By Brújula
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Ximena Lainfiesta/ Colaboración/

Siempre imaginé que iba a ser mientras manejaba en alguna zona concurrida en uno de esos semáforos mediocres. Por eso, suelo cargar mínimo tres celulares conmigo; dos para los robos y el principal.  Como bien sabemos, ahora los ladrones saben de la estrategia del celular extra, por ello se lleva un segundo. Y por la misma razón, suelo guardar mi dinero enrollado en una bolsita típica y no en una billetera.

Soy una mujer caucásica, de clase media, que jamás había sufrido la violencia de su país.

Nada de secuestros, asaltos o muertes; por momentos incluso me llegué a sentir “intocable”.  Soy de esas mujeres que cree que todos estos problemas se deben a una sociedad quebrantada y si se resuelven sus problemas de raíz, descenderían los índices de violencia e inseguridad. Por esto, no creo en la pena de muerte ni en la venganza hacia los agresores, porque ellos también son víctimas del sistema.

Desde que era chica, quería ser chico. No por ningún desbalance hormonal ni alteraciones en mi identidad sexual, sino porque en este país no hay nada peor que ser mujer. Se nos mira con lástima y deseo, jamás con admiración. Por la misma razón, he aprendido a defenderme y siempre estar vigilante ante cualquier situación. Cuando camino por las calles, parece que manejara un automóvil, volteo a ver a cada lado; de nadie me fío y como regla de oro: “se cubre el trasero e intenta salir lo menos provocativa que pueda”.

Era jueves por la madrugada y como parte de la Agrupación de Debate de la Universidad Rafael Landívar, debíamos encaminarnos a Cobán, donde se realizaría un torneo interuniversitario de debate. La emoción no cabía en nosotros, íbamos a enfrentarnos contra la Marro, Del Valle y San Carlos en un duelo sangriento. Los meses de preparación iban a valer la pena.

Debido a que las actividades empezarían a las diez de la mañana, decidimos tomar un bus privado de la empresa Monja Blanca, cuya hora de salida estaba programada a las cinco de la mañana. Abordamos el bus, como cualquier otro de nuestros viajes a distintas partes del país.

Y como buenos jóvenes, nos ubicamos hasta el fondo, para poder bromear, charlar y así no molestar al resto de pasajeros.

Para nuestra sorpresa habían espacios de sobra en el bus, por lo que cada uno podría tener dos asientos para dormir y estar un poco más cómodos. Eramos ocho, todos buenos amigos y llenos de ganas de utilizar el debate en nuestro día a día no solo para aprender sino también educar a nuestra sociedad.

Soy mujer, y aunque no me gusta estar de acuerdo con el estereotipo de género que se nos impone, debo admitir que mi fascinación por los infantes es sin medida. Al ingresar el autobús, no pude evitar fijarme en la cantidad inmensa de chiquillos que viajaban con sus padres, uno en particular llamó mi atención y tuve la oportunidad de “chinearlo” y estar con sus padres y él un breve instante. Alejandro es su nombre.

La noche anterior decidí dormirme un par de horas más tarde con tal de tener en mi Ipod, muchos videos musicales de mis bandas favoritas y poderme así entretener durante el camino. Además, llevé en una bolsa libros, mi Kindle, celulares, otro Ipod para jugar, comida, ganchos, espejos, lentes y demás accesorios femeninos con los cuales iba a sobrevivir en Cobán.

Empieza el viaje, enciendo mi Ipod y comienzo escuchar y ver las partes favoritas de mi serie favorita. Cantando, bailando y disfrutando plenamente del viaje, recostada en mi almohada y riendo con algunos comentarios de mis colegas debatientes.

¡Qué vista!. Una de las mejores que había podido observar en mis pocos viajes a los distintos departamentos del país. Porque Guatemala es hermosa. Esas montañas verde impresionante con ligeros pincelazos de nubes. En los viajes, no hay mejor asiento que el de la ventana.

