corazón casi moría. Lo llené otra vez de alegría al comprender que aún te amaba. Me costó aceptarlo, pero el amor verdadero evoluciona y trasciende; aunque esté lejos, nunca muere.
El dragón sigue vivo, aún no ha vuelto a atacar. Debemos estar atentos, guardar la espada para el combate final: una lucha de vida o muerte a la que todos, algún día, habremos de llegar.
