By Brújula
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María de los Ángeles Wong / Opinión /

Durante este año tuve tres oportunidades de realizar voluntariado en las cuales adquirí experiencias positivas para mi vida. Desde pequeña, en el colegio me inculcaron el espíritu de servicio y proyección hacia los más necesitados. A pesar de haber tenido experiencias antes, nunca me había acercado a las situaciones que experimenté durante mi primer año de universidad, este año pude participar en Operación Panito, Anini y Techo.

Operación Panito es un movimiento que se reúne todos los sábados a las 5:30 a.m. en la Catedral Metropolitana, parque San Sebastián, Hospital General San Juan de Dios y la UNOP con el propósito de llevar un poco de alimento a las personas que no tienen los medios en ese momento. A las personas se les otorga un pan francés con frijol o huevo, una bebida caliente y pan dulce; al momento de dar el alimento también se comparte con los beneficiados y luego se recibe una pequeña evangelización. En esta experiencia he podido apreciar la fe incondicional que estas personas tienen en Dios, también he tratado de ser más agradecida con las bendiciones que Dios me ha dado y ponerme en el lugar de las personas con las que estoy entrando en contacto.

Mi segunda experiencia fue en la Asociación del Niño por el Niño, la cual se encarga de dar un hogar a niños que no tiene una familia y que presenten algún tipo de enfermedad. Actualmente tienen a su cuidado a aproximadamente 66 niños, muchos de los cuales participan en las olimpiadas especiales. Al inicio, la experiencia de ANINI no me gustó, la sentía aburrida y deprimente, pero con el paso del tiempo y las visitas constantes, empecé a sentirme a gusto y tomarles cariño a los niños. El pasado sábado 8 de noviembre viví una experiencia que sin duda me impresionó. En la casa 1, donde se encuentran los bebés, estaba cerca de un bebé con hidrocefalia. Lo acariciaba con cariño, pensando que él no sentía o que le era indiferente; sin embargo, para mi sorpresa, al acercarme a su cara el bebé empezó a abrir la boca, simulando una carcajada. Me impactó verlo como un bebé y no como un niño más que tiene una discapacidad.

Mi tercera experiencia fue con Techo, todos hemos estado en contacto con ellos de una u otra manera y sabemos que  Techo realiza una obra social enorme y con el esfuerzo de muchas personas es posible mejorar un poco las condiciones de vivienda de miles de guatemaltecos. He tenido la oportunidad de participar en dos construcciones durante el año y en cada construcción aprendí algo nuevo, pero en las dos pude notar algo significativo: al momento de uno ir y ser partícipe de la construcción de una casa, las familias beneficiadas dan lo mejor de sí y se desviven por atendernos. Es impactante cómo ellos teniendo tan poco dan lo mejor de sí y nos lo regalan. Nosotros muchas veces teniendo más beneficios materiales, no somos capaces de compartir. Por ejemplo, una de las familias con las que compartí nos dio tamales, arroz en leche, panes, aguas y golosinas, además de nuestro almuerzo, se preocuparon porque no nos faltara nada y nos sintiéramos cómodos con los servicios básicos que ellos tenían.

Durante mi experiencia como voluntaria en la Universidad Rafael Landívar he podido apreciar la manifestación del amor de Dios en situaciones que muchas veces pasamos por alto. Estar cerca de estas situaciones me ha ayudado a mantener la fe en momentos difíciles y saber que Dios sí existe. Estoy muy contenta de haber podido ser parte de estos proyectos y espero que cada vez más personas se animen a participar y tener este tipo de experiencias.

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