A los treinta minutos de iniciado el viaje, el bus se detiene en Centra Norte. Me levanto confundida hacia mis colegas y ellos me explican que todos los buses hacen parada ahí, era normal. Conforme, regreso a mi lugar y observo el ingreso de tres individuos al autobús. Rápidamente se ubican en los asientos frente a mi y a mi lado. A falta de lugares, otra compañera, Aixa, decide dejar la comodidad y sentarse a mi lado para otorgarles más espacio. Toma sus cosas frente a ellos, se disculpa y se sienta. Otras compañeras incluso le piden favor a uno de ellos que le ayude a mover el asiento para incrementar su comodidad.

Como buena Romántica que soy (referente a mi fascinación por la literatura del romanticismo), suelo inventar historias de cada individuo que observo, como entretención. Era el turno del que estaba ubicado a mi lado. Aspecto joven, con una mochila de esas que se usan de lado, esas que si una mujer la utiliza se le llama “la corta bubis”, por la franja que atraviesa su pecho. Era azul. Decidí que se iba a llamar “Jorge”, que era perteneciente a Cobán, pero que en la semana tuvo que venir a hacer unos trámites en la capital y ahora estaba regresando para poder estar junto a su familia el fin de semana.

Diez minutos después, empieza el pánico. “Jorge” saca un arma mientras el bus sigue en movimiento y decide disparar al techo. Puedo verlo todo en cámara lenta y quedo sorda por un segundo. Tres individuos se lanzan contra un pasajero del bus, le disparan y empiezan a golpear. Mis pensamientos se vuelven claros y veloces, empiezo a intentar descifrar la situación. “Deben estar aquí para matarlo”. “Ojalá solo lo maten y se bajen”. Me deshumanicé por varios minutos.

Decidí guardar mi Ipod y mi celular (nuevo), dentro de mi almohada y colocarla bajo mi espalda. Agarro mi bolsa con el resto de electrónicos y la bajo a mis piernas, volteo mi cabeza a la ventana, decido observar el paisaje y darles tiempo.

Pánico.

¿Tomarán el bus? ¿Nos secuestrarán?

El tiempo se movía a mayor velocidad. Llevaba días sentada en ese bus; acababan de pasar horas desde el primer disparo, no podía sentir el tiempo real. Mis piernas, llenas de adrenalina deciden tensarse. Y en mi estómago, un nudo. Ximena, no debiste haber comido esas nueces ayer.

Respiración agitada. Qué bueno que pienso mejor bajo presión. No les quiero dar mis cosas, he trabajado duro para conseguirlas, no soy de esas chicas mimadas que sus padres le dan todo lo que desea, el materialismo no me quería abandonar.

Mis padres, ¿qué me van a decir?: -“Te lo dijimos Ximena, ya no tienes más permisos para salir”.

Qué injusto. Hasta este año logré salir de la capital y empezar a conocer mi hermoso país y su gente. Era parte de mis sueños realizar todos esos viajes al bien llamado interior.

Y entonces ocurrió el peor pensamiento de todos: mejor ni les cuento, pase lo que pase, regresaré a mi casa el día domingo.

Dejan de golpear al individuo, y empiezan a pedir objetos de valor y dinero. Siempre imaginé que los asaltantes dirían “esto es un asalto”, pero no pasó. Mi compañera rápidamente saca su celular y lo entrega. Pienso: no lo haré. Veo al suelo y observo mi bolsa, pido encontrar mi celular “para robos”, veo que está encendido y brilla a mi encuentro. Lo tomo y lo entrego.

Gracias a mi constante paranoia, ese celular lo mantengo con carga, saldo e imágenes divertidas y juegos. Qué lástima, cómo me gustaba ese celular, mi primer celular. Un Sony Ericsson con buenas bocinas y gran capacidad de memoria.

Regreso a tensar mi bolsa, rogando que se contenten y me dejen en paz. El día anterior había ido al banco a sacar dinero para mis distintos trámites de la semana y olvidé sacarlo. Llevaba Q500.00.

Se agachan para buscar el resto de pertenencias. Miran mi bolsa. Pánico.

-Dame tu bolsa.

-Ya dí mi celular.

-Quiero comprobar.

-Por favor ¿me puede dejar mi bolsa?, tengo mis libros.

(Y qué buenos libros llevaba, esperé años para su re edición. Eran libros olvidados con un alto contenido simbólico. El tiempo principia en Xibalbá de Luis de Lión y Los amos negros de la noche de Estuardo Prado)

-Vaya, solo quiero ver que más tenés ahí.

