By Alanon
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Mi historia no es igual a las de otros, o por lo menos eso era lo que pensaba. Tenía escasos cinco años de casada; una casa hermosa, dos niños lindísimos y un esposo amoroso, atento y lleno de virtudes.  Nada mal, ¿eh?  Éramos la familia ideal, como en las películas, bastaba con tomarnos de la mano y vernos directamente a los ojos, y ya nos estábamos comunicando. 

Todo empezó en la cafetería, estaba reunida con amigos cuando de pronto aparece un espécimen, perdón, una belleza convertida en un ser humano. ¡Hermoso ser humano, aaaaahh! Hermosísimos ojos azules, no muy fornido y de una muy buena estatura.  Me casé a los 17, empezando el tercer semestre de la universidad.  Los días, meses y años transcurrían sin ninguna novedad. 

Todo era tan hermoso todo color de rosas, una melodía cuyos acordes vibraban al unísono, y aunque parezca difícil de creer, así fue. 

Un día, Leonardo, a quien yo cariñosamente le decía mi Leo, llegó a casa; era nuestro aniversario y me quiso dar una sorpresa:

“ya arreglé las cosas con tu mamá, ella se quedará con los niños, dormirán en casa de tus padres y nosotros iremos a celebrar”. 

Cuando él pronunció estas palabras, sentí que un calor muy fuerte me subía desde mis pies hasta la cabeza y me convertí en una persona tóxica. 

Me subí al carro somatando la puerta y me fui callada o casi, pero estaba llena de ira y tenía unas ganas enormes de maltratarlo, gritarle, pero me limité a golpear la guantera y la radio.  Al llegar al lugar, cerré de un solo y sonoro portazo a la víctima inocente, la puerta…  Leo estaba muy desconcertado por mi comportamiento irascible y descontrolado.

“¿Dónde había quedado su Ofelia, se la llevaron? Esa no es ella.”, seguro pensaba. Pero al final, Leo muy comprensivo pensó: “Pobre Ofe, seguramente el trabajo de la oficina, el de casa y los niños, son grandes cargas que ella, valientemente, sabe llevar”. Cenamos, un poco incomodados y desorientados por las escenas anteriores. 

Yo me disculpé por echar a perder la noche, pero Leo, mi Leo, me tomó de las manos y ¡Oh, esa sonrisa!, como a quien no se le puede negar nada, me dijo: “Lo entiendo mi amor, estás cansada. Despreocúpate, no pasa nada.”

Me sentí aliviada y acepté su respuesta sin chistar palabra.

Este no fue el único episodio. Mi vida dejó de ser, por mucho, aquella hermosa vida que un día disfruté. Leo, a pesar de sus esfuerzos, comenzó a desesperarse y a volverse un poco irritable. 

Un día, no pude más y me puse a llorar como una niñita en el baño de la oficina. Entró una de mis compañeras, me tomó del brazo y yo le conté sobre mi situación. 

Ella me invitó a que asistiera a los grupos de Al-Anon, a lo que yo contesté: “¿Qué?” Hablamos, ella me contó su historia y yo sentía algo en mi pecho; una sensación de haber vivido situaciones similares.

Fui al grupo, no tanto por mí sino por no desairar a mi amiga; no he de negar que también tenía curiosidad de ver y oír lo que allí se hacía.

Volviendo a mi historia, puedo decir que regresé al grupo; no sé por qué. Una compañera me decía que siguiera viniendo… y como soy obediente, así lo hice. Aún no había encontrado el motivo o la causa del porqué asistía. Aunque no participaba, algunas veces llevaba champurradas y servía café para los miembros.

Un día, después de 9 meses de asistir, un muchacho relató un evento que hizo que los recuerdos llegaran a mi memoria; el joven contó cómo su mamá lo golpeaba y lo encerraba en un tonel cuando ella estaba demasiado bebida y lo dejaba solo en una gran oscuridad cuando apenas tenía 5 años.  

En ese momento, las lágrimas comenzaron a rodar como si fueran perlas y varios recuerdos vinieron a mí mente.  Comprendí mi comportamiento en aquel aniversario y en los diversos eventos que le siguieron.

Había olvidado por completo todas estas vivencias, tal vez, porque me dolía mucho o tal vez, porque no quería odiar a mi mamá alcohólica; ciertamente no estaba segura. El caso es que, en Al-Anon aprendí a perdonar sin lastimar, a entender que ella hizo lo mejor que podía en ese momento y que si hubiera sabido hacer otra cosa lo hubiera hecho.

Doy gracias a Al-Anon por devolverme mis recuerdos, ayudarme a recuperarme, restablecer mi relación con mi madre y a conocer el amor incondicional.

Sonia

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Somos una hermandad formada por parientes y amigos de alcohólicos, que sentimos que nuestras vidas han sido afectadas por la forma de beber del o de los alcohólicos, que comparten experiencia, fortaleza y esperanza.
En Al-Anon perseguimos un único propósito ayudar a los familiares y amigos de los alcohólicos.
Información a los teléfonos: 22347503 y 22347504 ó alanondeguatemal@gmail.com/ GRUPOS DE FAMILIA AL-ANON GUATEMALA/ www.alanondeguatemala.org

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3 Comments
 
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    Silvia García / 23/11/2021 at 11:15 /Responder

    Que excelente experiencia de vida gracias Sonia.

  2. Avatar
    Alfonso / 23/11/2021 at 11:47 /Responder

    Gracias por su servicio Sonia! A mi me sucedió lo mismo cuando llegue a Al-Anon. Había tantas cosas que no recordaba de mi niñez y el ir perdonando poco a poco me fue permitiendo encontrar otros recuerdos, muchos buenos que también habían quedado bloqueados.

  3. Avatar
    Ale G / 23/11/2021 at 16:11 /Responder

    Gracias por compartir su experiencia Sonia. A mi también me pasó y gracias a Al-Anon ahora puedo entenderme y aprender a aceptarme y amarme para poder amar y aceptar a los demás como son.

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