By José Andrés Franco
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En este año la frase “nunca pensé que viviría algo así” es más común que nunca, pero en mi caso nunca pensé vivir una experiencia como la de los últimos dos meses. En junio comencé a trabajar en el centro de atención “Punto 1” del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, ubicado en un hotel de la ciudad.

Mi trabajo consistía en entregar el desayuno, almuerzo y cena a los pacientes positivos de COVID-19, que se encontraban en el centro; la mayoría de ellos eran asintomáticos o leves, que provienen del Hospital Roosevelt o del Parque de la Industria. Para realizar este trabajo, necesitaba usar el equipo de protección personal (EPP), cada vez que se entregaban los alimentos.

El equipo te hacía sudar como nunca. Por eso usábamos filipinas abajo, por el calor al tenerlo puesto; mis lentes se empañaban, algunos días más que otros. Entonces empiezas a conocer todos los trucos para evitar que eso pase. Mi favorito era colocar micropore en la parte de arriba de la mascarilla.

Después de retirarse el equipo, siguiendo todos los pasos y con asistencia de una enfermera, tocaba ducharse. Por lo tanto me bañaba tres veces al día en el centro y otra más, cuando llegaba a mi casa. Ese era el protocolo para subir a entregar cada tiempo de comida.

Tengo que confesar que los primeros días de trabajo estaba muerto del miedo, buscaba formas de disimularlo obviamente, pero fue un golpe emocional que no me esperaba. Creo que mi reacción fue porque por primera vez, experimenté la lucha de esta pandemia; los datos de contagiados ahora tenían cara, nombre y los podía ver todos los días.

Colocarse el equipo era también un viaje emocional para mí.

En la sala para la colocación del equipo, había un espejo para revisar que todo estuviera en orden, antes de subir a los niveles con pacientes. No me acostumbré a verme vestido de esa forma; primero, porque parecía una especie de pastilla con brazos y piernas, pero sobre todo, porque ese equipo te protege de una enfermedad que está matando a tanta gente, en todo el mundo.

Cada vez que subía era una mezcla abrumadora de sentimientos. No sé por qué cada vez que miraba o platicaba con los pacientes al entregarles su comida, sus caras me recordaban a un amigo o familiar. Cada día se podía observar como mejoraban, como tenían días buenos o malos. Si subía asustado, verlo me reconfortaba de una manera que no puedo explicar, y se sentía aún mejor cuando te decían: “¡Joven, mañana me dan salida!” y no podía contener mis lágrimas al escucharlo. Tengo muy presente la actitud de varios pacientes; verlos con ese ánimo y esperanza ante una situación tan dura, no me dejaba de sorprender.

El obedecer y seguir los protocolos, el colocarse y retirarse correctamente el equipo; se vuelve tu garantía de protección, la de tus compañeros y sobre todo tu familia.

El equipo EPP estaba conformado por personal de enfermería, que su función era velar porque todos los protocolos y utilización del equipo se siguieran estrictamente. Para mí era como este equipo élite que uno ve en las películas, porque de ellos dependía literalmente nuestra seguridad. A pesar de su gran responsabilidad, eran personas que tenían una sonrisa todos los días y se preocupaban genuinamente que estuvieras cómodo y seguro al tener el equipo. A pesar que el equipo era muy limitado, todos los días nos brindaban todo lo necesario.

Al ver que en ocasiones el equipo me quedaba pequeño o corto, empezaron a buscar y apartar los trajes más grandes para mí; este fue un detalle que ellas tuvieron conmigo sin que lo pidiera, lo que demuestra lo dedicadas que eran con su trabajo. Gracias al compromiso y entrega de las enfermeras, no se suscitaron contagios en todo el personal.

La mayoría del equipo de trabajo que subíamos los alimentos, personal médico y administrativo, habían perdido su trabajo por la pandemia; estudiantes de administración y derecho, padres y madres de familia, gente trabajadora. Disfrutaba trabajar con ellos, porque nos ayudábamos, estábamos pendientes de nosotros. Gran parte de las enfermeras y enfermeros no eran de la ciudad capital. Algunos realizaban el viaje para cada turno, pero la mayoría se quedaba en la ciudad al no tener la posibilidad de pagar un taxi, por la falta de transporte. Pasaban días y hasta meses sin ver a su familia.

Al estar en el centro todos los días, de alguna forma llegas a normalizar lo que está pasando, pero en cualquier momento volvías a caer en cuenta de todo; del lugar en donde estás trabajando y el peligro que corres. Llegas a lavarte las manos más de 10 veces, llegas a tocarte la frente para ver tu temperatura, pruebas cualquier cosa para ver tienes sentido del gusto… Son momentos en donde vuelves a recordar lo vulnerable que eres, pero tus compañeros por medio de una sonrisa, hacen que vuelvas a calmarte.

El proyecto terminó, pero quedan tantas experiencias aprendidas. Las bendiciones y oraciones de cada paciente que salía del centro. Todas las sonrisas que hacían más fáciles los días de todos. La admiración al personal médico que pasaba 3 ó 4 horas con el traje, pero que revisaban a cada uno de los pacientes.

De mi parte, queda el agradecimiento también del liderazgo en el centro, porque la experiencia y el trabajo no hubieran tenido éxito, sin la atención a los detalles y la preocupación por la seguridad de todos. El Dr. José Ernesto Monzón, director del centro, lo indicó de forma muy puntual, en una entrevista a Prensa Comunitaria:

“Los colaboradores se sienten seguros de ir cada fin de semana a casa y otros por supuesto, realizan el protocolo de desinfección aquí en el centro y antes de llegar a sus casas diariamente”.

Todos los días hay gente increíble y con una vocación que es de otro planeta. Seres humanos que salen todos los días, con miedo de contagiarse o contagiar a sus seres queridos, pero que cumplen con su trabajo. Están en un sistema que los pone en desventaja, que es producto de años de negligencia de muchos gobiernos; pero que cada día que ven a un paciente saliendo de ese centro, para ir con su familia, es una victoria para toda la humanidad.

A todo el personal médico, enfermería y administrativo, en todos los centros de salud y hospitales, mi más grande admiración y respeto.

Sé que la historia los recordará a ustedes como los verdaderos héroes, pero sobre todo, el amor y admiración de sus familias será el más grande de todos sus logros. Su valentía le da un respiro a la humanidad.

 

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Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad Rafael Landivar, me considero inesperadamente diferente y no me gustan las limitaciones que evitan expresarnos. Me gusta vivir para aprender y aprender para vivir.

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