(Pienso: pobres sus hijos, cuánta hambre han de tener que él debe venir a robarme)

-Mirá, solo tengo libros, comida, peines, mirá, no hay nada más, mirá.

Durante ese momento decidí distraerlo moviendo rápidamente mis cosas dentro de la bolsa, para que todo lo pequeño bajara y lo grande subiera. Movía mis libros para que solo eso viera y una bolsa de nueces que llevaba. Empecé a sacar mi perfume, mi peine número uno, seguido de un gancho, lentes, mi peine número dos, colas, otro perfume, y demás.

-Ay ya, dejá esa tu mierda.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mi interior, logré distraerlo.

-Dame tus aretes.

Pienso: ¡RAYOS!, estos son mis aretes de oro favoritos, mi mamá me los dio de pequeña y me encargó cuidarlos.

Me los quito y le digo: -¿No importa si son de fantasía?

Alguien le habla, se distrae, guardo los aretes en mi bolsillo e intento distraerlo nuevamente.

-No nos vaya a tocar por favor.

Fue aquí cuando le otorgué la idea para hacerlo. Como una muestra de poder, posó sus manos en mis pechos y la movió con rapidez. En ese momento agradecí mis características que usualmente rechazo. Qué bueno que no tengo tantas bubis ni soy tan bonita.

Pero mis compañeras no tuvieron la misma suerte. La mano de “Jorge” ingresó a toda velocidad dentro de sus blusas, en busca de cadenas y demás electrónicos,arrasando con lo que encontrara.

Era el momento de revisarnos los pantalones.

-Levántense.

Pienso: Nooo, mi almohada.

Presiono contra el asiento y logro medio esconderla lo suficiente para que mi espalda baja la sostenga y oculte. Mientras levanto mi coxis y dejo que sus manos examinen cada bolsillo y cada centímetro de mis caderas.

Decido tomarle la mano a mi compañera y continuar admirando el paisaje para que sepan que mi interés no estaba en reconocerlos.

Se mantienen un largo rato en el bus, tomando las bolsas que estaban encima de las personas.

-Dame tu dinero.

-No tenemos.

-No me mientan.

-Somos estudiantes, la universidad nos pagó todo.

Rápidamente se levanta un compañero de atrás y les explica que no tenemos mayores bienes ya que vamos a una actividad universitaria. Agarra una bolsa que tiene a la mano, les enseña el celular y lo ingresa a la bolsa. -Aquí está lo de todos.

En mi mente, han pasado ya horas. Me empiezo a preocupar por Alejandro y el resto de infantes dentro del bus. Así empieza su vida, con un asalto. Y probablemente si el sistema lo permite, él podría en unos años realizar las mismas acciones.

Me preocupo por mi país. Esto pasa todos los días y no hay manera de que yo lo pueda cambiar.

-¿Te queres morir hijueputa?

Tenían a mi compañero de atrás, Alex, con una pistola en la cabeza. Agitación.

Se logra calmar la situación, y continúan manoseando a la compañera al lado de Alex, Laura.

Aquí no hay lugar para héroes. Eso le pasó al primer pasajero que fue atacado y que ahora estaba con la cabeza llena de sangre, sentado.

Pienso: ¿Dónde está tu Dios?

Ya no registran a nadie más y en mi mente continúo sonriendo pensando, los engañé. Pero no sabía qué iba a pasar ahora. ¿Se irán a bajar? ¿Tomarán el bus?

Luego de un rato lleno de incertidumbre, el bus se detiene y bajan. Pero no estamos seguros si sigue alguien en el bus, decidimos jugar a mantenernos “low profile”. En escondidas saco el celular y les escribo a dos amigos con los cuales estaba conversando, para avisarles de mi situación. A mis padres no, pienso.

El camino más largo de mi vida.

Cualquier sonido dentro del bus me hacía saltar. Los compañeros ubicados hasta el fondo, se levantan y van a preguntarnos sobre nuestro estado. Nos toman de las manos y nos abrazan.

