Por Ximena Sosa.
Mi historia… no me parece haber vivido tanto para que mi historia sea una digna de contar, pero la de las mujeres que me han hecho quien soy, sí. Cuando pienso en mujeres que me inspiran, pienso en las mujeres de mi familia, pienso en las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida y pienso en las mujeres que vendrán después de mí. Porque la inspiración puede venir de diferentes formas, a veces en nostalgia, a veces en autorreflexión, y a veces en esperanza.
Cuando me inspiro en la nostalgia pienso en mis abuelas. Mi abuela paterna, que tuvo 7 partos, pero solo 6 hijos, que se casó a los 14 años, que solo terminó la primaria, que se dedicó a cuidar a su hija con discapacidad múltiple, que fue mi abuela solo por 6 años. Mi abuela paterna nació en un municipio en Zacapa, y ahí vivió toda su vida. Uno por uno sus hijos emigraron a la Ciudad, quedándose al final solo con su hija menor, de quien cuidó hasta que falleció. Mi abuela paterna nunca tuvo un empleo formal, se dedicó a ser cuidadora de su hogar y de sus hijos, pero nunca se me ocurriría describirla como alguien que no trabajó.
Mi abuela materna fue mi abuela por 11 años y es en quién pienso más seguido. Mi abuela materna nació en San Raymundo, Guatemala, pero emigró a la Ciudad desde muy joven. Mi abuela materna tuvo 3 hijos y un esposo violento, quedó viuda a los 43 años, y yo fui la única nieta que conoció (mi mamá siempre dice que yo la hice muy feliz), murió a los 57 años de cáncer etapa IV. Mi abuela materna nunca tuvo un empleo formal, vendía productos de catálogo y dedicaba mucho de su tiempo a la iglesia.
Cuando pienso en mis abuelas, pienso en lo diferente que es mi vida, en mis anhelos y mis metas y me pregunto si ellas tuvieron la oportunidad de soñar, si en algún momento se imaginaron ser alguien diferente a quienes fueron. Cuando pienso en mis abuelas, pienso en cómo sus historias no son ajenas o extraordinarias a la realidad guatemalteca y me pregunto si todos tenemos historias familiares parecidas. Cuando pienso en mis abuelas me doy la oportunidad de sentir nostalgia por el poco tiempo que las conocí. Cuando pienso en mis abuelas me siento agradecida por la vida que tengo y por lo que ellas tuvieron que sacrificar que ahora yo doy por sentado. Cuando pienso en mis abuelas no puedo evitar pensar en todas las mujeres que nunca pudieron soñar más allá de lo que su contexto les permitía.
Paso de la nostalgia a la autorreflexión y de la autorreflexión a la esperanza, porque, yo ahora puedo vivir una vida diferente a la de ellas, soñar lo que desee soñar, tener metas que no parecen imposibles de alcanzar, y decidir qué hacer con mi privilegio.
Entonces, cuando pienso en mujeres que me inspiran, pienso en mis abuelas, pienso en las mujeres que me rodean, pienso en las historias cotidianas que encuentran un lugar en mi historia personal y pienso en mi historia, que aún no es digna de contar.