Me levanto y le pregunto al herido ¿está usted bien?, mis compañeros me callan, él solamente asiente. Me vuelvo a levantar para preguntarle a los padres de Alejandro sobre su estado. -¿Cómo está Alejandro y ustedes?, “Estamos bien”, responden.

El herido se levanta y se encamina hasta la punta del bus. No sé si desciende y se queda ahí, pero regresa a su lugar minutos más tarde con la cara lavada, una herida en la cabeza y otro señor que aborda el autobús.

Pánico. ¿Por qué hay paradas, si es un bus privado?

El ayudante del conductor se pasea por la fila principal con una sonrisa en su rostro. No sé si de satisfacción o de nervios; decido no fiarme de él y esconder mis cosas.

El resto de pasajeros no hablan. Están callados, continuando su camino. Nosotros no podemos seguir aquí. Cada sonido nos hace brincar. Nuestra seguridad está siendo violentada. El bus pasa frente a varios registros de la PNC y no se detiene. No pone denuncia. Nada. Debemos bajarnos, ya.

-Yo tengo un familiar que vive en el Progreso.

-Pero, ¿dónde estamos?

-¿Dónde nos podemos bajar?

-En el primer lugar seguro que veamos.

-Debemos decirle al conductor que nos vamos a bajar.

Toma la delantera un compañero, el que dio su celular por todos, Klaus. Camina y le indica con fortaleza que vamos a descender del vehículo por El Progreso. Regresa y asiente.

-Agarren todos sus cosas, ya vamos a bajar.

Nos chifla el ayudante para indicarnos que ya la bajada está cerca. Descendemos en una parada, no sabemos dónde estamos. Nos atacan cinco conductores de tuc tuc’s para preguntarnos si deseamos transporte.

-¿Cómo vamos con tu tío?

-Tomemos un tuc tuc.

-No, no lo hagamos.

-No tenemos de otra.

-¿Y Alex?

-¿Dónde está Alex?

-Se quedó.

-¿Cómo que se quedó? ¿Está loco?

-Él me dijo que iba a irse a Cobán, ya no tenía nada más para que le robaran.

Un común “qué tonto” inundó nuestras bocas.

-Si nos quedamos aquí, nos volverán a asaltar, debemos ir a un lugar seguro.

Rápidamente puedo divisar que hay un hotel pequeño a unos metros de distancia y decidimos caminar con nuestras maletas. Está cerrado.

-Vámonos.

-No, toquemos para que nos abran.

-Está cerrado.

-Intentémoslo.

Por la bulla, se abre la ventana y nos pregunta el dueño qué deseamos.

-Nos acaban de asaltar, por favor déjennos entrar.

Don Carlos, el dueño, abre rápidamente las puertas y nos deja sentarnos en el comedor del hotel.

-Abrimos hasta las 7, pero pueden quedarse aquí mientras viene el personal.

Llenamos de agradecimientos a Don Carlos y le contamos la experiencia.

Es el momento de comunicarnos con nuestros padres en busca de ayuda y consejos. No quiero llamarles. No quiero abrumarles. No quiero que se preocupen por mi. Presto mi celular a los que no tienen y Klaus me convence para hablarles. Llamo a mi padre y con voz tranquila le explico que estoy segura, con todas mis cosas y en un hotel, para luego informarle de la situación.

Me pregunta ciertos detalles importantes y me pide avisarle cómo vamos a regresarnos, que si queremos, nos envía un mini bus. Le digo que no se preocupe que varios de los compañeros nos informan que sus padres vienen en camino.

Pero pinchan llanta, ahora solo viene un carro y somos siete. Le llamo para que el micro bus venga en camino.

Otro grupo de compañeros de debate que se habían movilizado en vehículo particular decide detenerse en el hotel para estar con nosotros y saber qué nos había ocurrido. Concordamos con que esto no se podía quedar así. Necesitábamos denunciar lo acontecido. Llegamos a la conclusión que estaba planificado, re estructuramos el hecho por segundos. Duró solamente veinte minutos. A las 5:30am abordaron en Centra Norte y a las 5:50 egresaron del vehículo. Los mensajes a nuestros amigos lo comprobaban.

El hecho de que el conductor no se detuvo en las paradas de la PNC, nos decía que o estaba involucrado, o pasa tan a menudo que no confía en el sistema. Creímos el primero.

-No saben con quiénes se metieron.

Estudiantes de todas las facultades, fieles creyentes de poder lograr cambios en su país. Personas activas en su comunidad y dentro del ambiente político, involucrándose continuamente en proyectos de desarrollo. Estudiantes de Ciencias Jurídicas, Relaciones Internacionales, Psicología, Comunicaciones y demás.

Se fueron nuestros compañeros y ahora, solo teníamos que esperar el transporte para regresarnos a la capital….

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6 Comments
 
  1. Avatar
    Juan Carlos / 21/06/2013 at 23:20 /Responder

    Increíble y lamentable a la vez. Yo no he sufrido un asalto de manera directa, lo más cercano fue una vez que se entraron al negocio de mi familia y se llevaron muchas cosas. Muchas veces me esfuerzo por ser alguien consciente de la realidad que me rodea, ya sea por medio de noticias, actividades de voluntariado y cosas así. Sin embargo, nada impactante como lo es un asalto, en el sentido de toda la palabra… un choque con nuestra realidad. Lamento mucho tu experiencia en el asalto, eso demuestra que la única condición para ser asaltados en nuestro país es el simple hecho de vivir en él, porque todos somos vulnerables a los peligros de nuestra sociedad.

  2. Avatar
    jorge / 23/06/2013 at 08:56 /Responder

    Gracias por contarnos tu historia, me asombre cuando en facebook la Universidad había hecho un comunicado, ya que hay tantas cosas que pasan, que pensé que este incidente fue mas grave de lo normal, yo tampoco he sufrido un asalto y no se como actuaria pero te felicito por ser una mujer valiente, inteligente, y sobre todo precavida. Le agradezco a Dios que estén bien y espero puedas seguir disfrutando de todas las cosas hermosas que tiene Guatemala y la vida.

  3. Avatar
    Pepe Orozco / 25/06/2013 at 08:10 /Responder

    en fin es Guatemala, lamentablemente quienes vivimos aca tenemos que pasar por situaciones similares, vivirlo. debo resaltar que la redaccion es muy enriquecedora. Solo deseo que ese acontecimiento no te detenga para hacer lo que queres y lograr lo que deseas, que tu sueños de viajar y los que lo acomáñen no desaparezcan y no se detengan. No pares.

  4. Avatar
    Mynor Cú Oxom / 27/06/2013 at 23:35 /Responder

    Siento mucho que hayan pasado por esta situación, como cobanero me siento avergonzado; aunque no fueron asaltados en nuestro municipio, fueron asaltados dentro de un bus de una empresa local.

    No sé en realidad si estos asaltos en buses son frecuentes, siempre he escuchado rumores, sin embargo, los medios de comunicación local no siempre dan a conocerlos (esta es una empresa grande que tiene publicidad en casi todos los medios de comunicación, supongo que a algunos no les conviene desprestigiar a una empresa que tiene pautas comerciales en estos medios).

    Agradezco a Ximena Lainfiesta por haberse atrevido a escribir este artículo y la felicito por su forma de contarlos lo sucedido. Me solidarizo con cada uno de los estudiantes y demás pasajeros que estuvieron presentes en esta situación. Espero que haya sido denunciado este suceso con las “autoridades” correspondientes y que sirva de ejemplo para que no nos quedemos callados ante este tipo de situaciones, ¡Saludos Cordiales!

  5. Avatar
    carol / 24/07/2013 at 21:25 /Responder

    sentí que me encontraba en el autobús mientras continuaba leyendo, lamento mucho lo que les sucedió y que pasara ser de una experiencia emocionante a una situación lamentable, tal vez no sea el mejor momento, pero realmente me encantó la manera en que Ximena Lainfiesta redactó este artículo, realmente es como si hubiera estado en sus pies. Agradezco a Dios que jóvenes universitarios como yo, con un futuro por delante, lograran salir ilesos.

  6. Avatar
    Jessica Hernandez / 28/04/2015 at 18:43 /Responder

    Creo que es vergonzoso que ocurra esto y en Centra norte se supone que hay seguridad ahí para que ahí los hayan atacado.

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